Inicio / Narrativa / Voces del mundo / Antonio Cisneros y yo

Antonio Cisneros y yo

Por: J. J. Maldonado

Este cuento pertenece al libro «E-mails con Roberto Bolaño» (Seix Barral, 2025).

Cuando conocí al poeta peruano Antonio Cisneros, yo tenía diecinueve años y entendí, gracias a eso —y a lo que vendría después—, que todos los poetas, pero los poetas de verdad, los verdaderamente grandes, los verdaderamente originales, los verdaderamente sabios, están locos de remate. Este punto, por supuesto, es discutible; pero lo cierto es que el paradigma del poeta peruano —del poeta nacional, quiero decir— es la figura del desposeído o del borracho, ese arquetipo que se alza en el centro de un canon, del canon de la literatura peruana, cada vez más enloquecida, ebria y suicida que nunca. Y eso, como se sabe, no se discute.

Antes de conocer al viejo Antonio Cisneros, lo había leído con insufrible devoción. Me gustaba su poesía, no sé muy bien por qué; pero, más que un simple admirador, yo era un fan, un devoto, y, al igual que Baudelaire con Edgar Allan Poe, rezaba todas las noches a Cisneros leyendo poemas de su Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Si alguien me hubiera dicho que llegaría a conocerlo como lo conocí más adelante, no lo habría creído ni en sueños.

Por entonces, yo estudiaba periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza, de Lima, y, más que un periodista, yo quería ser un poeta: «J. J. Maldonado, el poeta». Eso lo tenía claro. Había terminado escogiendo la profesión de Julio Villanueva Chang no tanto por vocación, sino más bien por despecho o desesperación, pues, aunque lo había intentado, no logré ingresar una sola vez a la Facultad de Letras de San Marcos.

Pero estudiar periodismo no estaba mal. Todo era muy fácil y, encima, otorgaba un poco de prestigio y de sofisticación, a diferencia de la literatura como carrera universitaria. Yo aprovechaba el ritmo de mis clases para leer las crónicas de Cisneros, El arte de envolver pescado, El libro del buen salvaje y Ciudades en el tiempo; pero también las aprovechaba para escribir poesía.

Uno de mis proyectos de juventud era el construir un poema a gran escala, es decir, hacer el Gran Poema, un poema total y de sentido abierto que se pudiera escribir en colaboración con gente de cualquier rincón del Perú. Este proyecto consistía en colocar versos, en un sentido más o menos ordenado, en todos los billetes de diez soles que pasaran por mis manos. Yo creía entonces que de ese modo haría una versión totalizante de la poesía y que a la vez tendría consciencia plena de que mi poema no quedaría muerto en las páginas de un libro, sino más bien vivo y en constante movimiento, pasando de mano en mano y reproduciéndose a medida que algún otro poeta peruano se pusiera a completar mi obra maestra.

A veces soñaba que ese hipotético poeta que encontraba mis versos era Antonio Cisneros y que, en silenciosa complicidad, escribía conmigo en los billetes, expandiendo así mi proyecto totalizante. Pero mis amigos, otros conjurados de la poesía, me decían en burla que Cisneros solo se manejaba en dólares, no en soles, y que por eso jamás hallaría mis versos, menos en el billete más ínfimo de nuestra moneda nacional. Eso me movió el piso, recuerdo, pero no me bajoneó del todo y seguí en lo mío, aunque un poco más vacilante.

La primera vez que vi al poeta fue durante la presentación del libro Fútbol es pasión,del periodista deportivo Emilio Lafferranderie, más conocido en Lima como «el Veco». Mi profesor de Periodismo II, amigo íntimo del Veco, obligó a todos sus alumnos a ir a esa presentación, en la librería El Virrey, de Miraflores, para hacer una breve crónica del evento como ejercicio de curso. Acepté a regañadientes, pues nunca imaginé que encontraría allí mismo a mi viejo ídolo de la poesía peruana. Cuando llegué, lo vi sentado en primera fila, enorme, canoso y con los pelos revueltos como si acabara de salir de un concierto punk o del mismísimo Woodstock de 1999. A pesar del bochorno del verano, iba arrebujado en un traje color hueso y llevaba una corbata mal anudada, o deshecha a propósito, pero que glamorosamente tenía un alfiler dorado con la forma del torso desnudo de Venus de Milo.

