
Para Alice B. Sheldon
demiurga de lo insólito pavoroso.
Todo lo que alguna vez nace y crece también debe,otro día, decaer y morir. Para que el mundo pueda seguir siendo. Para que el tiempo y la existencia permanezcan iguales a sí mismos.
Por eso, cuando mis ingles fértiles comiencen a secarse y mi sangre a escasearen cada inquieto plenilunio, sabré que ha llegado el momento para invocarte, querida mía.
Te concebiré en luna nueva, como dictan las viejas y auténticas tradiciones que ya casi todos han olvidado, en estos tiempos de conformidad, obediencia, evangelio y rosarios.
Voy a engendrarte en lo más profundo de mi houngan. Usando una gota añeja de sangrede mi primera menstruación, largamente preservada en una redoma. La esencia femenina de aquella virgen ignorante, pero dispuesta a comerse el mundo, que ya casi habré olvidado que un día fui.
Más otra gota de sangre reciente, exprimida de los paños del que muy bien podría ser el último período de esta anciana mucho más sabia, cínica y físicamente deteriorada en la que me he convertido, tantos años después.
Lo mejor y lo peor de mí misma. Pasado y presente. Así debe ser, amor.
Sin olvidar un escupitajo de mi saliva más parduzca y repugnante, de tanto mascar tabaco, por décadas, con desdentadas encías.
Ni un chorro de sudor amargo. El que orla mi piel arrugada cuando macero plantas y tierras raras para algún filtro o remedio solicitado ¡a veces exigido! por un cliente. Que luego mirará a otro lado, incómodo con cualquier gratitud, mascullando “vieja harpía” o “perra santera”.
Sí, amor…duele. Y mucho. Pero ya estoy acostumbrada. Así de ingratos son, los humanos.
Todo eso, más mis ansias intimísimas y mis más secretos temores, lo mezclaré en el pequeño cuenco de barro amasado y cocido por mí misma, salmodiando antiguas bendiciones que algunos llaman embrujos.
Pero ¡qué saben ellos!
Luego añadiré lo que habrá de ser el germen primero de tu cuerpo. Tu esencia vegetal más profunda, tu semilla, tuconexión con la Madre Tierra. De la que todas venimos y a la que todas hemos de regresar.
Y para ti elegiré un trozo de ñame… para que seas fuerte y hermosa, pero no tan brillante como yo. Por tu bien, mi princesita. Porque la inteligencia y el saber pueden ser una carga insoportable, a veces.
Luego enterraré ese falso vientre que ya habrá comenzado a calentarse, por la pura fuerza de la alquimia natural que eres.
Lo cubriré con frescas hojas de banano. Para luego orinar, acuclillada y jadeando por el dolor de viejos huesos torturados, sobre tan extraña siembra. Y dar tres vueltas antes de retroceder, con mucho cuidado de no pisar mi propia sombra… sabedora de que ya sólo me tocará aguardar.
Ah ¡peroqué difícil la espera, mi niña!Cuando una siente que cada día es menos sensible y más ciega y más nada que el anterior.Que el peligro crece como la espuma. Y las horcas y antorchas se acercan, inexorables.
Sin saber si esta vez también funcionará el potente y antiguo sortilegio, como ha funcionado siempre.
Pero ¿lo hará a tiempo? ¿y si no…?
¡Mejor ni pensarlo, querida mía!
¿Cómo imaginarse un mundo sin ti?
Sería como si faltaran el sol, la luna, las estrellas…
Como si el prepotente Demiurgo y sus envidiosos sacerdotes hubieran ganado, al fin y para siempre, su antigua, secreta pugna con la Gran Madre.
Claro que Ella, el Supremo Poder al que sirvo y tú también servirás ¡aunque nunca llegues a saberlo! no permitiría semejante catástrofe… así que todo irá bien.
A los nueve meses, siguiendo el rastro del tibio vapor que exudará el útero cerámico, excavaré, trémula de expectativas. Apenas la halle, romperé la vasija agrietada y envuelta en amables raíces…
…y ahí estarás tú, entre mis manos. Húmeda, diminuta e imperfecta, pero viva. Con tus incomparables ojitos azules ya bien abiertos, Mjamba.
Pero no sola. Porque contigo también habrá nacido Mjambo. Tu hermano ¡aunque tan distinto! más grande que tú y con los párpados muy apretados.
En la antigua lengua de los griots y los bonkors, la que hablaban los esclavos traídos del otro lado del mar, Mjamb significa “venido al mundo sin intervención de padre alguno”.
Porque habré tenido mucho cuidado de que ningún varón violento y prepotente contaminase, con su simiente de rabia y lujuria, nuestro milagro privado, hijita mía.
Ya que el nombre es la cosa como la cosa es el nombre.
