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Pelícano del puente

Premio del concurso de literatura de terror Berenice

Cuento del escritor cubano Amilcar Rodríguez Cal, merecedor del Premio en el concurso Berenice, de literatura de terror en el 2024
Por: Amílcar Rodríguez Cal

Bastaron escasos días para conocer los mejores rincones de nuestro nuevo vecindario. Nos mudamos a un pueblo de pocos habitantes, en busca de la tranquilidad y frescor que tanto añorábamos.

El inventario: un parque donde los lugareños se reunían a charlar con los niños correteando en derredor, un campo para rodeos donde los domingos celebraban toda clase de eventos, y una playita de cantos rodados en lugar de arena en los márgenes de una represa. En una semana ya conocíamos a todos los vecinos. A mi mujer le gustaba sentarse en un tocón seco a un costado de la única calle asfaltada del pueblo. Y mi hija de diez años se aficionó a fotografiar la gran variedad de pájaros que revoloteaban en las cercanías.

También yo encontré sosiego. Con mi caña de pescar y las carnadas pronto exploré los varios meandros del río de la zona. Descubrí diversos sitios apacibles con abundante vida acuática. Contorneé toda la represa, lanzando cordeles a un lado u otro. Me parecieron parajes magníficos donde practicar la contemplación y aspirar la pureza del aire.

Una mañana tropecé con una línea férrea al oeste del pueblo. Los raíles estaban hundidos en la tierra, los travesaños agrietados. La hierba alta revelaba que hacía muchos años no circulaba una locomotora por allí. Hubiera podido tomar una u otra dirección, así que por puro azar decidí recorrer la línea hacia el norte.

Caminé dos o tres kilómetros. Apareció ante mí un puente muy hermoso del que nadie me habló. El río debajo de él era ancho y profundo, tal vez el mismo que ya conocía: un pilar en cada orilla y un tercero en el centro del cauce, sostén de la estructura de hierro fundido y hormigón. Avancé por el puente. Desde su mitad se apreciaba un paisaje extraordinario. La neblina ocultaba parte de los árboles y colinas cercanas.

Descendí por una pendiente hasta la ribera del río. Desplegué la caña y me puse a pescar. La combinación de la silueta del puente sobre mí, la vista de los jacintos flotando en el agua y la caricia de la brisa sobre mis cabellos me hicieron adormecer.

No llevaba mucho así cuando algo saltó desde el río hasta la pilastra intermedia del puente. Un sapo inmenso, pero extraño. Asqueroso, blancuzco, tenía la cabeza de un niño pequeño. Reaccioné con espanto. Mojé la mano en el río y me restregué con ella la cara. Sí, allí estaba la cosa, mirándome. Desde la rama de un árbol cercano un pájaro echó a volar y fue a posarse a una roca en la orilla. Parecía un pelícano con el pico anaranjado y manchas negras en las alas. El mar más próximo distaba muchas millas al norte, lo que tornaba improbable su presencia.

El sapo se mantuvo alerta, y cuando hice un movimiento para agarrar una piedra saltó al agua. Allí donde se sumergió nacieron círculos de ondas que alcanzaron ambas orillas del río.

Permanecí petrificado unos instantes. Supuse que me había quedado dormido, una sensación extraña en el cuerpo. Abandoné el lugar con cierto desasosiego. A medida que caminaba de regreso por sobre las líneas férreas noté que no había cultivos en derredor ni casas de campesinos. El sitio estaba apartado tanto del pueblo como de las tierras de labranza, o tal vez era la gente quien permanecía distante.

Aquella noche tuve pesadillas. Antes del alba me puse en pie. Empaqué los aparejos y salí a la campiña. No fue mi intención primera retornar a la sombra de aquel puente, pero casi sin advertirlo fui derivando hasta dar otra vez con las líneas enmohecidas. Resignado, me aventuré de nuevo a probar suerte en tan raro paraje.

El lugar estaba tal como lo había dejado. La brisa dibujaba ondas en la superficie del río. La neblina, aunque ya con la mañana avanzada, barnizaba los montes cercanos. Descendí hasta el remanso bajo el puente. Desplegué la caña y cuidé de no adormecerme en medio de tanta paz. No tardó mucho para que el cordel tirara hacia el agua. Empecé a recoger el carrete satisfecho, aunque pronto intuí que el animal era grande porque no podía arrastrarlo hasta la superficie. Haciendo acopio de la pericia acumulada durante años me moví por toda la orilla, tendiendo y retirando el cordel, para así evitar los puntos oscuros del río donde los peces suelen refugiarse en las oquedades del fondo.