Era él, en toda su humanidad, y estaba tal y como salía en las fotos de Google, aunque un poco más voluminoso, colorado y aguardentoso. Sin pensarlo, decidí comprar una edición de Comentarios reales para que me lo firmara y así pudiera presumirlo ante mis amigos. Tras conseguir el ejemplar, recogí una cerveza gratuita, ya que el libro del Veco era auspiciado por una empresa cervecera que regalaba botellas a todos los que compraran un libro esa noche en El Virrey. Esperé pacientemente el fin de la presentación y, cuando la gente empezó a deambular por la librería, abordé a Cisneros. Le dije: «Hola, soy J. J. Maldonado. Te admiro mucho, tu poesía ha sido importante para mí. Quiero plagiarte, pero no puedo. Escribo, soy malo, pero ahí vamos. Dame tu autógrafo, por favor». Halagado, el poeta no se hizo de rogar y firmó el libro, muy feliz y orgulloso de sí mismo. Pero, cuando me devolvió el ejemplar firmado, su semblante cambió para mal por causa de una ráfaga de flashes que nos bombardeó de pies a cabeza. Un fotógrafo, muy anciano y con pinta de borrachín, iba acribillando a la gente para luego vender las imágenes que revelaba en el acto. Cisneros, un poco molesto, me preguntó si yo había contratado al viejo para que tomara la foto. Le respondí que no, que imposible, que solo tenía dinero para mi pasaje y mi hamburguesa. Levantó una ceja por lo último que dije. Después, resopló cansado. «Yo no pienso pagar esa foto», dijo y, al ver mi desconcierto, aprovechó para quitarme la botella de cerveza que tenía en la mano, darle un trago infinito e irse carcajeando al otro lado del salón.

Pese al pasmo, quise acercarme una vez más a Cisneros, pero fue imposible. El poeta estaba rodeado de señoras que reían de sus chistes y que se sonrojaban cuando el autor de Por la noche los gatos les arrebataba su cerveza para bebérsela tal y como había hecho con la mía. Desde un alejado y discreto sitio, yo espiaba los movimientos de Cisneros y esperaba la oportunidad para ver qué tipo de billete manejaba de verdad. Mi momento llegó cuando el poeta fue a la caja y pidió pagar un libro que acababa de coger de una estantería. Para mi sorpresa, no sacó ni dólares ni soles, sino una tarjeta de crédito MasterCard Platinum, con la cual destruyó para siempre mi proyecto poético plasmado en los billetes de diez soles. Después, acompañado por los narradores Guillermo Niño de Guzmán y Fernando Ampuero, el poeta se despidió de todos y se perdió en la aceitosa y borracha noche miraflorina al igual que un buen salvaje que, a través de la oscuridad, retorna a sus misteriosos orígenes en el principio del mundo.

***

Volví a ver a Cisneros un año más tarde. Si bien ya no lo leía tan desaforadamente como antes, todavía seguía siendo para mí uno de esos poetas que, como un rizoma, marcan el trazo de una vida o, mejor aún, emiten raíces y brotes literarios para solidificar una vocación. Pero lo cierto es que el lirismo de Antonio Cisneros —ese tono tan insolente, tan demencial, tan highbrow comulgando con el lowbrow— ya me tenía un poco cansado, sobre todo después de haber leído a los infrarrealistas mexicanos y a los poetas de Hora Zero que, en su apasionamiento, eran capaces de juntar en un verso el ceviche peruano con el tratado aritmético de Pascal. La poesía conversacional, nutrida por el fervoroso british mode de Cisneros, estaba bien; pero yo quería entonces algo más épico, más mítico, un alter mundus con dimensión ritual que, por desgracia, ya no encontraba en la poesía última, sino, extrañamente, lo hallaba en la novela. Empecé a acercarme entonces a Thomas Pynchon, a Elena Garro, a Cormac McCarthy, a García Márquez, a Toni Morrison, a Juan Rulfo. Leyendo a estos novelistas sentía que la mejor poesía de la última mitad del siglo xx, de pronto, estaba escrita en prosa.