Exhausta, pero satisfecha con mi doble maternidad, para agradecer a la Gran Diosa y asegurarnos su favor ¡pues, si bien suele gratificar a sus más fieles devotas, también puede ser un dechado de veleidad, como toda hembra! esa noche, mientras tu hermano ronque sonriente y tú gimas quedo en tu cuna de trapos limpios, sacrificaré un ternero en el ara lunar de mi patio. Degollándolo con filosa hoz de plata, como estipula el dogma y ritual de la alta magia.
Para trazar de nuevo, con la humeante sangre de la pobre res moribunda,las antiquísimas runas inscritas en el granito. Mágicos sellos que los protegerán a tu hermano y a ti de todo mal venido del Demiurgo o sus siervos humanos. Para guiarlos en su duro camino hacia eso tan maravilloso en lo que tienen que transformarse.
Y el tiempo pasará, como pasa siempre.
Al principio, tu crecimiento será como el de los tubérculos abandonados en la húmeda oscuridad: lento, pero incontenible. Con la fuerza de todo lo vivo que se abre paso al mundo.
Pero, a las ocho semanas, ya tus labios formarán su primera palabra:
MAMÁ.
Por supuesto ¿cuál otra podría ser?
Y lloraré de pura emoción, como cualquier madre haría.
Mientras que tu zafio hermano guardará un terco silencio, mientras crezca veloz, como la mala yerba al borde del camino.
Al final del primer mes, él ya será tan alto como yo, incluso antes de que los años se encargasen de encorvarme. Y pocos días más tarde quizás dé sus primeros pasos.
Como debe ser.
Y ambos tendrán sus redondas cabecitas encantadoramente desnudas.
Para no permitirme olvidar ni por un solo instante que pueden parecer humanos… pero no lo son. Al menos, no del todo.
Al segundo mes habrán terminado de formarse los hermosos, gordezuelos deditos de tus manos y pies, con los que tanto me deleitaré en jugar. Y tu piel suave irá perdiendo poco a poco ese delicioso tono verde amarronado de nacimiento, que te traicionaría ante cualquier vecino observador.
Pues bien sabemos cómo me vigilan día y noche ¿eh, Mjamba mía? Me mastican, pero no me tragan. Avergonzados de necesitar de mis artes. Llenos de sagrada indignación porque, aunque mis antiguos ritos nieguen la palabra intolerante de su absurdo dios clavado en la cruz, funcionan.
Como nunca lo han hecho los bellos cánticos de sus adustos sacerdotes.
Todos ellos, tarde o temprano, acuden a la bruja, a por algún conjuro. A que la volva lance los huesecillos o la pitonisa entre en su trance de vapores para interpretar las brumas del incierto mañana. A que la sacerdotisa interprete para ellos la voluntad de los loas.
Pues las antiguas deidades paganas no han muerto, como tanto les insisten sus curas. Sino que sólo duermen, esperando a que llegue nuevamente su hora.
Bien que lo sabemos, tú y yo ¿eh,Mjamba?
Llegará el día en que al fin sean desenmascarados el pretencioso Demiurgo y todas sus untuosas patrañas. Que pretenden negar que en el mundo estuvo Ella mucho antes que Él. Y hubo sangre y dolor antes que cera y hostias.
Esa será nuestra hora más gloriosa, Mjamba. Para ese instante futuro y maravilloso es que trabajamos y hemos trabajado siempre.
Pero aún falta mucho, para tan sublime momento… así que, por ahora, será mejor que nadie los vea en mi patio.
Ni a tu hermano correteando, enorme y torpe. Ni a ti dando tus primeros, cortos y tambaleantes, pero completamente encantadores pasitos.
Al menos hasta que ambos dejen de hacerlo desnudos y a cuatro patas, como los animalitos del monte.
Ah ¿cuántas veces tendré que regañarte por trotar sin ropas, picaruela mía? ¡Tantas como aMjambopor comerse a cuánto saltamontes, hormiga o araña tengan la desgracia de rozarsus manazas curiosas!
¿No acabas de entender, mi princesita, que si la gente normal y zafia viera ciertas cosas… tendría miedo? Porque siempre se teme a lo desconocido.
De ese temor nace la rabia. Es ese miedo el que convoca a las antorchas y las horcas… y entonces morimos, las que somos como tú y como yo, querida mía. Sin remedio. Sin que ni la misma Gran Diosa pueda evitarlo, ni con toda su magia.
Pues sus poderes, aunque enormes, no son directos ni violentos, sino distantes y paulatinos, como nosotras y la tierra misma. No rompen espadas ni desvían flechas. No apagan hogueras.
No permitirás que una bruja viva…
Por suerte, pocos se atreven a asomarse por encima de mi destartalada barda de viejas tablas, orlada de cántaros bocabajo y girasoles de asombrosas dimensiones. Nadie tiene coraje suficiente para colarse en el patio de Baba Yaga.
