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La necesidad de Chano Rivera

Mención del concurso de literatura de terror Berenice

Cuento de la escritora cubana Celia María Adán Pérez, merecedor de la mención en el concurso de literatura de terror Berenice 2025
Por: Celia María Adán Pérez

A mi tierra de leyendas. Siempre.

La bestia en la cumbre, siempre vigilante, ampara al vecino, devora al maleante….

Tarareaba por lo bajo la vieja canción de pescadores, su preferida. A esas horas, se le antojaba un credo. Ahí, en la cima del terraplencito, antes de descender hacia el mangle que negreaba contra la mar y encaminarse a dar caza a una de las pacas de droga, el pescador se permitió admirar el espectáculo nocturno que ofrecía la ciudad ribereña enclavada del otro lado de la ensenada. La contemplación de un paisaje conocido de memoria respondía a la sombra de sus reservas morales. La delincuencia pululaba en el pueblo, enrolada en el asunto de las drogas, por más que las autoridades persiguieran el flagelo. Chano se consolaba pensando que con su gestión en vez de perjudicar a algún inocente, bien podía terminar mandando a la sepultura al tipo de escoria que mejor está a seis pies bajo tierra; pero era un alivio endeble porque también había gente buena, aunque ni unos ni otros resolverían sus problemas.

La bestia en la cumbre, con tarros de acero, aliento de infiernos, y alas de cuero….

Adherida a Cumbre Vieja —un promontorio al cual lo de cumbre le quedaba grande—, la ciudad permanecía ajena, indiferente, a sus pesares. Las luces de las calles principales trazaban una forma que recordaba una monumental serpiente. Los destellos ambarinos y blancos la hacía parecer recamada en diamantes, oro, plata. Las dos torres de comunicaciones que se alzaban en uno de los extremos de aquella fantasiosa imagen la completaban: un par de cuernos, cuajados como estaban de los falsos rubíes que eran las balizas en su andamiaje. Detrás de todas esas luces aun centelleaba la tormenta, ahora arrastrando sus desmanes a otras costas. Chano se obligó a apartarse de la contemplación y las dudas. La lancha de los contrabandistas había dejado de oírse desde un buen rato atrás —seguro ya estaba saliendo a mar abierto—, y con el temporal, la vigilancia no sería tan enconada como otras noches, menos tan cerca del estero donde recalaban las pacas. Era su oportunidad de actuar.

La bestia en la cumbre, escupe su fuego, calcina navíos, los manda al estero….

Enfiló sus pasos al manglar. En el cielo, los nubarrones ya dejaban filtrar un poco de la luna llena. Antes de internarse en la muralla vegetal, prestó atención una vez más a la noche, al gruñido de la costa. Ni ruidos fuera de lugar ni luces extras. Estaba solo.

Dentro de aquel laberinto de ramas y raíces, Chano repasó las excusas en caso de ser sorprendido por las autoridades. Jamás pasó por su cabeza hacerse de la droga que arribaba a los distantes cayos, menos a la bahía. Contaba deslices vendiendo corales exóticos, carey, langosta, pero ¿droga? ¡Ni loco! O eso pensaba, porque de un par de días para acá, era presa del más enconado desespero…

El barco fantasma, espanta al ratero, la bestia en la cumbre, devora sus huesos….

La canción hoy tomaba singular significado, parecía a momentos recriminarle su actuar y luego, lo espoleaba. Para Chano, al borde de un abismo de incertidumbre, no existía otra solución. Una necesidad tan apremiante como la suya necesitaba remedio sin medias tintas. Una acción radical. Lo que estaba por hacer no cambiaba quien era, no lo volvía despreciable, o peor que otros, ¿verdad?