Era demasiado joven, lo acepto. Y estúpido también —que nadie se atreva a tirar la primera piedra—. Había entrado a esa edad intermedia en la que los jóvenes peruanos con aspiraciones literarias leen todo muy pero muy mal por causa de las borracheras y la indisciplina. Yo estaba viviendo intensamente mi bohemia en los bares del centro de Lima; en los clubes de un sol la barra; en las esquinas meadas por meretrices, cafichos, fleteros y transexuales que ejercen la prostitución; en los parques olvidados donde los cuchillos surgen de la oscuridad, y en las casonas sin luz donde, para alegría de todos, vive siempre algún «poeta». Junto a otros jóvenes bohemios recorría a diario jirón Quilca y empezaba mi tarde compartiendo con ellos un ron Cartavio en el filo de la acera. Allí discutíamos sobre poesía, sobre Dostoievski, sobre la polémica entre andinos y criollos, sobre las mafias literarias del Perú, sobre los ensayos de Miguel Gutiérrez; y, a veces, en plena borrachera, recitábamos «Datzibao»,de Enrique Verástegui, a voz en cuello y disputábamos sobre quién era mejor poeta: si Antonio Cisneros o Jorge Pimentel.

Todos éramos unos insolventes —«misios», como suele decirse—, pero siempre había forma de emborracharse, pues la ebriedad, como la poesía o la comida, se volvía urgente al ser uno de esos campos donde entra en juego una parte importante de la identidad nacional del Perú. A pesar de nuestra pobreza, de vez en cuando abríamos el perímetro y salíamos del Centro de Lima hacia nuevos puntos de anclaje. A veces podía ser Miraflores, Barranco, Chorrillos, o las avenidas Arequipa y Petit Thouars.

En uno de esos viajes fuimos a parar al famoso bar Superba, sitio que en su momento acogió a la cantante Chabuca Granda, al actor Eduardo Cesti y a dos viejos borrachos como Alfredo Bryce Echenique y Joaquín Sabina. Nuestro amigo Leonardo Ledesma Watson, joven narrador que, como yo, también estudiaba periodismo, acababa de ganar un concurso de cuentos en La Victoria, así que quisimos invitarle una cerveza por su triunfo en un lugar más o menos decente como el Superba. El plan era quedarnos allí una hora y luego regresar a jirón Quilca para continuarla con un ron barato en la pista o en las banquitas destrozadas de plaza Francia.

Cuando llegamos al Superba nos ubicamos cerca de la rocola y unimos dos mesas para que entraran en paz las seis jóvenes promesas de la literatura peruana allí reunidas, quienes, en un acto solidario, se habían juntado fuera de su territorio con el fin de celebrar a uno de los suyos. Empezamos a beber y a polemizar como de costumbre sobre algún tema literario, hasta que de pronto, como un vendaval, como una fuerza no humana, entró al bar Antonio Cisneros. Alto, imponente, eternamente ebrio, con una mueca salvaje e infantil al mismo tiempo, cogía de la cintura —o del culo— a una invisible mujer que solo él podía ver.

Todos hicieron silencio al ubicarlo —hasta la rocola y los ventiladores— y eso pareció agradar al poeta, quien de dos zancadas llegó al centro del local.

—¡Juan Duffó! —gritó aprovechando el silencio—. ¿Dónde diantres está el obsceno Juan Duffó?

El dueño del Superba, un hombre alto, macizo y colorado, escondido detrás de unos lentes de miope y de una gigantesca camisa arremangada, salió sudando del interior de la caja de cobranza y se dejó ver por el poeta. Se quedaron midiéndose un rato y creí que, en algún momento, uno de los dos sacaría un arma y dispararía al otro a quemarropa. El más obvio era Cisneros. «Lo va a matar», pensé, «Como Chocano a Elmore, lo va a matar». Pero mi teoría se vino abajo cuando el poeta estiró los brazos y corrió hacia el dueño del bar para intentar cargarlo en peso.

—¡Goleamos, carajo! —exclamó—. ¡Te dije, compadre!, ¡te dije que Sporting Cristal goleaba hoy!

Juan Duffó, sin ningún tipo de expresión en su cara, más inconmovible que una piedra, solo atinó a mirar su reloj.

—¡Qué partido, hermanazo! —dijo Cisneros—. ¡Pura épica! ¿Lo viste? ¿Viste los penaltis?

