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Ojos abiertos

PREMIO del concurso de literatura de terror Berenice 2026

Cuento del escritor cubano Marlon Duménigo Pau, merecedor del Premio en el concurso Berenice, de literatura de terror en el 2026
Por: Marlon Duménigo Pau

Tenía algo extraño en la voz, como un silbido que le trepaba desde el estómago. Incluso ahora, mientras devoraba aquella carne cruda sin una sola arcada, deteniéndose apenas para sacarse los trocitos de hueso atorados entre los dientes, silbaba. Él la escuchaba inmóvil, con el rostro volteado para no incomodarla con su expresión de asco. No tanto por la carne sino por ese hilo de aire sobre la voz de Julia, o debajo, regurgitándola.

—¿Qué pasa? ¿No tienes hambre?

—Cuando mastico la sangre me chorrea.

—Es lo mejor que tiene, deberías verte.

Él aferró los puños al pomo del bastón y contrajo los párpados hasta que le dolieron los ojos. A veces, ese dolor precedía un instante de luz, más bien de sombra a medias, una oscuridad menos oscuridad. Con eso le bastaba. Se dio vuelta en la silla para quedar de frente a Julia y abrió los ojos de golpe.

—Sé lo que estás haciendo. Quieres que me muera de hambre para quedarte con la casa.

Escuchó aquella risa torpe, nasal, casi un espasmo. Masticando y riendo y silbando al mismo tiempo. Debía tener la boca llena de grasa, de sangre. La pobre boca de Julia, tan limpia siempre, con los dientes parejos y aquellos labios finos que heredó de su madre. No solo los labios, también el pelo y la nariz. Él la vio crecer hasta convertirse en la viva estampa de Cándida. Las dos mujeres de su vida en un único rostro.

—¿Dónde está Julia? ¿Qué le hiciste?

—Ella sigue aquí.

—¡Mentira!

Fue después del último viaje al pueblo, ¿una semana atrás? A veces alguna noche larga terminaba convirtiéndose en dos. ¿Dos semanas? ¿Dos noches? Él se perdía entre aquella sucesión perpetua de oscuridades. En una de esas se marchó Julia y cuando regresó ya no era la misma.

—No te vas a quedar con la casa, hija de puta —gritó hacia donde adivinaba la voz que fue de su hija. Y entonces hizo algo estúpido.

Se apoyó en el bastón para levantarse y una vez de pie se encomendó a la fuerza de unos muslos enclenques, desacostumbrados a tal esfuerzo, y que aun así resistieron las dos, tres contorsiones que improvisó para abanicar el bastón frente a él. Unos golpes desalentados que perseguían la risa de Julia, el silbido trepándole desde el estómago y que ahora parecía salirle de todas partes, de la Julia en su memoria y de esta Julia que le succionaba la voz; mientras él, a horcajadas sobre sí mismo, con el resto de dignidad que rezumaron sus huesos, lanzaba un último bastonazo al aire y caía de rodillas contra el piso de tierra.

—Suerte que eres gracioso, viejo —le dijo mientras se alejaba.

Él advirtió el surco tibio bajando por sus pómulos y se sintió ridículo. Pero no iba a darle ese gusto. Primero se mataba.

—Voy a matarte —alcanzó a gritar.

Después se acurrucó en el suelo y se limpió la cara.

—Julia —dijo bajito. Y esperó.

Al rato se quedó dormido con los ojos abiertos.

¿Estaba vivo? Siempre que despertaba se hacía la misma pregunta. Estiró la mano en busca del bastón, no lo encontró a su lado, tampoco contra la pared. Palpó con los pies la tierra alrededor de su cuerpo, hasta se atrevió a levantarse y dar algunos pasos con las manos extendidas al frente, como un sonámbulo, tropezando aquí y allá, más por nerviosismo que por falta de orientación: era su casa desde hacía ochenta años.