La lucha duró diez minutos. Hubo un instante en que me pregunté si no sería un cocodrilo, pero hallé tranquilidad al pensar que no se reportaban cocodrilos salvajes en toda la provincia. Ya con mi trofeo acorralado entre las piedras cercanas de la orilla la presa asomó en la superficie y dio un salto. El susto me hizo caer de nalgas. Lo que había saltado era una anguila de tres pies de largo, con la cabeza de… ya no de un niño, sino de un joven deforme. La criatura se arrastró sobre los cantos rodados y se quedó mirándome. El rostro humano era de un mozo tuerto, con una cicatriz que le atravesaba el labio y la nariz arrancada quizás de un navajazo.

La anguila avanzó hacia mí. Aquella boca intentó morder varias veces, la aparté a patadas a medida que gateaba de espaldas. Ya fuera del agua el bicho se levantó sobre su parte trasera, y a lo largo del cuerpo le crecieron muchas patas con las que se afincó en la tierra.

—¡Bestia!… ¡Vete! —grité.

Frenético seguí lanzándole puntapiés para espantarla. Empecé a temblar dominado por el miedo. La alimaña persistió en la tentativa de morder con su boca humana. Entonces el pelícano del día anterior reapareció de improviso cayendo en picada sobre la criatura. Pájaro y bestia se enzarzaron en un combate frenético, revolviendo agua y tierra. La criatura chilló como un niño adolorido. Aproveché la confusión para echar a correr pendiente arriba, y luego sobre la vía férrea. Ni una vez miré hacia atrás.

Llegué a casa pálido y agotado. Le dije a mi mujer que un toro me persiguió a lo largo de un sembrado de maíz. Ella preparó un cocimiento con el propósito de tranquilizar mis nervios. Por la noche me desvelé. Salí al portal a refrescar las ideas con la frialdad de la madrugada. Estuve un rato buscando en internet las variedades de pelícanos en el mundo. Para mi sorpresa descubrí que también existen pelícanos que habitan en aguas dulces. No sé de dónde saqué la percepción de que estas aves solo vivían a orilla de los mares.

Comparé el recuerdo de aquel pelícano en el río con muchas imágenes que rastreé en el teléfono. Ninguno era parecido. Estaba seguro de que no se trataba de una garza o cualquier otro palmípedo de las zonas lacustres. Si tuviera que escoger un pájaro que lo describiera sin dudas sería un pelícano.

Dormí poco y mal aquella noche en el sillón del portal. Luego estuve dos días dedicado a tareas domésticas, pues aún no terminábamos de acondicionar la casa. El mejor entretenimiento era jugar con mi hija en los jardines, a lanzarnos la pelota o a perseguir lagartijas. Tan solo dejaba pasar el tiempo para que mi cordura retomara el control. Al fin me levanté una mañana, agarré los avíos y salí en busca de buenos sitios de pesca.

Con algunas dudas tomé rumbo al oeste. Varias especies de plantas silvestres estaban florecidas a lo largo de los senderos. Cuando llegué a la línea férrea abandonada demoré en proseguir el camino. El viento soplaba fuerte y me secó pronto el sudor. Entonces reemprendí la marcha hacia al sur. Qué carajos, no era necesario azuzar demasiado al destino ni tentar posibles consecuencias. No estaba familiarizado con el nuevo trayecto, pero de seguro algún arroyo se me cruzaría.

Caminé unos pocos kilómetros. Al cabo apareció ante mí, tan nítido como la primera vez, el mismo puente de las experiencias anteriores. Quedé algo aturdido. Repasé mi última media hora con la meticulosidad de un cartógrafo. Sí, había seguido la línea en ruta contraria a las otras veces. Pero el puente estaba ahí… ¿el mismo puente? Avancé sobre los raíles. Idéntico paisaje, sí, que por alguna razón ahora me parecía más inquietante que hermoso. La neblina entrelazándose con los montes en derredor.

Despacio descendí por la ladera a un costado. No quise quedarme cerca de la columna en la orilla, así que contorneé el estanque y busqué acomodo en la zona donde el río comenzaba a ensancharse bajo el puente. Desplegué la caña y permanecí alerta. Ni la tranquilidad del sitio, ni el susurro de la brisa, ni el murmullo del agua sobre las piedras consiguió relajarme.

Todavía cavilaba acerca de la posibilidad de haber tomado una dirección inexacta hacia el sur, cuando un ruido lejano me hizo incorporar. Era el silbido de una locomotora. Un minuto después la sirena empezó a sonar muy cerca. Sentí la vibración del puente a pesar de que estaba a muchos metros de las pilastras. El tren apareció como si hubiera emergido de un agujero en el horizonte.