El bar volvió a la vida y la rocola empezó a sonar nuevamente. Los únicos que quedamos pasmados fuimos nosotros, los jóvenes. Teníamos a un gran poeta frente a nuestras narices y al hombre parecía importarle ocho cuartos la poesía que tanto nos preocupaba. Cisneros soltó a Juan Duffó, pero antes le estampó un beso en los cachetes. Luego, se acercó a la mesa más cercana de un cliente, cogió su vaso de cerveza a medio acabar y se lo zampó sin permiso.

El poeta iba vestido con pantalón caqui, camisa blanca abierta hasta el pecho, unas alpargatas y un sombrero de palma. Estaba muy excitado por el triunfo de su equipo de fútbol preferido, el Sporting Cristal, e iba de mesa en mesa, sonriendo, recitando algunos versos (creo que de «El barco ebrio»,de Rimbaud), bailando y tomándose las cervezas de la gente.

—¡Soy el poeta Antonio Cisneros! —decía a modo de excusa—. ¿De quién es esta chela? —Y, pum, sin permiso, se lo echaba al buche. Nuestra mesa seguía en completo silencio, envuelta en una excitación muda, y todos los ahí presentes queríamos que el poeta se acercara y nos hurtara las cervezas como hacía con el resto. Pero Cisneros no se acercó.

Cuando creí que habíamos perdido la oportunidad de tener a Cisneros en nuestra mesa, mi amigo Czar Bate, un poeta obsesionado con los psicotrópicos y el hentai, se levantó y empezó a gritar, a modo de canto deportivo, el apellido del autor de Propios como ajenos. Al principio nos dejó consternados y creímos que había consumido algún hongo malo, pero al instante entendimos su plan y procedimos a imitarlo. Con aplausos y golpes en la mesa, asombrando o incomodando al resto de la gente, obtuvimos la atención del poeta.

—¡Cisneeeeeros! ¡Cisneeeeeros! ¡Cisneeeeeros! ¡Cisneeeeeros!

Gritamos como locos, en afiebrada pleitesía, cosa que encantó a Antonio Cisneros. Entonces se unió a la fiesta, abrazando a cada uno de los ruidosos, exclamando su propio apellido, carcajeando por el homenaje juvenil y zampándose nuestras cervezas a modo de recompensa por todos esos halagos. Le trajimos una silla y de inmediato le dijimos lo mucho que lo admirábamos, maestro, inca de la poesía peruana, caficho de las palabras, exterminador del mal de la solemnidad, hacedor de Alephs, enormísimo oso hormiguero. Cisneros se rio y dijo que la poesía le importaba un carajo y que en ese momento de su vida estaba más preocupado por el fútbol, por sus nietos, por la salud de sus amigos, por las corridas de toro, por el baile y, sobre todo, porque el corazón no se le alocara cuando se empujaba su pastilla azul para hacer el delicioso. Nos reímos de su chiste, pero él dijo que no era ningún chiste y que por la puta madre lo tomáramos en serio.

—Un poeta, a diferencia de un narrador, nunca miente —afirmó y se robó mi trago.

Para calmar las aguas, Czar Bate le contó que Leonardo Ledesma había ganado un premio de cuento en La Victoria y que, por eso, le estábamos invitando unas cervezas. Cisneros preguntó quién diantres era el tal Ledesma y lo señalamos. Entonces el poeta se levantó y fue a darle las felicitaciones: «Hombre, venga, un abrazo. Qué alegría, chucha tu madre. Te pareces un culo a Enrique Verástegui, igualito al zambo. Bueno, demonios, así se hace. Vivan los goles de la satanizada juventud literaria». Luego dijo que, a partir de ese momento, todo corría por su cuenta: el trago, los cigarrillos, las butifarras o los tacu-tacu con apanado; todo, desde el alcohol hasta los sándwiches. Dijo que no nos preocupáramos por nada, que habíamos ganado un amigo, que Juan Duffó era su causa y que pidiéramos nomás porque, cuando un escritor campeona, campeonan todos los escritores. Llamó en ese momento al dueño del bar para que apuntara los pedidos.

No lo podíamos creer. Antonio Cisneros, el poeta peruano vivo más importante de todos, el ganador del Premio Nacional de Poesía, del Premio Casa de las Américas, del Premio Gabriel Mistral, del Premio Pablo Neruda, del Premio José Donoso, y caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, no solo se había sentado a departir cervezas con nosotros —un grupo enclenque, posero y alucinado de jóvenes de pelo largo con ínfulas poéticas—, sino que, además, había prometido pagar todo lo que consumiéramos, pantagruélicamente, en aquel viejo bar limeño llamado el Superba.