Siempre que atisbó el ronroneo de un motor de lancha en las madrugadas de pesca —uno como el que había sonado apenas media hora atrás, entre retumbar de rayos y aguacero cerrado—, o cuando los envoltorios flotantes se cruzaron en el trayecto de la María Dolores, Chano avisó sin dilación a la posta de guardafronteras. Pero su vida había tomado un giro crítico: primero el deterioro de su botecito, único medio de ingresos al hogar, seguido de la nevera rota sin remedio, y encima los carísimos medicamentos que necesitaría para su incipiente padecer, porque por duro que tuviese los pellejos a sus cincuenta, esa maldición familiar, esa cosa del Parkinson, ya estaban por hincarle las garras. Ya había tenido episodios, como al caérsele más de una buena langosta por la borda a causa de un repentino temblequear de manos. Así empezaba. Le sucedió al abuelo y al padre, y el mal precipitó el fin de ambos, aun vigorosos, cuando rondaban la edad que él cargaba hoy. Se negaba a terminar sus días como los pobres viejos arrumbados en el piso de la terminal de ómnibus municipal, famélicos, más muertos que vivos, con sus achaques y desvaríos, a esperas de una limosna que no llegaba, y que de hacerlo, solo compraría humillación —pues para quien se partió el lomo trabajando toda la vida, ese era un final de mierda.

Lo de las drogas era la opción más rápida y jugosa, pero también la más arriesgada. Mas hoy, ¿qué negocio no lo era? Si se organizaba en los gastos, manteniendo un perfil bajo, con el dinero de una paca, ¡una sola, de las más chicas, o hasta apenas una fracción de su contenido! Bastaría para solucionar los problemas y dejar un ahorrillo que aliviara futuros pesares. Alimento, medicinas buenas, mejores condiciones del hogar, o un arreglito a su María Dolores para arrendarlo a algún timonel necesitado. Quizás hasta costearse una cuidadora. Y siempre podía inventarse el cuento de que el único hijo, el que estaba en un confín del mundo, se había apiadado al fin de su padre y se dignaba a enviarle algún dinero.

Podía funcionar.

La bestia en la cumbre, pacta con el Diablo, peroen una Iglesia, adorna el retablo….

Tras salvar la peculiar senda, desembocó al diente de perro. Metió la mano en el macuto que llevaba cruzado al pecho y sacó la linterna, un adefesio que apenas si emitía un haz mortecino, suficiente para distinguir lo que buscaba y no delatarse. Con su auxilio buscó un bordón que guardaba cerca y usaba para ayudarse en sus incursiones ilícitas, como recuperar los sacos con los prohibidos manjares del mar. No demoró en encontrarle, camuflado entre raíces de caprichosas formas y montones de algas secas. Bordón en mano, Chano reinició la marcha por el saliente de roca. Calculaba suficiente tiempo para peinar bien el estero y hacerse de alguna paca antes que la marea arrancara todo lo que flotaba en él para regresarlo a aguas más profundas.

Se viste de hembra, de mito y costumbre, la dueña del Agua, la bestia en la cumbre….

Apenas avanzado un centenar de metros por la piedra escuchó un chapuzón. El rayo de la linterna se clavó instintivamente en la negrura de las olas a su izquierda. Nada. Solo mar rompiendo en espumarajos. Deslizó el haz hacia una posición más adelantada y entonces sí lo vio: un borrón pálido y compacto, flotando a merced de la corriente que lo llevaría más allá de la curva, hasta un vaciante del estuario donde río y mar se juntaban formando pantanales. Creyó atisbar más formas a la deriva. Seguro la marejada había estampado una de esas pacas contra algún arrecife de los que pululaban por esa zona y ese fue el sonido que escuchó…

La bestia ahora duerme, el sueño es profundo, sus ojos de ascua, cerrados al mundo.

Espoleado por el hallazgo, y la luz de un cielo cada vez más despejado, Chano apresuró la marcha. El ruido de las olas ponía coro a la cancioncilla, tarareada con resuellos.

No demoró en desembocar en la marisma, un punto donde el dulce y la sal de las aguas se mezclaban entre salientes de rocas e islotes de mangle y sedimentos.

Que su voraz hambre, se sacie en quejumbres, que reine en las olas, la bestia en la cumbre.

