
Si te estrellas la cabeza contra la pared —aunque sea para calmar la ansiedad— terminarás haciéndote daño. Esto se lo explico a Liam, mi nene, cuando chilla en su cuarto. Lleva una semana golpeándose sin razón. Le pregunto si desea algo, si necesita ir al baño, si quiere ir a orinar.
—¡No quiero ir al baño! ¡Las tuberías parecen venas, me dan miedo! ¡Me voy a mear aquí mismo!
Su comportamiento es inaceptable. Le doy una bofetada y se me queda viendo, como si no fuera con él. No soporto que me mire así; me acerco una butaca, me lo siento en el regazo y me alzo la blusa para alimentarlo.
Nunca quise que Liam tuviera miedo o se orinara en la cama. Desde que su padre se fue he procurado que nuestro apartamento sea un lugar seguro, un verdadero hogar. Le canto nanas, le leo cuentos antiguos con mi mejor voz e incluso le hago merengue con huevos frescos que compro en la tienda de la planta baja. Se queja tanto mientras le meto las cucharadas a la boca que termino por ensuciarle la cara. Liam es un niño difícil. Siempre ha sido así, tan… pálido, tan frágil. Sus ojos son demasiado claros, casi blancos. A veces, cuando lo abrazo muy fuerte, siento que puede llegar a quebrarse como una rama.
Nació una mañana de octubre, aquí mismo, en mi lecho. Berta, la vecina de los altos, fue quien hizo de comadrona cuando Liam nació. En vez de pelo tenía una felpa grisácea, la piel cubierta por una capa oleaginosa del mismo color y los ojos anegados de coágulos. Cuando Berta cortó el cordón y me lo pegó al pecho, enroscó una boquita tumefacta y se prendió con fuerza al pezón. Un ojito minúsculo y rencoroso me observó de soslayo. Creo que todo comenzó en ese momento. La nuestra ha sido siempre una relación repleta de altibajos, pero es normal; no conozco personas más unidas que nosotros.
Como todas las noches, lo acompaño hasta su habitación para acostarlo, ya que no le gusta el pasillo oscuro que divide en dos el apartamento. Un gorjeo húmedo llega desde alguna parte, quizás desde abajo, donde vive el señor Radamés. Le explico que es el sonido de sus peceras, pero él se estremece cada vez que lo oye.
—Las paredes de nuevo, mamá —murmura al cabo de un rato—. Susurran mi nombre.
—Son las cañerías, angelito. Este edificio es viejo, y a veces los crujidos del viento parecen voces.
Pero no son las cañerías. Liam es el único que no se da cuenta. El único que se asusta cuando Berta, la misma que lo trajo al mundo, sonríe y su boca se estira un centímetro más de lo que debería. El único que solloza cuando los niños del ático, los Mellado, juegan a perseguirse escalando por la fachada. Él los llama «las lagartijas». Yo lo regaño y le digo que no sea cruel, que son nuestros vecinos, nuestra familia.
Hoy ha pasado algo peor. Al volver del colegio (un lugar horrible, lleno de maestros y niños gritones), nos encontramos con el encargado de la limpieza, el hombre al que todos llaman Salvador. Es un anciano silencioso, que huele a tierra y óxido. Dicen que duerme en los cimientos del edificio, en un cuartucho sin electricidad.
—Tu hijo mira demasiado —me advirtió. Su voz era afilada como un cristal roto—. Mira donde no debe.
—Es solo un niño —alegué, sintiendo un hormigueo en la nuca—. Es curioso por naturaleza.
—La curiosidad es un lujo que los de adentro no podemos permitirnos. Enséñale, Clara. O el edificio lo hará por ti.
Sus palabras se quedaron grabadas a fuego en algún lugar de mi conciencia. No me gustan las amenazas, menos si van dirigidas hacia la única razón de mi vida. Horas después, cuando subí a la habitación de Liam para darle de comer, la encontré vacía. El corazón, o eso que late a ratos en mi pecho, se estremeció. Entonces percibí un lamento. Allí estaba mi niño, en el armario, acurrucado entre los abrigos viejos y raídos.
—Sal de ahí, Liam.
—¡No! —chilló, con ese tono que tanto odio—. ¡Vi a Berta! ¡Lo sé! ¡Sé lo que hace con los gatos! ¡Y tú… tú también eres rara, mamá!
Sus palabras me causaron un dolor tan vivido que retrocedí hasta la puerta. Sentí deseos de abofetearlo, de borrarle a golpes esa estúpida manía de no mirarme a los ojos.
—¡Tu sombra! ¡A veces se mueve en otra dirección! y tus ojos… ¡brillan en la oscuridad!
—Es tu imaginación, bebé —susurré, tratando de mantener la calma, de que no se filtrase la decepción que me corroía por dentro—, vives en un mundo de fantasía.
—¿Y eso? —señaló hacia mi espalda— ¿También es fantasía?