—No lo busques más, lo boté esta mañana.

—Hija de puta.

—¿Tienes hambre? Sobró algo de anoche.

Un pedazo de hueso lo golpeó en el rostro. El contacto romo y frío le hizo encogerse, las manos sobre la cara, los ojos abiertos, inútiles.

Ella sonrió y continuó masticando, arrancándole hasta el tuétano a lo que sea que tuviese delante; era solo una boca en la penumbra, y un silbido, y la voz de Julia rasgada entre sus dientes.

—Deberías agradecerme, ¿sabías que Julia iba a matarte?

—Mentira.

—Primero pensó en cortarte el cuello para desangrarte como los carneros. Después se dio cuenta que si te ahogaba, se embarraba menos.

—Cállate.

—Yo la entiendo. Veinte años limpiando tu mierda, y encima de eso…

La silla crujió como si se desprendiera de un peso enorme, un revoltijo de huesos y oscuridad, de sangre y Julia. Se inclinó hasta él sin llegar a tocarlo, intuía acaso que esa distancia entre los dos, la simple insinuación de que podía aplastarlo cuando quisiera, era aún más humillante.

—Ella lo recuerda.

—¿El qué?

—Te vio esa noche, a ti y a Cándida.

—No digas su nombre.

—Cándida, Cándida, Cándida.

Alcanzó a taparse los oídos, más le valía quedarse sordo en ese momento, no escucharla, no olerla, no sentir aquellas manos aferrarse a las suyas. Se dejó caer de rodillas, pero era un peso chato, nada que Julia no pudiera arrastrar por el piso de tierra, por la yerba del patio aún húmeda de la noche. Los pies descalzos le tropezaban en los desniveles del terreno, los viejos huesos que se negaban a ceder, ¿por qué no se partía en dos en aquel instante? Diez, doce metros. El olor del agua estancada cada vez más cerca. Cuando se detuvieron él ya sabía. Y lloró.

—Yo no quise hacerlo, te lo juro.

—Tenía dos años y te vio agarrar a su madre por la cintura.

El apretón por la espalda lo obligó a arquearse hacia adelante, un camino de vértebras surgió desde la nuca y amenazó con romperle la piel. Boqueó, el aire en los pulmones era un nudo que no lograba subir por la garganta, ceñido todo en el espacio que abarcaban los brazos de Julia alrededor de su cintura. Se advirtió de pronto suspendido por aquel abrazo hasta el borde mismo del pozo, los ladrillos gastados del brocal hincaban sus costillas.

—Ella iba a dejarte, le dabas asco.

La mano detrás de su cabeza lo sumergió en el túnel vertical de agua y recuerdos. Un vaho tibio, amargo, subió del pozo y le golpeó la cara.

—¿Sabes cuántos días estuvo Cándida viva allá abajo? Tres. Sintió cómo la piel se iba pudriendo debajo del agua. Gritó tu nombre muchas veces, la pobre, se aguantó de la pared del pozo hasta que las uñas se le gastaron. Tenías que haberla visto. Las jaibas y las ranas empezaron a comérsela viva.

—Perdóname… perdóname, Cándida.

Detrás suyo el silbido, la voz tan parecida a la de Julia, el rostro de su hija que también era el rostro de Cándida. Un mismo recuerdo que se desfiguraba.

—Mátame.

El abrazo le apartó del brocal y lo lanzó sobre la tierra. Esta vez no hizo el intento de levantarse. Al contrario, vuelto de costado, con las manos sujetas a la altura del pecho, recogió las piernas y se hizo aún más pequeño.

—Deberías agradecerme, viejo de mierda.