El haz de la linterna apuntaba como faro en miniatura, buscando. El sonido de un golpeteo, más allá que el romper de olas en rocas y el borde de las islas de mangle, fue haciéndose cada vez más nítido y Chano calló su cantar: en el otro extremo de la débil luz, distinguió los restos de un pecio. Ahí estaba la proa de una lancha, inconfundible a pesar de la pintura oscura para camuflarla con la noche. El ruido provenía de tablones arrumbados unos contra otros, y todos contra las orillas sinuosas. Una embarcación hecha pedazos. Trató de identificar el barco de un colega, mas las líneas modernas pronto borraron esa posibilidad.

A Chano le costó entender: ¿era la lancha de antes, la que creía ya en mar abierto, o se trataba de otra? ¿Y cómo estaba así de destrozada si la tormenta no fue tan fiera?

Se sacudió de aquellas preguntas que no necesitaba. Debía actuar rápido, concentrarse en lo que le ocupaba. Apartó el haz de aquel amasijo de desechos para buscar alguna de las pacas y no demoró en descubrir unas de considerable tamaño. Nada de avaricias, no había tiempo para enredarse con esas. Apenas divisó una de discretas proporciones, pegada a otra mayor, acomodó la luz entre los entresijos de la piedra para no perderla de vista y se precipitó a recuperarla ayudado por el bordón.

El paquete, de redondeado aspecto, estaba enganchado en el otro, exagerado tamaño, más bien, le pareció a Chano. Se permitió avanzar con cautela un par de pasos. Era buen nadador, pero el mar aún estaba picado, y las aguas tan frías como si en vez de verano fuese febrero, así que prefirió quedarse al alcance del diente de perro, donde daba pie, y seguir tratando de enganchar el bulto con el palo. Mas la paca era escurridiza. Su mano tembló un par de veces; a la tensión y premura que imprimía a sus movimientos se sumaba el zarandear de las olas. En tal batalla estaba cuando la luz de la linterna pestañeó, aviso de que estaba a punto de extinguirse. Justo lograba atraer la paca chica, pero esta arrastró de paso a la grande, aun enredada. ¡Un esfuerzo más! Al tomar por fin en sus manos la paca, Chano descubrió la forma perturbadoramente familiar: ¡era una cabeza humana, calva, arrancada de cuajo, con pellejos y sangre manando de aquel amasijo de carne y huesos de lo que había sido el cuello! Atragantado con su propio espanto, soltó aquel horror, que pegó en las aguas con un pesado ¡plug!, mientras él retrocedía hacia la piedra, huyendo del reflujo que arrastraba de regreso las supuestas pacas que ahora, bajo el moribundo haz de la linterna, se adivinaban trozos de un cuerpo desmembrado.

No importaron los raspones con los filosos dientes de la roca. Chano trepó temblando como si ya el Parkinson se hubiese apoderado por completo de su cuerpo. Un centenar de teorías sobre aquel macabro espectáculo asaeteaba su mente. ¡Debía salir de ahí!

Jadeando, aun en cuatro patas, con el golpetear de olas, tablas y pedazos de gente a sus espaldas, Chano advirtió que no estaba solo. Algo se movía en la oscuridad delante de él, apenas rota por el casi inexistente haz de la linterna y la luna que, enorme, ya asomaba entre las nubes. Consideró, muy fugazmente, que se trataba de algún superviviente. Otro traficante. O hasta otra persona, porque esas mismas lanchas de la droga, tras soltar su cargamento, maniobran a veces un acercamiento a la costa para llevarse a un familiar, una querida, un socio en líos… Un relámpago borró esa idea, porque quien se aproximaba, con pasos como arrastrados, que le delataban, lucía una cornamenta. Ay, sus sentidos, le jugaban una mala pasada.

