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De agua y cal

Un cuento de Juan Alexander Padrón

Un chino cayó en un pozo las tripas se hicieron agua…

Tonada infantil cubana

—¡Lin!… Oh, ¡Lin! Chinito de mi corazón, ¿estás vivo o qué?

La voz que escapó de la boca del pozo era tenue, pero aún llena de vida.

—¡Ayúdeme, patrón! ¡Por el amor de Dios, gran señor!

El mayoral sonrió a medio labio, como solo él sabía hacerlo. Cogió uno de los hachones que llevaba la montura del caballo, lo encendió con el fanal abierto que llevaba en la otra mano y lo dejó caer dentro del brocal. Vio como la luz descendía metro a metro y casi pudo adivinar un par de ojos rasgados que suplicaban, mientras la tea moría en el agua.

—¿De cuál Dios me hablas, chinito de mi corazón? ¿Del mío o de los mil tuyos?

—¡Yo no he hecho nada malo, gran señor! ¿Por qué me ha dejado aquí?

El mayoral Juan García saco un purito del bolsillo de su chaleco y lo encendió en la llama del fanal. Dio dos chupadas antes de aspirar el humo azul y retenerlo en los pulmones, dejando que el habano obrase su magia. Juan tuvo un escalofrío, combinación de la frialdad de noviembre y cierta resaca más o menos hilvanada a su sombra con un par de copas que había tomado antes de venir a este lado del corte.

—¿Sabes, Lin, por qué? —expiró Juan el humo, que nubló la luz del farol— Porque eres un maldito mono amarillo. Ojalá aun tuviese mis negros de antes. Pero tenían que venir los malditos abolicionistas con sus prohibiciones. ¡Quién hubiera adivinado tal descaro hace diez años! Ahora hasta hay libertos que exigen buena paga por lo que hacían bajo el látigo. Gozan tomando el mismo ron y disfrutando de las mismas putas que nosotros. ¡A cuerazos les habría enseñado yo su lugar!

El mayoral apartó con un gesto de la mano una mariposa nocturna que pugnaba por posarse en su nariz. Al hacerlo con la mano que sostenía el purito, la ceniza salió volando de la punta y aterrizó a tres pasos.

—Pero nada: a nuestro querido señoritingo hacendado le resulta asquerosa la esclavitud, cuando desde tiempo de su abuelo esta hacienda se fabricó con negros. Temor a los cimarrones, dice. Que ustedes son más baratos… en eso le doy la razón. Por ustedes no se paga nada, ni hay que mantenerlos como gallos de lidia. Son nada, pero para lo mismo sirven.

Juan hizo una pausa. Una voluta de humo se le coló en un ojo, haciéndole lagrimear. Se secó con el dorso de la mano con un juramento y parpadeó.

—Claro, es muy fácil dárselas de abolicionista, pero alguien tiene que doblar el lomo en el corte. Y llegaron ustedes, como las garrapatas: hoy se muere uno y mañana llegan mil. ¿De dónde me dijiste que venían ustedes, chinito de mi corazón?

—Del puerto de Cantón, gran señor —repuso Lin con un hilo de voz—. Algunos de Fujian.

—¿Sabes que me dice eso, Lin? Nada en lo absoluto. Para mí, ustedes vienen ocho años del mismísimo infierno. Parece que es así, porque casi que imploran que los traigan aquí, al calor y a joderme la vida con esa lengua rara que no hay quien entienda. Total ¿para qué?

—Sáqueme de aquí, gran señor. Déjeme irme.

Juan esbozó otra media sonrisa y dejó caer el cabo del cigarro por el brocal.

—¿Pero no es eso lo que hacen ustedes, vida mía? No será ni la primera vez que uno de ustedes se tira a los pozos y a veces en masa, para romperse el cuello.

¿Les parece que es muy dura la vida en la plantación? ¿Los tratamos muy mal? Pues deberían haberse quedado en China entonces y morirse allá, si ocho años de trabajo duro les parece tanto.

Juan hizo pabellón con la mano sobre la oreja, esperando la réplica de su prisionero por sobre el rumor del cañaveral. El fanal abierto comenzaba a atraer los bichos del monte, llenando la luz de fantasmas de sombras contra el retablo de la noche. Luego de una larga pausa, Lin habló:

—Yo nunca me suicidaría, gran señor. Yo he honrado mi contrato. Nadie le creerá. El señorito Pedro sabrá que miente.

El mayoral meneó la cabeza.

—El hacendado Jiménez, mono desgraciado. Al que le importa un cuerno lo que a ti te pase. Ya te pagó tu salario. ¿Crees que va a dedicar un solo minuto a pensar que has hecho con tu condenada vida, culí? Tenías que haberte ido cuando pudiste. Pero no: tenías que venir a robarte el agua del pozo de corte, como si fueses uno de esos condenados apalencados.