Seguí la dirección de su dedo tembloroso y me topé con la pared que colinda con el patio, cuya superficie ondulaba suave y rítmicamente, como un vasto pulmón de cemento y ladrillo. Era hermoso. Era la canción de cuna del edificio. Pero Liam se tapó los oídos y gritó. Fue entonces cuando supe que Salvador tenía razón; necesitaba hacer algo. No podía dejar que mi propio hijo se convirtiera en un extraño dentro de su hogar. No estaba dispuesta a permitir que el miedo lo consumiera. Liam merecía vivir como un niño normal.
Así que tomé una decisión.
Al día siguiente invité a los vecinos más cercanos. Vino Radamés, por supuesto; dejó un reguero húmedo y brillante en el suelo. También los Mellado, todos ellos: los gemelos y sus padres, saltando a través del balcón, además de Berta, con su amplia sonrisa. Salvador fue el último, hosco, con una mirada que parecía juzgarnos.
—Es por Liam —anuncié, y todas las miradas (y las no-miradas, las cosas que parpadeaban en sus frentes) se posaron en mi hijo, que temblaba aferrado a mi saya—. Tiene miedo. Cree que somos… monstruos.
Una oleada de susurros comprensivos inundó la habitación.
—Quiero que le muestren que no debe temer. que somos su familia. que este es su lugar.
Radamés fue el primero. Se acercó a Liam y, con una ternura que no creí posible en alguien como él, le acarició la mejilla. Mi hijo se estremeció al contacto de su mano fría.
—Nosotros te cuidamos, pequeño, te protegemos de las cosas de allá afuera, de eso que puede llegar a causarte daño de verdad.
Luego Berta se arrodilló. Las comisuras de sus labios se arquearon hasta fundirse con las patas de gallina que enmarcan sus ojos. Era la viva estampa de la abuela que Liam nunca tuvo.
—Parece que fue ayer cuando te puse en los brazos de Clara. Si hubieras podido ver el amor que anegaba su mirada, lo mucho que le temblaban las manos al envolverte entre ellas. Por eso quiere que estés aquí, a salvo entre nosotros.
Uno por uno, mis vecinos, mi verdadera familia, le demostraron que sus temores eran infundados. Con palabras y siseos le hicieron entender que el verdadero terror provenía del mundo de afuera, donde jamás encontraría comprensión. Entonces todos retrocedieron, solo faltaba yo. Hice que su carita quedara al mismo nivel que la mía y permití que la máscara que usaba para no asustarlo se derritiera. Dejé que mis ojos absorbieran la luz, que mi sombra se desprendiera y acariciara sus piecitos. Su rostro se distorsionó en una mueca que podía ser de horror o desprecio, un sentimiento puro que parecía cambiar de estado con cada aliento, algo profundo y a la vez insustancial, como la materia de los sueños.
—Todo es por tu bien, Liam —le dije. El eco que parecía resonar entre paredes y tuberías era mi voz verdadera—, algunos dicen que no encajas, que eres el raro. Pero te amo. Y quiero que seas feliz, que seas normal.
De repente escuché un millar de susurros de aire solapados. Vi en sus ojitos algo más. Era la semilla de un cambio, un sentir intenso y vertiginoso que intentaba atravesar a cortes la membrana que lo separaba de la otra realidad para verterse como una hemorragia en la nuestra. Contemplé la escena como si no fuera parte de ella. No escuché lo que mi niño dijo antes de salir de la habitación. Fui consciente de que, uno a uno, los vecinos me besaban en la mejilla y salían del apartamento. Salvador fue el último, hizo un gesto con la mano izquierda y asintió.
Desde ese día Liam casi nunca me deja entrar a su cuarto. Si toco la puerta sin un motivo, sale, me insulta y me pega. Yo le devuelvo una bofetada y él se me queda viendo, estoico, con la boca abierta, pero también rechaza cuando alzo el camisón para darle de comer. Ya no está pálido. Sus ojos ya no parecen tan vacíos, tan desvalidos. Diría que son los que debe tener un niño de su edad, uno que acaba de cumplir veinte años. Su carácter también ha cambiado. Primero pensé que podría estar enfermo, pero anoche, cuando Radamés vino a traerle un pez recién sacado del agua, abrió la boca e intentó atacar al pobre hombre.
Creo que puedo haber fallado como madre. No recuerdo que mi hijo tuviese los dientes tan largos.
Esta mañana, al escuchar que se dirigía al refrigerador, logré entrar a su cuarto; encontré las paredes secas y quebradizas, como si se estuviesen marchitando por dentro. Se lo comenté a Berta y me miró con algo parecido a la duda asomando a su rostro siempre sonriente.
—Es solo una etapa. Deberías alegrarte. Ahora es uno de los nuestros.
Quisiera creerle, debería creerle. Sin embargo, ya no es Liam quien siente escalofríos durante las raras ocasiones en las que me permite darle las buenas noches. Ahora, tras arroparlo, cierro su puerta con un doble giro de llave. Luego permanezco toda la noche despierta, mis ojos clavados en la telaraña de venas carmesíes que recubren el techo.
¿Qué hemos despertado en él?