Esa noche ella dejó las sobras en el piso para que él tuviera que arrastrarse a buscarlas. De rodillas, más con el hambre que con las manos, escarbó en el reguero de huesos hasta encontrar alguno con hilachas de carne. Debía mondarlo sin reparar en la forma, ¿costilla?, ¿fémur? De vez en cuando algo le hincaba las encías. Sangre propia y ajena mezclándose en su boca. Y en sus manos. Tenía las yemas de los dedos pegajosas. Frotarlas por el ripio del pantalón solo acrecentó la vergüenza de saberse manchado de sangre y grasa. “Es lo mejor que tiene, deberías verte”. Sacudió la cabeza para espantar el recuerdo. Se llevó los dedos a la boca y mientras los chupaba dio gracias a lo que fuera por estar ciego.

Lo peor de la ceguedad era el recuerdo de la luz. Si uno también se quedara ciego de la memoria sería más fácil. Era el recuerdo lo que dolía. Oír una voz y evocarla en una mancha rugosa. Ese imaginar los colores de los objetos, de los sonidos, sobre todo de los sonidos. Los pasos, por ejemplo, siempre eran grises; el silbido que trepaba desde el estómago de Julia era amarillo, lineal, una línea discontinua frente a sus ojos; los golpes en la puerta le sonaban violetas ¿o marrones? Resonaron de nuevo, más fuertes, los golpes eran marrones. ¿Había alguien en la puerta?

Se abalanzó a cuatro patas por el pasillo, arañándose los hombros con las tablas de palma de las paredes, ladeando la cabeza mientras vociferaba, la boca seca, sin rastro de color en su voz:

—¡Auxilio!, ¡Ayuda!

—Soy yo, Euclides. ¿Qué pasa?

—Rompe la puerta. ¡Ábrela!

—Pero…

—¡Sácame de aquí!

Se hizo un silencio del otro lado.

—Apártate.

Euclides también era viejo. Un poco menos, diez años, pero la senectud acortaba las distancias. Euclides al menos no era ciego. Los machetazos en la puerta hicieron su parte, después le dio patadas hasta que cedió. La puerta también era vieja.

—Pero ¿qué carajos pasa?, ¿por qué no podías abrirme?

—Ella me encerró.

—¿Julia?

—Se fue a buscar comida, hay que irse rápido.

—Me crucé con ella cuando venía. No me dijiste que estaba embarazada.

—¿Qué?

—Así mismo, tiene la barriga de unos cuantos meses.

Él trató de imaginarse el tamaño del vientre, la discontinua línea amarilla desde el estómago hasta su boca, la pobre boca de Julia manchada de sangre y grasa.

—Ella no es mi hija.

—¿Vas a empezar con eso de nuevo? Han pasado cuarenta años.

—Dime cómo se ve.

—Aparte de la barriga… no sé, normal, lo que tiene algo extraño en la voz.

—Hay que apurarse, debe estar al volver.

—Pero ¿qué pasa?

Cuando era niño a una de sus primas se le metió algo adentro, ahí, en la barriga. El recuerdo le llegaba en palabras. No se habló de otra cosa en el caserío. Meses enteros deformando la historia de un lagarto demonio, o al revés. Cada quien al contarla le ponía su parte de miedo y la historia se inflaba.

—A Julia se le metió algo adentro.

—Un niño, compay, está embarazada.

—Ella come carne cruda.

—¿Carne de qué?

—El día entero se lo pasa comiendo.

—¡¿Carne de qué?!

—Hay que irse ahora, carajo.

—¿Cuál es el apuro?

—¿Julia?

Debía tener algo malo en la cara porque Euclides dio unos pasos atrás, el roce metálico del machete deslizándose por la vaina.

—No te me acerques.

—¿Vas a quedarte a comer? Lo que traje alcanza para los tres.

—¿Por qué vienes embarrada de sangre? ¿Qué hay en el saco?

Olió el miedo saliendo del cuerpo de Euclides. Una mezcla de nervios y sudor, saliva seca, inconfundible el miedo.

—Nos vamos, aguántate de mí.

—Él se queda.