Al mencionarlo, Juan sintió una leve inquietud. Los rancheadores le habían advertido que los perros habían marcado el pozo con el rastro de algunos negros fugados, que habían estado usándolo para abastecerse de agua fresca. También le habían recomendado que hacer para remediar la situación. El mayoral desenrolló la cuerda del lazo y la desató del pico de la montura, al tiempo que miraba a derecha e izquierda, tratando de adivinar algo entre las cañas del corte. «No se atreverán, no con los rancheadores tan cerca de la pista. Esos diablos deben estar correteando las lomas con los perros detrás a estas horas».

Lanzó un escupitajo al suelo y encendió otro purito en la llama del fanal. ¡Ocho años! Esa era la condición que ponían los capataces: luego decían que los culíes no eran esclavos. Ese era el precio en tiempo y trabajo que estos monos pedían, para dejárselas a sus familias muertas de hambre. Después de ese tiempo podían marcharse a su puta tierra navegando hacinados por meses, probar suerte en la ciudad… o quedarse a trabajar en la hacienda, como debe ser.

—Deberías haber aceptado la oferta del hacendado, chinito. Tú no doblabas el lomo: el señor Pedro te aceptó como sirviente y te enseñó a hablar castellano. Si te hubieras quedado en la casona no estarías ahora aquí, pero Lin Pao tenía que irse… ¿a dónde, decías?

—A La Habana, señor. Con mi tío.

—Ya. Ibas a hacer cosas de chinos. Como si no hubiera bastantes ratas ya en el puerto.

En su fuero interno, Juan pensaba que los criollos estaban desembarcando miles de criminales peligrosos. Los que se iban, bien. Los que se suicidaban, mejor. Los que se quedaban, pura escoria. Más rastreros que cuando llegaban, porque ponían fondas y lavanderías y cuanta mierda necesitaban los que acababan de llegar y les sacaban el alma. Los monos amarillos recién llegados no hablaban español, no sabían nada y solo sabían escribir con garabatos, si acaso. Juan fumaba con furia, concentrado en sus pensamientos, mientras por el montecito cercano los cocuyos hacían una fantasmagórica procesión en honor a San Telmo. El corte, inmaculado desde hacía varias jornadas, silbaba junto al viento una canción de libertad de una sola nota.

Pero Lin sabía leer. También hablar español y Juan sospechaba que era, además, inteligente. Por supuesto, ningún mono amarillo será jamás mejor que un blanco. Que un ladino negro del Congo, podía ser.

—Está bien, está bien. ¿Has tomado ya suficiente agua, Lin? ¿Cuánto ha sido? ¿Un día? ¿Dos?

Del fondo del pozo se escuchó un chapoteo desesperado, quizás mezclado con un lloro.

—Cuatro, señor.

—¡Carijo! Pues es verdad. Fue el lunes cuando te dije que siguieras haciendo tu maldito trabajo. ¿Qué fue lo que me respondiste?

—Que mi contrato se había terminado. Que me iba y solo quería llenar una cantimplora en el pozo.

—Eso. ¿Es que la hacienda no es lo suficientemente buena para ti, amiguito? Bueno, pues ahí tienes. Lárgate si quieres al quinto infierno: te dejé coger agua del pozo.

—Usted me lanzó dentro, gran señor.

Juan se acodó en el brocal y pasó la antorcha por encima de su cabeza. En la otra mano llevaba una lazada de cuerda. Dejó caer una vara o algo así de cuerda dentro del pozo.

—Bueno, me imagino que no quedaba demasiada agua de cualquier forma, así que a un culí como tú debía bastarle. ¿Por dónde te llega, amiguito?

—A la altura del vientre, señor.

El mayoral dejó deslizar una vara de cuerda más.

—¡Ah! Eso explica por qué no te has ahogado. Pero, complace mi curiosidad un poco más. ¿Qué has comido en cuatro días, chinito de mi corazón?

—Tenía algunas provisiones. Luego, musgo de las paredes, señor. Y una rana.

Juan lanzó una carcajada y soltó una vara más de soga. Un murciélago que volaba tras los bichos de la noche captó la vibración en el aire y cambió de dirección, disuadido a probar suerte en otros lares menos concurridos.

—¡Anda! Sí que se contentan con cualquier cosa, ¿eh?

El mayoral dejó que la cuerda fluyera libremente y la sostuvo cuando sintió que el chino la tomaba. La soga se tensó.

—Te salvas que soy un hombre de Dios y respetuoso de las leyes: el intendente me confirmó esa tarde que eras un hombre libre. No pude venir antes: lo siento. Cuando me pesa la conciencia tengo que aligerarla con ron, ¿sabes? Siento haber gastado los ahorros por los que trabajaste tan duro estos ocho años, pero qué le vamos a hacer.