Chano quiso resistirse el creciente pánico, y casi lo logró, pero el frío de la madrugada se acentuó a punto que empezó a temblar completo. Olió otra tormenta. Al unísono, crujieron las tablas del pecio, azotadas por marejadas de creciente vigor, y le llegó un quejido —que por más que Chano quiso explicarse, no fue un rejuego del viento que se levantaba, ni el chillar de algún ave de costa guarecida en el mangle—. Otro relámpago y el mundo se rasgó en un fogonazo que alumbró todo cual si fuese de día.

Y la vio, a la que había emitido ese escalofriante lamento. Porque la luz de la centella demoró más tiempo del normal para que la noche volviese a vestirse de penumbras. Ante él había una forma femenina, lo supo por las curvas, que lo miraba desde su altura, haciéndolo sentir más insignificante que nunca así como estaba, postrado, sangrando de los raspones con el diente de perro. Pudo atisbar los rasgos deformados que recordaban un reptil, y la piel, que evocaba la plata escamada de los pargos, o la de los caimanes o iguanas por las rugosidades reveladas por el resplandor. En la cabeza, a ambos lados de la frente, coronaban la imagen unos cuernos bovinos como de a cuarta. Lo peor fueron los ojos, ¡ay, tan vacíos, espectrales! Antes que el largo destello del relámpago muriese, Chano pudo ver que donde debía haber piernas, se prolongaba un cuerpo de serpiente, con el jaspeado de los majás de Santa María que tantas veces había visto por la cayería.

El destello del relámpago murió por fin y donde los ojos muertos de la criatura quedaron dos lucecillas rojas, como carbones encendidos.

Chano evocó la canción. Hablaba de un monstruo que cuidaba las aguas. La leyenda local decía que un dragón o un reptil inmenso, de los acuáticos de la prehistoria, y hasta de una madre de agua que se había acostumbrado al mar. Una canción que, según escuchó una vez, la ideó un astuto colono para disuadir a los esclavos de huir por las noches cruzando las aguas de la bahía hacia los cayos. Fue un pensamiento fugaz.

Esos segundos bastaron para que la criatura lo abracara con su abrazo resbaladizo. Chano no podía moverse, apenas respirar. El ser empezó a apretarle como boa a presa, a la vez que volvía a estallar una tormenta. Quiso escapar, gritar, pero el viscoso y gélido apretón continuaba ganándolo centímetro a centímetro. Y los ojos parecían rasgarse cada vez más, fijos en los suyos, subyugándolo. Asomándose a su alma entre los fogonazos de los relámpagos.

Entre desespero y náuseas, Chano sintió elevarse junto a la criatura, abrazados ambos por un viento tan fuerte que no podía ser sino tromba marina. Los vientos estrellaban contra él agua, sedimentos, piedras, conchas, animalejos y todos lo que pudiese robar con su furia al mar. Chano no podía respirar, se ahogaba con el agua, con la presión del cuerpo de ásperas escamas, con el vértigo que le subía el estómago a la boca. También se sintió afiebrado, una calentura como jamás sintiese. Y los ojos del ser tan cerca ya, tan inhumanos…

Un tirón lo hizo zambullirse en los ojos, que lo quemaron tanto como lo sedujeron. Ascua y rubí. Y por la cabeza de Chano comenzaron a desfilar imágenes, que supo el idioma del ser. Como en un sueño, se vio a sí mismo ante una cueva, en las entrañas de Cumbre Vieja. En el interior, una mujer taína sentada sobre una piedra, su cabello largo, enroscado a su cuerpo como una enorme serpiente negra. La desnudez de la mujer, adornada con trazos que imitaban los patrones en la piel de los reptiles. La supo mediadora entre mortales y dioses. Ella mutaba en majá con cabeza humana, y a la cabeza le nacían cuernos. Volvía a cambiar, tornándose algo muy similar a lo que vio por la gracia del relámpago, humana hasta el ombligo, el resto reptil. Y otra vez cambiaba, mujer completa, con cuernos y cola de iguana. Los ojos, ascua y rubí. A los cambios, siempre antecedía alguna ofrenda de los del cacicazgo cercano. Trombas marinas y enormes olas se levantaban en la bahía por voluntad de aquel monstruo-mujer, y los belicosos caribes y colonizadores se iban a pique con sus barcos. En las paredes de la gruta aparecían dibujos tras cada victoria. Figuras geométricas que no eran sino mapas, caras de monstruos, figuras humanas con cola, o tarros, armas de hueso y madera, olas, canoas, bestias de dos cabezas y seis patas con lanzas que arrojaban rayos y fuego. La pila de ofrendas se agigantaba junto al trono de la mujer: coronas de flores, collares de cuentas multicolores, macanas, proas de canoas, estoques de Toledo y morriones acerados.