Empezamos pidiendo butifarras y chilcanos. Después, empalmamos con sándwiches de pejerrey y una bandeja de lomo saltado. Agregamos más chilcanos y alguien, no recuerdo quien, pidió un pisco sour. Antonio Cisneros nos animaba y picaba un poco de cada plato. Pero, a diferencia de nosotros, no parecía un muerto de hambre. Lo único que bebía, en una suerte de modestia o de elegancia limeña, era una cerveza. Cuando le preguntamos por qué no tomaba pisco o vino, respondió:

—Soy tanguero y cervecero como mi padre, carajo.

Para no abusar, cambiamos el pisco por la cerveza, y las botellas fueron yendo y viniendo como santos relicarios en una reunión de cardenales borrachos. Durante las siguientes horas, Cisneros se la pasó contando anécdotas de sus viajes por el mundo, chistes subidos de tono, chismes del mundillo literario; incluso, nos habló de secretos culinarios peruanos, de lo cual sabía mucho y parecía enorgullecerse. En un momento dado, y salido de la nada, dijo que no persiguiéramos la poesía, sino que dejáramos que la poesía nos persiguiera a nosotros. Ese era el secreto, pero también la maldición.

—Yo estoy maldito —confesó—. Levanto una piedra y encuentro poesía. Entro al baño y la poesía está ahí, mirándome. Destapo una cerveza, y la muy puta sale como el genio de la lámpara mágica. Está persiguiéndome todo el rato. ¡Ya estoy hasta los cojones! Solo quiero jugar una pichanga en paz, disfrutar de mi familia, ver una buena corrida de toros, bailar con mi negra un buen tango; pero no puedo. ¡No puedo! La poesía está por volverme loco con su horrible y demandante presencia. Yo que ustedes me correría. Sí, me iría muy lejos de ella o le cerraría la puerta en la cara. No sean huevones.

El poeta estaba borracho. Y nosotros también. Haciéndome el profundo, le pregunté seriamente: «Antonio, ¿cómo estás?». Cisneros me miró con sus ojillos acuosos y salvajes, un poco burlón.

—Estoy —me respondió.

—¿Cómo?

—Estoy, simplemente estoy.

De pronto, Leonardo Ledesma empezó a hablar de José María Arguedas y Cisneros lo interrumpió diciendo que lo que más le gustaba del escritor de Los ríos profundos eran sus poemas, sobre todo los que estaban traducidos del quechua. Luego, se acordó de algo y empezó a cantar, borracho, y para sorpresa nuestra, el «Wiphala» de Carnaval del Tambobamba, como alguna vez lo hiciera el propio Arguedas. Cuando terminó, se echó a llorar y dijo que estaba acabado. Le dijimos que no, que no estaba acabado, al menos no para nosotros. Cisneros respondió que nosotros le importábamos un carajo, que él ya era un tremendo viejonazo, un triste saco de huesos que ya no podía hacer una chalaca o una tijera en el campo de fútbol. Confesó que a veces pensaba en meterse un tiro al tercer canto del gallo, pero tenía tanta mala suerte que el maldito gallo solo lanzaba dos cantos y luego se callaba hasta el día siguiente, y así ad infinitum.

Como lo vimos demasiado borracho y su llanto empezaba a incomodarnos, le aconsejamos que mejor volviera a casa, pero que antes pasara a pagar la cuenta.

—Sí, ya sé, ya sé —dijo secándose las lágrimas y se fue tambaleando hasta la caja, donde lo vimos hablar con Juan Duffó. Desde allí, un tanto socarrón, nos mostró su tarjeta de crédito y en respuesta alzamos unas copas en su honor. Antes de irse, el poeta nos dijo que el futuro era nuestro y que la poesía era uno mismo, y que por esa razón no había que tomarla muy en serio. Nos deseó buena suerte y se fue a buscar un taxi.

—Qué gran tipo —dijo Ledesma.

—Sí —lo apoyó Czar Bate—. Miren todo lo que ha pagado.

—Eso solo lo hacen los grandes, los grandes de verdad —dije.