La locomotora era muy antigua, una gruesa columna de humo brotaba de su chimenea. Los vagones que corrían detrás eran todos negros, con golpeaduras en las paredes y los vidrios de las ventanillas quebrados. Pareciera que el tren acababa de ser apedreado por una tropa de salteadores. Y los pasajeros… En todas las ventanas estaba asomada la gente. Una multitud extraña. Hombres famélicos, con ropas desgarradas sobre sus cuerpos. Mujeres tan gordas y desfiguradas que semejaban bestias de un circo de horrores. Niños deformes, algunos sin brazos, otros sin piernas, todos gritaban algo que no conseguí escuchar. Esqueletos vivientes, osamentas de largas cabelleras que extendían los huesos hacia mí, súplicas inaudibles. El sol se alzaba justo por detrás del tren, coloreando aquel paisaje de luces y sombras como un cuadro fantasmagórico.

Los vagones continuaron pasando. No los conté, pero eran muchos. El traqueteo del tren hacía vibrar el agua del estanque. En el desmantelado furgón de cola solo viajaban dos personas. Me pareció conocerlas. Al fijarme comprendí que eran mi mujer y mi hija, vestidas con harapos. Iban abrazadas, levantaron las miradas en mi dirección antes de perderse junto con el tren. Un último silbido de la locomotora y toda la imagen se desvaneció al otro lado del puente.

Aquel sitio estaba endiablado. No tuve mucho tiempo para generar ideas puesto que un graznido resonó casi en mi oreja. Un pelícano se había posado en una rama tan cercana que alcanzaba a tocarlo si alargaba la mano. El mismo pájaro de las veces anteriores. Y siguió graznando con insistencia… Entonces voltee. En la orilla del estanque un milpiés estaba saliendo del agua. Grande, negro. Chapoteaba entre el lodo y las plantas acuáticas. En el lugar donde debían estar sus antenas se alzaba una cabeza humana de viejo con barba canosa, con largos cabellos blancos. La criatura avanzó en mi dirección.

Intenté correr, pero las piernas se me enredaron en los matorrales bajos provocando que acabara en el suelo. La alimaña logró aproximarse con rapidez, trepó por mis pantalones, la cabeza gruñía y esbozaba palabras en un idioma gutural. Con los brazos procuré alejarla. Me mordió los dedos con tanta fuerza que brotó la sangre.

Al alboroto se sumó pronto el pelícano. El gran pájaro voló hasta nosotros y comenzó a atacar con el pico al milpiés. La cabeza humana se defendió a dentelladas. El ave intentó capturar a la criatura e introducirlo en su bolsa, como si fuera una presa de todos los días. Al batir sus alas golpeó muchas veces mi rostro. El olor a pluma mojada saturó el aire.

El verdadero desafío saltó entonces hacia pájaro y bestia, y yo pude zafármelos de encima. Envuelto en fango, hierbas y hojas abandoné mis avíos y escapé por la pendiente. Tomé un instante para mirar atrás. El pelícano sujetaba a la criatura por el medio y la sacudía con violencia. Los gritos de la cabeza humana resonaban por todo el estanque.

Corrí lo más rápido que pude. Cuando llegó el cansancio entonces troté. El tramo final a casa lo hice caminando, para desplomarme exhausto en el portal.

—¿Qué te pasa? —se alarmó mi mujer.

—Otro toro… Casi me alcanza…

—¡Por Dios! ¿Todos los toros de la zona se han empecinado contigo?

Me ayudó a ir a la sala y tomar asiento en la butaca. Preparó un nuevo brebaje para contribuir a mi recuperación. A pesar del agotamiento no pegué un ojo en el resto del día ni durante la noche. Cada vez que empezaba a sentir somnolencia vívidas imágenes de sapos, anguilas y milpiés comenzaban a salir de las paredes, inundando la habitación de toda clase de espantosas criaturas. Enseguida espabilaba y escrutaba los rincones para asegurarme de que todo era producto de mis delirios.

En la madrugada fui varias veces hasta el cuarto de mi hija. Iba a su cama para confirmar que estaba allí, respirando bajo la sábana. Miraba tras su ventana, por si algo acechaba en la penumbra. Por toda la casa hurgué bajo los sillones, en los clósets, en los armarios de la cocina, tras el cortinaje del baño. La luna llena asomaba alta en el cielo cuando salí al patio a terminar de tomar café.

El día que siguió no mejoré ni un ápice. Me acosté en la cama e intenté cerrar los ojos, pero las alimañas seguían brotando por los recovecos y espantaban el descanso. Mi mujer se preocupó al notar mis grandes ojeras, no obstante, la tranquilicé con una sonrisa. Con la nueva noche llegaron también bullicios extraños, aullidos de fieras salvajes y arañazos por los rincones de la casa, como si alguien estuviera escarbando.

Mi familia se entretenía viendo la televisión, ya ni sé qué hora era, cuando sentí un batir de alas proveniente del portal. Observé con cautela. Allí estaba, caminado imperturbable, el pelícano del puente. Lo reconocí por su pico deformado y las alas revueltas. Avanzó por entre las sillas. Realizó los mismos movimientos que hacen las aves acuáticas al buscar comida en las orillas de las marismas.