De aquel aluvión de imágenes en apurada secuencia destacó, por ralentizada, una: una carabela, de velas hinchadas, irrumpió en la bahía. Los más ancianos hablaron de dioses extranjeros, el behique vio signos de desgracia en el fuego, el cacique temió una guerra. No quedaba sino acudir a la guardiana de las aguas. Y todos los nativos acudieron a pedir ayuda. ¿Cómo no hacerlo si nunca habían visto una canoa tan grande, con techo de nubes? La ofrenda exigida por la criatura de Cumbre Vieja fue grande, pues poderoso se perfilaba el enemigo. Los habitantes de la bahía pagaron con todo lo que les era preciado hasta que sus regalos desbordaron la cueva. Solo entonces la mujer-serpiente bajó hasta las orillas, se arrodilló lanzando plegarias en un lenguaje inentendible a Chano, y se inclinó para beber de las aguas por largo rato. Al cabo, empezó a crecer. Se convirtió en un ser descomunal, mezcla de iguana, caimán y anguila, coronada por una ahora impresionante cornamenta. Aquella mole de ojos en los que parecía arder el Infierno surcó las olas como una exhalación y embistió el casco de la carabela. Los tablones de las cuadernas reventaron con su abrazo, los poderosos colmillos astillaron los mástiles y rasgaron las velas de cruces rojas. En medio de aquel caos, los hachones encendidos con que los ocupantes del navío castellano pretendían disparar sus cañones, iban a dar al mar, rodaban por cubierta, o caían por la escotilla de carga.

La encarnizada masacre solo se detuvo cuando todo saltó por los aires al estallar la santabárbara.

Chano sintió el dolor del ser, chilló, como si le estuviesen arrancando la piel en tiras. Las visiones siguieron, a pesar de la agonía que cegaba al pobre Chano.

Heridas, larga y dolorosa sanación para el ser de la Cumbre. La cueva, vacía de ofrendas, pues cada pieza, cada regalo, se tornó ceniza con el fracaso. Los nativos ahora servían a los castellanos sobrevivientes, pues varios hallaron refugio en las orillas y no demoraron en asentarse en las tierras que circundaban la bahía. ¿El monstruo? Muerto. No pocos aseguraban que le vieron hundirse en un mar de sangre, y luego por el horizonte, hacia el canal de entrada a la bahía, un remolino de gaviotas, guinchos y auras dándose un festín, seguramente con los restos del bicho. ¡Ah, qué equivocados! Eran restos, sí, esa inmundicia, pero no del bestial ser sino de las vidas tomadas, de manatíes, toninas, y hombres que las aguas interiores lanzaban a mar abierto. Libres de la amenaza, los extranjeros erigieron su templo, y otro dios empezó a florecer en esa latitud. Un siglo después, alguien talló en uno de sus vetustos muros un dragón con enormes alas, con un chorro de fuego saliendo de su boca y reduciendo a cenizas a un barco enemigo.

Sin ofrendas, el hambre y la sed del ser —reducido solamente a su forma humana— fueron grandes. Pasaron las décadas hasta completar dos siglos, solo entonces pudo arrastrarse fuera de la cueva y ver lo que había sido del mundo. Su orgullo sufría, había fallado en la misión que le dieron los dioses del Turey de cuidar aquellas aguas, los tesoros que escondían, y las vidas que en el entorno moraban. Impedir que lastimaran a sus habitantes pacíficos, laboriosos. Porque si la aldea era próspera, también lo sería el culto que los alimentaba. Pero, ¡ah!, no demoró en saberse sola: los dioses estaban muertos.

