Mención del concurso de literatura de terror Berenice

Cuando el sonido agudo y monocorde de la alarma disipó las brumas del sueño, Arturo pensó que alguien había tocado la puerta. No reaccionó de inmediato. Regresar del lugar donde el estado natural de las cosas era apenas la antesala de la muerte requería un tiempo prudencial. El sol trazaba un rectángulo de luz sobre la cama, ya caliente pese a que no eran más que las ocho. Caminó hasta el baño, a la cocina, y de regreso al cuarto. El apartamento podía recorrerse de una punta a la otra en menos de un minuto, pero era suyo.
“Suyo”. Arturo disfrutaba con el sonido de aquella palabra, lo paladeaba a diario al despertar. Toda una vida de trabajo condensada en cuatro habitaciones, dos ventanas y una puerta. Lo necesario para alejar el afuera —los otros— y convertir su espacio en un santuario infranqueable.
Mientras sorbía el café, sentado en la cama y a medio vestir, unos golpes sordos lo sacaron de su ensimismamiento. Aquel eco inconfundible era nada de onírico, más bien una llamada que lo instaba a enfrentar, mucho antes de lo deseado, las exigencias del mundo exterior. Al llegar a la puerta tuvo la impresión de que el pomo de la cerradura estaba frío y húmedo. Intentó abrirla, pero permaneció inmóvil. Una punzada de impaciencia le recorrió el estómago. ¿Estaba atascada? No era la primera vez, así que probó introduciendo la llave, luego sacudió el picaporte, tiró con más fuerza. No se movió ni un centímetro.
Resopló, molesto por la forma en que el día comenzaba a torcerse. En su fuero interno, culpó al inoportuno visitante. Reanudó el forcejeo y entonces el toque resonó otra vez, ahora con más insistencia.

—¡Ya va! —gritó e incapaz de contenerse, pateó la puerta. Quizás fuese su imaginación, pero creyó que un grito ahogado coronaba su exabrupto.
Sintiendo una presión acumularse contra las paredes de su cráneo, se acercó a la mirilla colocada a la altura de la vista, dispuesto a…
Un ojo inyectado en sangre lo miraba desde el otro lado. Un ojo humano. O eso parecía. Durante un momento, el ojo permaneció inmóvil, como si se hubiese percatado de que lo observaban. De repente empezó a parpadear, aquejado de un chocante e incontenible padecimiento.
Arturo lanzó un grito ronco, soltó el pomo de la puerta y retrocedió. Chocando con algo a su espalda, se volvió con un giro rápido y su codo fue a dar con una cosa que se movía allí mismo a su lado, en el aire, causante del sonido metálico.
Apenas entrevió como un raudal de objetos caía sobre él y lo golpeaba sin demasiada fuerza en medio del estrépito. Era como si los azulejos de la pared lo sepultasen. Pero no eran mosaicos. No fue hasta un par de segundos después que averiguó de qué se trataba: los pocos sartenes y cacharros colgados de un gancho y que ahora rebotaban por el suelo golpeándose unas contra otras.
Quedó apoyado en la entrada de la cocina, sin aliento. Un código Morse sordo le golpeaba un lado del pecho.
Necesitó un momento para recuperar la calma. Había sido un necio por asustarse tanto. Se levantó a regañadientes. Sus piernas volvieron a ser piernas y no grumos de gelatina, pero aun así no se movió.
Se preguntó si quizás se tratase de una alucinación. Era un suceso muy común, el tipo de cosa que probablemente pasaba a todo el mundo. La única razón por la que no se hablaba más de ellas a menudo era porque tener alucinaciones era embarazoso.
De todas formas, ¿qué opción tenía? A pesar de su reticencia, necesitaba salir, ir al trabajo. Un sacrificio común pero no por ello menos necesario. Volvió a la puerta en dos zancadas y esta vez se aplicó al llavín con diligencia, tanteándolo una y otra vez, empujando solo lo necesario. No tuvo éxito. La puerta parecía arraigada a los goznes como los propios huesos de la tierra. Le dio un giro brutal a la llave y estuvo a punto de partirla. Casi vencido por la sensación asfixiante de que aquella escena podría prolongarse hasta el fin de los tiempos, descargó dos puñetazos sobre la ajada madera.
Alguien volvió a responderle.
Incrédulo, se pegó a la mirilla, y otra vez el ojo le devolvió la mirada, aunque en esta ocasión no parpadeó. Las venillas se extendían como una telaraña sobre el blanco pálido de la esclerótica.
—¡Te voy a matar, hijo de puta! —bramó con asco Arturo—. ¿Me oyes?
Una garra fría le atenazó; notaba el bloqueo en la base del cerebro, paralizando sus extremidades y oprimiéndole el pecho. Se lanzó hacia la única ventana por la que podía salir; apenas un par de metros hasta la terraza más cercana, y dos más hasta el jardín asilvestrado que rodeaba el bloque de edificios. Escudriñó el exterior. El cielo era un paisaje de grises y azules, colmado de detalles y volúmenes. A lo lejos, los rayos de sol arrancaban estrías anaranjadas entre las nubes plomizas.
Necesitaba salir de inmediato.
El cierre de la ventana ignoró la presión ejercida por sus dedos y el cristal se burló de los golpes que le propinó. Gritó a los transeúntes que pasaban por la calle. No lo escucharon o, si lo hicieron, prefirieron ignorarlo.