El chino era menudo, así que Juan no tenía que hacer demasiado esfuerzo para sostenerle. Poco a poco la luz de la antorcha iba mostrando la cabeza rapada y la coleta de Lin.

—Al día siguiente me acordaba, pero ya sabes: el trabajo en la hacienda no se puede detener. Luego había que comer, beber un poco… El peso en la conciencia, ¿sabes? También me quedaba lejos este pozo, luego de que tuve que mover los macheteros a otra trocha. No era justo que nadie te molestara, para que pudieras meditar sobre tu ingratitud.

Ya podía ver sus hombros con claridad. En un par de minutos el chino saldría.

—Espero no me guardes rencor por los dineros, ¿eh? No se te ocurrirá ir corriendo al hacendado, ¿verdad?

—No me importa, gran señor. Solo déjeme salir y no volverá a saber de mí.

El mayoral soltó una carcajada que resonó a lo largo de todo el corte de caña. Una rata que cruzaba la guardarraya se detuvo, oteó hacia la luz y apuró el paso para perderse en la seguridad de una trocha llena de paja.

—Así me gusta, monito, ya vamos entendiendo el lugar de cada cual. Pero, Lin, otra duda. ¿Dónde hiciste tus necesidades en estos cuatro días?

El chino dijo, con la voz entrecortada por el esfuerzo:

—¿Dónde más, señor? En el agua.

—Eso me temí. Puerco asqueroso, cerdo como todos los tuyos.

El mayoral soltó la cuerda y Lin cayó al fondo del pozo, gritando algo en su lengua incomprensible. Juan escuchó con satisfacción el golpe del cuerpo sobre el agua. Pasaron unos minutos de expectación y silencio, solo cortado por el rumor del viento en el cañaveral. El mayoral aprovechó la pausa para recoger la cuerda aligerada, enrollándola sobre su antebrazo. Luego, volvió a preguntar:

—¡Lin!.. Oh, ¡Lin! Chinito de mi corazón, ¿sigues vivo o qué?

Desde el fondo del pozo se escuchó un sollozo profundo y una súplica renovada:

—¡No me deje aquí, señor mayoral! ¡Por el amor de Dios, gran señor!

—En eso llevas razón. Por el amor de Dios, en verdad.

Juan regresó al caballo y puso la lazada en el arzón. Aunque divertido por la broma, había ahora un sentido de urgencia, de inquietud acumulada, un ruido molesto detrás de las voces de la noche. Podría ser el rascar de las avispas en el nido que colgaba de un árbol cercano. O el reptar de un jubo sobre la paja al borde del corte. O un sijú que extendía sus alas, traspasando la noche con ojos y oídos en pos de la rata que cruzó la guardarraya. Preocupado, el mayoral comprobó que su revólver de seis tiros salía de su funda con facilidad. Luego escupió, volvió a sonreír a medio labio y guardó el arma.

Sobre la grupa del caballo había un saco, bastante ligero como para echárselo al hombro con un solo gesto. Lo llevó hasta el pozo y puso un costado sobre el brocal, cuidando de no volcar el fanal.

—Qué pena, Lin, bonito mío. Has echado a perder este pozo y ahora debemos sellarlo. Bueno, no exactamente. Estamos en territorio de apalencados, así que los rancheadores me aconsejaron contaminarlo, para que esos diablos negros se retuerzan de dolor si lo usan.

Juan sacó el cuchillo de monte de su funda y rajó la boca del saco. La cal viva bajó, ávida por llegar al agua del fondo, mientras los alaridos de Lin subieron en volumen e intensidad. El mayoral asió con ambas manos el borde del brocal y aulló imitando los gritos del chino, a modo de guasa. La combinación de sus voceos se escuchó a diez varas, a un cordel, dos, diez e incluso llamó la mirada de la noche a alguna que otra caballería a la redonda, deslizándose en el viento sobre las espigas de las cañas. Fue entonces que los cocuyos, las ratas, las culebras, las avispas, el sijú y las mariposas negras se concretaron en presencias acechantes, que manaron de entre las cañas.

Dicen que a la mañana siguiente los peones se extrañaron al ver que la montura del mayoral andaba suelta, mordisqueando romerillos por los alrededores del barracón. Unas horas pasadas del alba, los rancheadores llegaron a la línea del cañaveral guiados por los perros. Encontraron al mayoral a cien metros del brocal, con un machetazo que casi le separaba el cuello. No había podido desenfundar el revólver: no tenía mano derecha con qué hacerlo.

Pero eso no fue lo que hizo que aquellos hombres, curtidos por el monte, abandonaran la persecución y regresaran a sus casas jurando no pisar nunca aquella hacienda, tras acercarse al brocal de donde colgaba una cuerda inútil. Para siempre perduró en ellos el recuerdo de la sopa grotesca y maloliente en que se había convertido el fondo del pozo.

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