Ayuda que viva en las afueras de la aldea, donde no llegan las líneas telefónicas ni eléctricas. Donde la carretera asfaltada primero se vuelve trepidante terraplén y luego casi invisible y angosto trillo.
Pero… ¡ten cuidado, Mjamba, por favor! No sea que tengamos mucho que lamentar, luego, por un simple descuido tuyo de niña inconsciente, como mostrarte a ojos indiscretos…
Lo peor es que tu hermano Mjambo no sólo no habla, sino que tampoco entiende. Y mucho menos obedece.
Así, en el sexto cumplemés de ambos, cuando ya su cabeza pelada roce el techo de mi vetusta cabaña y su corpachón se haya vuelto tan pesado que bajo su paso elefantino rechinen todas las tablas del suelo… tendré que tomar medidas.
Pues ya ni encadenarlo será suficiente, para aplacar el bullir de su sangre-savia. No cuando empiece a buscarte todo el día, hirviendo de lujuria.
Y no puedo permitir que haga contigo eso que tanto necesita hacer ¿entiendes, mi niña?
Aun así, mi pobre Mjamba, no podrás contener tus lágrimas, cuando nos veamos obligadas a degollarlo. Aprovechando que tu enorme hermano aún confía en las dos lo bastante como para amodorrarse sobre mi regazo, si tú lo acaricias.
Pero mis ojos estarán secos, cuando saje su cuello taurino con mi hoz. Mientras su sangre tibia, verdosa y borboteante, nos empape, a ti la piel desnuda y a mí el sayón ritual de siete colores, y patalee descontrolado, en sus últimos espasmos.
Mirándonos con ojos turbios, sin entender por qué el mundo es tan cruel.
Sólo cuando hayamos enterrado sus restos, ya diluidos en una masa cremosa e informe, bajo los cimientos de mi choza. Allí, donde mismo yacen las antiguas patas de gallina, convertidas en raíces que custodian mi nganga llena de oxidados hierros… es que yo también podré permitirme llorar.
Porque a veces, Mjamba, la crueldad es puro pragmatismo, y el único camino posible.
No pienses que me será fácil. Nunca lo es.
Duele, dolerá mucho.
Pero así ha de ser… y así será.
Porque luego, tu hermoso cuerpecito, regado con la sangre de tu mitad masculina, crecerá más raudo y fuerte que antes. A la semana siguiente, de tu antes liso cráneo comenzará a brotar esa indómita melena rubia que pronto será la envidia de todas las madres del caserío, resentidas por no tener una hija tan hermosa como tú… y odiándome más que nunca, por ello.
Y yo, la vieja encantadora, la anciana sin esposo, la traidora a su sexo y su raza y su tiempo… reiré, jugando contigo.
Porque ya serás más perfecta y deslumbrante que ninguna muñeca, mi Mjamba bella. Con tus enormes ojos azules, tan frescos y misteriosos como el cielo primaveral, y tu cabello amarillo y enredado como el resplandor del mismísimo sol.
Felicidad será responder a tus innumerables preguntas, mi estrellita. Te contaré que una vez, mucho antes que Astro Rey, lo que nos ilumina y calienta fue La Sol: alegoría de la tibieza y cariño de la Gran Madre… y reiremos juntas, cómplices. Satisfechas de saber y recordar lo que tantos otros han olvidado, o aún luchan por olvidar. O les han ordenado que olviden.
Disfrutaré enseñándote a leer, a cocinar, los nombres y virtudes de cada planta y hongo de la jungla que crece tras nuestra isba. Esa misma selva de la que dicen los envidiosos del quimbo que sacamos todo nuestro impío poder.
Tanto como de tu belleza, estaré orgullosa de tu memoria, tu inteligencia, tu facilidad de palabra, tu increíble talento para aprenderlo todo. Porque en todo serás buena, mi niña prodigio, mi maravilla dorada.
Pero… ah, mi Mjamba ¡el tiempo pasa tan rápido!
Y es tan inexorable, siempre…
Apenas haya empezado a acostumbrarme a no estar sola, a que me ayudes por las mañanas a salir de la hamaca y por las noches a volver, renqueando, al duro jergón, tras devorar la sabrosa cena que tus hábiles manitas tan bien sabrán preparar… el destino cruel tocará a nuestra puerta.
Como siempre he sabido que tocaría.
Y con él llegarán las horcas puntiagudas, las flores de fuego de las antorchas, los gritos de la rabia y la envidia. La incapacidad de aceptar lo diferente, lo inexplicable… lo nuestro.