Un escalofrío me mordió el espinazo. El pájaro pasó cerca con indiferencia, se paró junto a la puerta y dio varios picotazos en la madera. Con ademanes lentos, para no espantar al visitante, abrí la puerta. El pelícano entró a la sala y empezó a hurgar por los rincones. También yo busqué por los recovecos. Asustado, las manos me temblaban.

Escuché un ruido en la última habitación de la casa. Era un cuarto destinado como desván. No teníamos muchos trastos acumulados allí, pero la idea era llevar a ese sitio las cosas inservibles o de menos uso. Entré con prudencia. Creí ver una rata esconderse detrás del pequeño y destartalado armario. Alargué el brazo y agarré una estaca de un rincón.

Dos golpes secos a mis espaldas me hicieron dar la vuelta. Allí estaba el pelícano, dando picotazos en el piso. Entonces algo cayó desde el techo sobre mi cabeza. Logré sacudirme como pude ansiando quitarme de encima aquella cosa… Armé un enorme escándalo, gritando y maldiciendo a la par que me restregaba contra la pared. Sentí una mordida en el cuello y un aguijonazo cerca de la oreja…

Conseguí al fin tirar el bicho hacia el suelo. Con renovado pavor contemplé a esta nueva criatura, asquerosa y maloliente. El cuerpo era de una araña, grande, con las patas emplumadas. Como los cangrejos, llevaba tenazas delanteras, y por cabeza un cráneo despellejado con mechones aislados de pelos, los ojos salidos de las órbitas y una lengua bífida que desplegaba de forma amenazadora. Retrocedí consternado. La alimaña olió el miedo y atacó emitiendo un graznido.

Me defendí a patadas. En el desespero perdí el equilibrio y caí de espaldas. El ente apuntó directo a mi rostro. Entonces el pelícano, que nos estuvo observando hasta ese instante, se lanzó sobre aquella sabandija batiendo las alas. La picoteó varias veces, y el bicho ripostó lanzándose hacia el ave e intentando morderle con las tenazas. El cuarto se tornó un revoltijo de gritos, graznidos y repiqueteos.

Al fin, logré ponerme de pie. Quise salir de la habitación, y el sobresalto fue grande al ver que paradas en la puerta estaban mi mujer y mi hija. Tenían los rostros desencajados.

La criatura consiguió desprenderse del pelícano, y en cuestión de segundos saltó sobre ellas. La barahúnda fue horrible… Todo se confunde, un torbellino latiendo en mis sienes. Las arrastré a ambas hacia la sala, abrazándolas con fuerza. Mi mujer se retorció como queriendo desanudarse de mí, enterró sus uñas en mis brazos. La niña gritó horrorizada, sus chillidos eran hirientes. El bicho deforme siguió tras nosotros, y el pelícano no cejó en su combate y picoteaba al animal intentando atraparlo en su bolsa. Muchas de sus plumas volaban a nuestro alrededor en pausados movimientos semejantes a la nieve al caer. Lo último que recuerdo es la mirada de espanto de mi hija, suplicando algo que nunca conseguí escuchar.

Hasta que desperté en ese hospital hace dos días. Los médicos susurraban entre ellos. Me pusieron incontables inyecciones. Un policía se mantuvo junto a mí todo el tiempo.

Y ahora estoy en este cuarto a media luz, con estas dos personas que no conozco. La única claridad que nos alumbra entra por una pequeña ventana entreabierta. No me dejan ir a ninguna parte, preguntando tonterías.

—Ya he oído la misma historia varias veces —dice la mujer—. ¿Por qué ese puente es tan importante para usted?

—No es importante, no… —le respondo—. Solo fui a pescar allí en un par de ocasiones. Lo descubrí de casualidad.

—Usted lleva cuarenta años viviendo en la misma casa. Nació en ese lugar. Se conoce al dedillo todos los alrededores. No hay sitio nuevo para usted en muchas millas a la redonda.

—Pues sí. Encontré un mejor pesquero.

—¿Fue en ese terreno donde sepultó a su mujer y a su hija?

—¿Qué cosas dice usted?… ¿Cómo puede insinuar una atrocidad semejante?

Ella se vuelve hacia el hombre y dice:

—Tenemos que buscar en los puentes. Haremos un inventario de todos los puentes, carreteras y líneas férreas de la zona.

—¿Crees que esta bestia se tomó el trabajo de llevar a su familia muerta hasta un sitio apartado? Los crímenes ocurrieron dentro de la casa…

—Tenemos que buscar en los puentes…

Y mientras conversan estupideces, escucho el chirrido de la ventana. El pelícano está empujando con su pico la hoja de madera. Asoma la cabeza y mira hacia el interior del cuarto. Allá, en un rincón, una sombra se desliza.

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