Como no habíamos gastado casi nada, pensamos en pedir unas cervezas más, pero el zambo Ledesma nos convenció de seguirla en el Centro de Lima. Nos pareció una buena idea y enrumbamos hacia la puerta de salida. Cuando estábamos por cruzarla, Juan Duffó, el dueño del Superba, nos cerró el paso como un enorme oso antártico.

—¿Adónde creen que van? —dijo.

—A la calle —contesté.

—No —dijo Duffó—. Nadie sale de aquí.

—¿Y por qué?

—Porque tienen que pagar.

Lo miramos desafiantes e indignados. Le explicamos que toda la cuenta había sido pagada por el enormísimo Antonio Cisneros, el poeta más grande de Lima y, si quería, de toda América Latina.

—No sean huevones —replicó Duffó.

—Ya está cancelado, señor —dijo Ledesma.

—No sean huevones —repitió.

—Lo vimos pagando con su tarjeta —señalé sin creerlo, comenzando a asustarme.

—La tarjeta estaba sin fondos. Y el poeta, misio. Así que ustedes pagan.

—No es posible, maestro. ¿Y ahora?

—Eso. —dijo Duffó levantándose la camisa y mostrándonos la cacha de su pistola guardada detrás del cinturón—. ¿Y ahora? Ahora ya perdieron, pues. Yo no soy huevón.

***

La tercera y última vez que vi al poeta Antonio Cisneros fue cuando había comenzado a realizar mis prácticas profesionales en la mítica y añosa revista Caretas. Aunque la revista ya no era ni la sombra de lo que había sido en sus años dorados con Doris Gibson o Enrique Zileri a la cabeza, esta seguía guardando una estela de prestigio y legitimidad periodística pese a las portadas chicha y sin gusto que comenzaron a publicar a pedido de la última generación de editores.

Yo entré para apoyar al área cultural y me lanzaron a foguearme haciendo entrevistas; reseñas y pequeñas notas de libros; películas; exposiciones de pintura, y funciones de teatro. Por ese trabajo, obviamente, la revista no me pagaba ni un duro. Pero no me importaba. Lo hacía con mucho gusto, pues iba aprendiendo y respirando el mismo aire que alguna vez había respirado gente como Fernando Ampuero, Raúl Vargas, César Hildebrandt o Alfredo Barnechea, y eso era más que suficiente para mí.

Un día, en Caretas me dieron la misión de hacer una serie de entrevistas a los poetas peruanos más representativos para una sección que se llamaría «Perú, país de poetas». La idea me encantó e hice una pequeña lista, entre los que destacaron nombres como Rodolfo Hinostroza, Enrique Verástegui, Carmen Ollé, Arturo Corcuera, Jorge Pimentel, Rocío Silva-Santiesteban, Mario Montalbetti, Domingo de Ramos y Victoria Santa Cruz. En esa lista, por supuesto, no faltaba el nombre de Antonio Cisneros.

Pese a la trampa o al timo que, un año antes, nos había hecho a mis amigos y a mí, no le guardaba ningún rencor. Al contrario, atesoraba esa anécdota y me gustaba contarla, aunque yo quedara como un rotundo imbécil y, junto a mi banda poética, hubiera tenido que realizar cosas innombrables para pagar hasta el último penique a Juan Duffó. De modo que tener una excusa para volver a ver a Cisneros me parecía fantástica, especialmente si esta vez yo iba como periodista de una prestigiosa revista y no como un simple groupie al que se puede estafar.

Gracias a la base de datos de Caretas, comencé a llamar a los poetas seleccionados en mi lista y todos me aceptaron gustosos la entrevista (menos Hinostroza, claro está, ya que al principio me preguntó cuánto le iba a pagar y, tras explicarle mi precariedad, accedió un poco a regañadientes). Pero el problema real surgió cuando llamé a la casa de Antonio Cisneros. Intenté cuatro veces y nadie respondió, ni siquiera la contestadora. En el quinto intento, cuando estuve a punto de colgar, alguien levantó la línea del otro lado y, con una voz de borracho furioso, me gritó:

—¡Vete a la mierda, conchatumadre! ¿Lo oyes? Vete la reconchadetumadre.

Luego colgó. No supe qué decir o hacer. Me quedé desorientado, pues nunca en mi vida me habían mentado la madre con tanta agresividad y certeza. Confuso, le conté a mi editor jefe y, en lugar de ponerse en mi lugar, se rio y dijo que no lo tomara como algo personal, que a veces pasaban cosas así en el oficio periodístico y que él mismo se encargaría de hablar con Cisneros.