Tomó el teléfono y marcó el número de su jefe, primero, y el de Orlando, su mejor y único amigo, después. Ninguno dio tono. De hecho, al terminar de pulsar el último digito, comenzó a repetirse un bucle agotador y monocorde donde una agradable voz de contralto lo invitaba a intentarlo después. Frustrado, se dejó caer en el sofá y encendió el televisor. Tampoco funcionaba. Observó la estática durante quince minutos, incapaz de reaccionar. Luego, apagó el viejo equipo con un movimiento brusco y paseó durante un largo rato por el apartamento.
Después de aquello perdió la noción del tiempo. Pasaron las horas, acumulándose como granos de arena en la clepsidra que antes llamaba hogar.
Se preparó un bocadillo y lo dejó sin comer sobre la mesa de la cocina. Fue al cuarto, saco ropa de las gavetas, la dobló, volvió a guardarla. De tanto en tanto, asomaba a la ventana para mirar a lo lejos. El quiosco de abajo permanecía cerrado, lo que le causaba un gran desasosiego porque no era lunes. Nadie paseaba por las aceras; Arturo tuvo la terrible sensación de que todo el mundo estaba en otro lado, menos él, y que el apartamento iba a devorarlo si no hacía algo pronto. Descolgaba el teléfono a cada poco, confiando poder hablar con alguien en cuanto los técnicos solucionasen el desperfecto. En el surrealismo de la escena, el uniforme y desacelerado mensaje de “por favor, inténtelo más tarde” era una promesa de futuro, la única a la que podía aferrarse, y llamaba y llamaba. Se quedó dormido en medio de los intentos, envuelto en sueños borrascosos. Al rato, una fea pesadilla lo despertó con un sobresalto. Regresó al teléfono.
Nadie lo invitaba ya a llamar más tarde.
En algún momento fue consciente de que el cuarto de baño despedía un persistente hedor a heces y orina, tan agudo que al abrir la puerta sentía náuseas. Ya no salía agua de las pilas. Tuvo que recurrir a un trapo impregnado de alcohol para poder seguir utilizándolo. En la cocina, varios platos se apilaban sobre el fregadero. Se sentó en el sofá, enfrentándose al hecho de que era mandatorio salir de allí. Se había bebido toda el agua potable. Aún quedaba gas butano pero no quería malgastar la poca comida almacenada en horas y horas de angustiosa espera sin sentido.
Entonces, volvió a escuchar los golpes ahogados en la puerta. Corrió a abrir, incapaz ya de pensar con lógica, creyendo que alguien acudía con la solución a toda aquella situación inconcebible. Pero la puerta permaneció en su lugar y, al observar a través de la mirilla, volvió a encontrarse con la imagen terrible del ojo deformado por efecto del cristal, con la esclerótica enrojecida, inmóvil, absorbiendo la intensidad de su propia mirada, como si intentase descubrir quién estaba al otro lado.
Y en ese instante, Arturo tuvo la certeza de que salir de allí era tan inútil como cortar el agua encajó en su mente con un sonoro clic. Se volvió hacia la oscuridad de su pequeño apartamento. Supo que jamás disfrutaría de aquel momento cuando cerraba los ojos y respiraba hondo, preparándose para aprovechar las últimas horas en soledad. Supo que permanecería en silencio para siempre, concentrándose solo en no pensar, hasta que el sueño o la muerte, se proclamasen vencedores.
Negó con la cabeza, y algo en su gesto terminó por destrozar la cordura. Se lanzó, ciego de ira contra el cerrojo. La madera se sacudió con tremenda violencia, pero sin ceder. Bramó y la empujó con el hombro, aporreó la superficie con las manos desnudas, golpeó con los puños hasta sangrar. Un velo rojizo le cubrió la vista; sus manos despedazaron una silla contra la puerta, luego vino el único jarrón que adornaba el recibidor, después el aparato de televisión.
Los impactos resonaron en la quietud de la calma que antecede a la tormenta.
Sin importar el dolor, las náuseas o el temblor que atenazaba sus manos, Arturo siguió golpeando. Era lo único que importaba: abrirse paso hasta aquel ojo inmundo que, estaba seguro, todavía lo contemplaba a través de la mirilla.
Rebeca retrocedió, presa de una sensación sobrecogedora naciente en algún punto indeterminado de su estómago, que subía como un manantial hirviente hacia la base del cerebro. Está pasando, pensó, está pasando. Realmente está pasando aquí en-este-mismo-momento.
Sintió el impulso irrefrenable de correr muy lejos de allí. Si conseguía salir de casa y bajar las escaleras tan solo, el sonido cesaría. Al fin la vida volvería a ser normal.
Pero sabía que era inútil. Lo comprendía. Estaba atrapada, sin escapatoria, y ahora, aquella bestia repugnante venía a por ella. La puerta se estremecía, a punto de caer. Desde el otro lado le llegaban los gruñidos salvajes, cargados de un odio bruto y puro que parecía provenir de una herencia olvidada. Era la certeza inequívoca de que todo llegaba a su fin; sus miedos confirmados, trocados en una sola escena gris.
Permaneció sentada en un rincón, con los brazos abrazados a las rodillas, escuchando. Un golpe. Y un segundo. Y otro. Tenían una cadencia contundente, casi opresiva.
Se prometió a si misma que, cuando llegase el momento, apartaría la mirada. El ojo, ese ojo terrible e inyectado en sangre, no la perseguiría allá a donde fuese.