Nos verán como el peor peligro para cada familia; la espada filosa y envenenada que pende sobre la tranquilidad de sus hogares. La amenaza definitiva para lo establecido. Para los que conocen perfectamente su lugar y quieren uno idéntico para todos los otros. Para los que creen que cada cosa y persona debe estar en su sitio.
Con tus jóvenes oídos, escucharás a la turba vociferante acercándose a nuestra cueva antes que yo, mi Mjamba. Y correrás a avisarme. Disfrutando, incluso en ese instante de supremo predicamento, de la fuerza juvenil de tus largas y bronceadas piernas.
Entonces, yo haré como si me sorprendiera la voluntad de linchamiento, tanta resentida decisión de arrebatarme lo que una como yo, según ellos, no debería nunca tener derecho a disfrutar ¡una hija como tú, mi preciosa!
Como si ignorase ese secreto a voces que hace años puedo leer en cada ceño fruncido y cada despectivo escupitajo al suelo a mis espaldas, cuando cojeo por el caserío.
¡Ah, ingratitud! ¡con tanto que habré hecho por todos esos aspirantes a asesinos, y durante años, sin recibir de corazón ni las gracias!
Y suspirando, te enviaré a buscar algo a la cocina.
¿Qué?
No sé qué será, Mjamba, sinceramente…
Ni tampoco importa…
Pero algo se me ocurrirá; eso es seguro.
Lo único que necesito es que me des por un instante la espalda… para poder golpear tu hermosa, frágil nuca, sin que me veas venir.
No temas; ni siquiera dolerá… mucho. La idea no es tu muerte, sino sólo paralizarte, como hace la audaz avispa con la infeliz araña que luego devorarán sus larvas hambrientas.
Que quedes viva… pero completamente inerme.
Viendo y sabiendo… pero sin poder evitarlo.
Porque tiene que ser así.
Debes estar viva ¡y consciente! mientras, pidiéndote disculpas a cada bocado… te devoro, trozo a trozo, llorando.
Sorda a tus gritos de amor traicionado, a tu dolor, a tu sufrimiento.
A todo el cariño que sentiré, que siempre habré sentido por ti.
Concentrada.
Calculando con precisión mi tiempo.
Para que, cuando al fin lleguen mis enemigos jurados a la casa-templo, entre rugidos de justa ira, agitando sus improvisadas armas… me encuentren en medio del gran charco de sangre que una vez fuiste ¡ay, Mjamba!
Ahíta y sonriente.
Condenada por la evidencia de mi espantoso crimen.
Ofreciéndoles, al fin, la excusa que tanto buscaban para deshacerse del tumor social que soy, de una vez y para siempre.
Entonces ¿te das cuenta, mi niña? me ahorcarán, a mí ¡la bruja caníbal!¡la madre desnaturalizada! de la más alta rama.
O darán fuego a la casa, conmigo dentro, bien atada. Quizás antes me quiebren la espina dorsal, para que no pueda arrastrarme lejos de las llamas.
Tal vez sólo me decapiten o estrangulen en el garrote vil.
O me entierren viva. O me fusilen ¿quién sabe?
Todo para hacerme sufrir al máximo.
Como merezco.

Pero ni tú ni yo tendremos ya ningún control sobre eso, mi niña mágica.
No me resistiré, consciente del horror incomparable de mi crimen, mientras me torturen en la rueda y/ o despedacen en el patíbulo.
Pues te habré matado del modo más horrible que se pueda concebir. Porque todo crimen debe llevar aparejadosu castigo… y más el filicidio, por parte de una madre.
Entonces vendrá la nada. La oscuridad.
Por una semana, un mes o un año. Nunca menos ni más.
Y al fin… el milagro terrible para el que existimos, mi Mjamba.
¿Qué? ¿te sorprende? ¿de verdad pensabas que todo acaba con la muerte?
Mi niña ingenua…
No…
No hay final, mi Mjamba.
De las cenizas arrastradas por el viento justiciero o la tierra embebida en mi negra sangre. De mis huesos insepultos, de algún harapo arrojado al mar… volveré a crecer, de nuevo joven y hermosa. Tan parecida a ti, mi niña.
Porque seremos y siempre hemos sido una y la misma, nosotras, mi preciosa querida. Tú y yo.
Y renaceremos sólo para marcharnos lejos, si es que no lo estamos ya.
Para comenzar todo de nuevo, como tantas veces hemos hecho.
¿Lo entenderás, entonces, mi Mjamba preciosa?
Ya veremos. Siempre hemos visto.
Y… te quiero ¿sabes? Te quiero MUCHO.
Como te he querido desde el remoto principio y te querré, hasta el lejano final.
Como sólo puede una quererse a sí misma.
Porque todo lo que alguna vez nace y crece también debe, otro día, decaer y morir. Para que el mundo pueda seguir siendo. Para que el tiempo y la existencia permanezcan iguales a sí mismos.