Toda esa semana odié al poeta y decidí desterrarlo de mi memoria para siempre. Los días que siguieron a ese episodio me dediqué a entrevistar al resto de los invitados y todos me cayeron en gracia; incluso el gruñón de Hinostroza. Avanzaba así con el trabajo, transcribiendo y editando con furia, hasta que entonces recibí una llamada telefónica de Antonio Cisneros.

—¡Maldonado, hermanito lindo! ¡Aquí Toño Cisneros! —se presentó y luego se disculpó por la mentada de madre, aduciendo que no había sido su intención cagarme el día. Dijo querer compensar el impase invitándome unas cervezas en su casa y, de pasada, hacer la entrevista «larga y tendida» como dos viejos camaradas de guerra. Sin procesar todo lo que estaba sucediendo, acepté su invitación y, entre bajoneado y lioso, fui a su casa ese mismo día, pues ya tenía mis preguntas listas y el poeta había insistido que sea aquel viernes, porque caía 13 y para él era una fecha simbólica y significativa.

Salí de la redacción de Caretas con el fotógrafo Víctor Ch. Vargas con dirección a un viejo departamento ubicado en la Residencial San Felipe, del distrito de Jesús María. Ch. Vargas me dijo que esa no era la casa de Antonio Cisneros, ya que él había ido a sacarle fotos antes y no recordaba haberlo hecho allí. Revisé la dirección una vez más, por si acaso, y no cabía duda alguna, estábamos en el sitio que me había dado el poeta vía telefónica. Tocamos el timbre y salió Cisneros, alto, elegante y borracho como siempre.

—Hola, hermanazo —dijo a modo de saludo—. ¿Cómo estás?

— «Ocupado en guardar cabras» —respondí citando uno de sus versos.

—¿Cómo dices?

Le dije que todo bien, solo con un poco de calor. Entonces nos hizo ingresar al domicilio y sacó dos botellas de cerveza helada para Victor Ch. Vargas y para mí. Cuando nos vio beber, puso cara de satisfacción y me explicó que él no vivía allí, que era una propiedad antigua que contenía parte de su biblioteca personal y que, de vez en cuando, la alquilaba a un sobrino, pero que ahora mismo estaba desocupada y él había ido a recoger unos libros de Julio Cortázar, a quien estaba releyendo apasionadamente.

—¿Te gusta Cortázar?

—Claro —le dije y, para mi asombro, Cisneros se puso a hablar en glíglico.

—Como se desporrona en diagonía nadie arrumba un mofo sin merma a flamencarle las mecochas y nadie inmoluye su clémiso para alanchufarse las mierlocamas. ¡Evohé! ¡Evohé!

Ch. Vargas se empezó a reír y le dijo al poeta que posara un poco para fotografiarlo. Después de sacar las fotos necesarias, Ch. Vargas me pidió que lo dejara avanzar porque tenía otra comisión con las participantes del Miss Colita Villa El Salvador. Cuando me quedé a solas con Antonio Cisneros, pensé en decirle que ya nos conocíamos de antes, que nos habíamos embriagado juntos, que me había timado en el Superba y que, por causa suya, había abandonado un proyecto poético de juventud; pero finalmente preferí callarme porque el poeta parecía no reconocerme de nada y ya estaba medio borracho.

—Primera pregunta: ¿cuáles son sus preferencias literarias?

—Mis preferencias literarias son hacer el amor, bailar, jugar fútbol y emborracharme hasta el amanecer con mis amigos.

—¿Pero no le interesa algún poeta?

—No, no me gustan los poetas. Solo los leo. Me interesa un poco Bertolt Brecht, pero no el dramaturgo, sino el poeta,porque su ironía destroza la lógica burguesa. He leído con cierto rédito a Pound; Eliot; Lowell; Ferlinghetti; Ginsberg; Octavio Paz hasta el sesenta; Ernesto Cardenal hasta poco después, y, claro, al más grande de la generación del 27, a Luis Cernuda.

—No menciona usted a ningún poeta peruano. ¿Le gustaría hablar de la poesía nacional?

—Preferiría no hacerlo. O, en inglés, como Bartleby: I would prefer not to.

—¿Por qué?