—Julia, si das otro paso te juro que…

No alcanzó a distinguir quien embistió primero, los ruidos llegaban superpuestos, a medias. Los escuchó revolcarse en la tierra, una masa jadeante de rabia y piel. La consistencia de Julia sobre el cuerpo de Euclides, o viceversa, empujándose el dolor uno al otro en un aquelarre de abrazos. Él intentaba descifrarlos con su almacén finito de sonidos, ¿a qué se parecía ese roce de vientres?, ¿ese intento de vómito vacío? De pronto el machete cayó sobre algo sólido. El vómito de Julia se partió a la mitad, después fue Euclides quien emitió un chillido entrecortado, como si algo le bloqueara la boca y su voz saliera fragmentada por los resquicios de aquello que subía o bajaba por la garganta.

Él debió escapar en ese momento. ¿Intentarlo? Veinte años antes, tal vez. Arrastrándose no se llega muy lejos. Así que permaneció quieto, colgado del silencio tras el último ruido. Luego fue el resuello. Alguien respiró todo el aire del mundo en una bocanada. Era como si además de la nariz y la boca respirara también por los oídos y por los ojos. Él aspiró a su vez contagiado por el hambre de aire, pero solo por la nariz: sus ojos, aunque muy abiertos, ya ni veían ni respiraban. La vida entera le llegaba por los oídos, la vida entera en el resuello de alguien que se ponía de pie. Orientó el rostro. El silbido llegó antes que la voz:

—De lo que uno se entera…

—¿Qué le hiciste?

—No te preocupes tanto por ella, no era hija tuya.

—¿Dónde está? ¡Julia!

—Por eso mataste a Cándida, viejo de mierda.

—Se te metió adentro. Lo que tenía Julia se te metió adentro.

—¿Quieres saber?

—No, déjame.

—Toca.

—¡Déjame!

Euclides le llevó la manó hasta el vientre y la mantuvo allí, sobre el ombligo, con la palma abierta y un temblor en los dedos. Al principio solo percibió la barriga dura, crecida. Trató de apartarse pero Euclides lo sujetaba y era menos viejo, más fuerte, y no era ciego. Le aguantó la mano hasta que lo sintió. Fue un contacto sinuoso, lento. Algo se retorcía entre los intestinos. Una forma alargada, ¿con patas?, ¿cola? Se retorcía, eso seguro. Pataleaba igual que los bebés a punto de nacer. Pero aquello no había nacido nunca, no se había muerto nunca.

—Eres el Babujal.

¿Lo había dicho en voz alta? Debió de hacerlo porque enseguida fue la risa, casi un espasmo, torpe, nasal, se contorsionaba de risa Euclides al soltarle la mano.

—Mátame y ya, termina.

—Entra en la casa.

—¿Qué vas a hacer con ella?

—No te importa, le dabas asco.

—Yo la crie.

—¿Y lo que le hacías cuando chiquita?

—Iba a heredar la casa.

—Casi todas las noches, viejo de mierda.

—No te la comas.

—Traigo un chivo en el saco, saben mejor.

—Entiérrala.

—¡Vete!

Se alejó gateando sobre la hierba. Antes de llegar al portal le llegó el eco húmedo de los cuerpos que caen al pozo. Por lo menos estaría junto a Cándida. Y no iba a tener adentro un lagarto demonio. A Julia no le iba a silbar el estómago después de muerta.

—¿Qué esperas? Entra.

A su espalda la voz que era de Euclides y al mismo tiempo no lo era. Y el hedor, al fin podía sentirlo, a montones de hojas podridas. Estiró el cuello para olisquear el aire, ¿desde cuándo estaban pudriéndose las hojas?

—Si te portas bien te devuelvo el bastón.

Él cerró los ojos con fuerza, hasta que le dolieron. Que ese dolor trajera un instante de luz, era lo único que pedía.

Se dio la vuelta y los abrió de golpe. Nada.

Adentro y afuera solo había oscuridad.

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