Ajena a otro destino o razón, la mujer-serpiente se propuso seguir su tarea aunque ya no hubiese panteón ante el cual rendir cuentas. Buscaría redención, llenar el vacío de la soledad y la derrota. Era un pago justo. Y a fin de cuentas, el corazón de los hombres era el mismo, lleno de malicia y prepotencia. Lo olía en el aire, con la misma certeza con la que supo de la muerte de las deidades taínas. Así, empezó a matar sin mediación de ofrendas. Pero se aseguraba que cada muerte lo mereciese, y que el fin que ella les diera, justiciero.

Lunas y soles. Con cada vida que tomaba, las heridas de la mujer-serpiente sanaban. La hacían un poco más fuerte.

En Chano se hacían eco todos los sentimientos que experimentaba la bestia de Cumbre Vieja. Sin piedad, ella lo arrastró a ver el paso del tiempo, las heridas del progreso, el nuevo mundo que se tragaba al antiguo, y sus luchas por sobrevivir, por seguir buscando redención desde su concepción de justicia. Los rostros de horror de las víctimas. Cómo reservaba al infeliz la muerte que más temía, y con ello sanaba, las heridas físicas y las de su conciencia, y se disponía a esperar la siguiente víctima…

La mujer-serpiente aprendió las nuevas lenguas y cantó a los vientos una canción que era advertencia, ultimátum, porque las generaciones de turno parecían haber perdido todo decoro y sensatez. Mas los hombres siguieron atentando contra su bahía y la vida en ella de todas las maneras posibles.

En medio del dolor, el vértigo y el desconcierto, Chano pidió piedad. ¿Piedad? No, los dioses la hicieron inmisericorde, incapaz de razonar con las ambivalencias del alma humana. Por eso, siempre que estaba a su alcance alguien en cuyo corazón latía la maldad, o en su pensamiento titilara la más mínima idea de hacer algún mal en aquellos lares dominados por Cumbre Vieja, no dudaba. Era un destino sellado…

Chano no supo cuánto tiempo había pasado desde que desfilaran los siglos en esos ojos encendidos. Tampoco supo cómo llegó a la posta del guardafronteras. Fueron las luces del UAZ las que lo arrancaron de aquella pesadilla. Escuchó, extrañado, las preguntas de los uniformados, como si con él no fuera:

—Alabao, Chano, ¿qué te pasó?

—¿Hay alguien más contigo?

—¿No nos reconoces?

Y él no sabía por dónde empezar. ¿Cómo poner en palabras todo lo que acababa de sucederle?

—Hay que llevarlo al hospital, puede estar herido, y no deja de temblar.

El tercer guardia empezó a hablar por la radio. Decía que le encontraron vagando por la costa con una cabeza humana en el macuto, donde también llevaba una paca de droga. Que temblaba constantemente y, a pesar de unas copiosas sudoraciones, se sentía hirviendo al tacto. Que no paraba de desvariar sobre monstruos, cumbres y castigos. Que todo parecía ser un asunto de drogas que salió mal y terminó en bronca entre, ¡quién lo iba a sospechar!, el pescador Sebastián Rivera, alias Chano, y dos traficantes cuyos cuerpos mutilados acababan de reportar flotando en el estero.

—Pobre Chano, le cayó una buena.

—Se pudrirá en la cárcel.

—Debe haberse vuelto loco.

En su último instante de lucidez, Chano supo que moriría privado de la libertad que siempre lo acompañó como hombre de mar. Que recrearía hasta el fin de sus días las dantescas visiones que la mujer-serpiente puso en su cabeza. Y, como si no bastase tal condena, ya era presa del más terrible caso de Parkinson que se registraría en aquella vieja ciudad ribereña.

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