—Porque no existe una poesía nacional, solo existe la poesía a secas.

—Pero sí le gusta César Vallejo…

—No sé. Creo que la poesía de Vallejo tiene cosas geniales y caídas de arquitecto espantosas.Qué diferencia con la perfección de Eguren. Vallejo tiene partes melodramáticas, es un precumbiambero. Fíjate estos versos: «Dónde estará mi andina y dulce Rita de junco y capulí». ¿Qué es eso?Tranquilamente lo puede cantar Rossy War, ¿no?

—¿El poeta, como el narrador, también tiene que esforzarse para generar su genialidad?

—Por supuesto que no. Lo que natura no da, Salamanca no lo presta. Yo estoy totalmente seguro de que los poetas nacen, no se hacen. Por más que te esfuerces, vayas a todos los talleres de poesía, te juntes con poetas, leas mucha poesía, trabajes y trabajes en tus versos, si no has nacido poeta, simplemente no serás poeta.

—¿No cree que con eso se puede tumbar la vocación de mucha gente, de muchos jóvenes?

—¡A mí qué me importa la gente, con toda franqueza! No hay que confundirme: yo no soy académico, no soy un patriarca que piensa en el mundo o la humanidad. ¡Me importa un carajo el futuro de la juventud!

—Se ha dicho que mucha de su poesía y de su experiencia vital la aprendió del fútbol. ¿Es cierto?

—No, no del fútbol, pero sí del barrio, y el fútbol es el barrio. Claro, y ahí está la diferencia que yo tengo con los intelectuales limeños, esos que llamo los «palomillas de ventana», los que de adolescentes miraban a los demás chicos jugar fútbol en la calle y ellos nunca bajaban a jugar. Yo soy un viejo muchacho de barrio; jugar bien al fútbol siempre fue mi soberanía y mi única elegancia.

—¿Qué piensa de José Watanabe?

—Pepe Watanabe, carajo. Muchacho dos años menor que yo. Era un magnífico poeta, un miniaturista casi. Una poesía muy transparente, serena, reposada; muy bien escrita. En general, no aparece arrebatada por mayores inquietudes ni dinamismos. Hay una contemplación casi de budismo zen, tal vez se deba a sus ancestros japoneses.

—¿Recomienda algún nuevo poeta peruano?

—No, yo no recomiendo. La verdad es que no me interesa saber qué hay de nuevo. Los «jóvenes poetas» simplemente tienen que crecer. La poesía es muy graciosa cuando eres muchacho, luego es muy difícil: tienes que estar décadas y décadas hecho un idiota haciendo versitos.

—Augusto Monterroso decía que debe de ser horrible convertirse en un poeta aceptado por la sociedad. ¿Cómo se siente usted respecto a eso?

—Me siento terriblemente mal. Tanto así que anoche soñé que me moría.

—Pero eso ya lo dijo Borges.

—¿Ah, sí? Yo pensé que lo había dicho Neruda. Estoy jodido.

—¿Para qué sirve la poesía?

—La poesía no sirve para ni mierda. Pero no vayas a citar eso. Mejor cita lo siguiente. A ver… «La poesía sirve para redimir de la locura al poeta que la escribe». Sí, eso me gusta más.

Mi última pregunta fue qué estaba leyendo últimamente y el poeta me contestó que releía todo Julio Cortázar para recordar su ritmo, su extensión lingüística y su predisposición a inventar lenguajes. Cuando le mencioné que Cortázar era acusado de ser un escritor exclusivo para la juventud, el poeta se rio y dijo que esas eran huevadas, que Cortázar sabía entrar desde cualquier frente y que, si quería, podíamos invocarlo para hacerle algunas preguntas.

Pensé que el poeta estaba bromeando, pero iba muy en serio. No era una chanza proveniente de su ebriedad, sino todo lo contrario, parecía lo más solemne y sobrio que había dicho en toda la tarde.

—Lo podemos invocar —dijo—. Es viernes 13 y tengo mis monedas.

Se levantó y trajo de una de las habitaciones un cofrecito dorado. Antes de abrir el cofre, bebió un trago y me hizo jurar que esto solo quedaría entre los dos, en un procedimiento off the record. Bebí mi cerveza hasta la mitad y le dije que estaba bien, que así sería.

—¿Fumas? —preguntó.

—Sí.

—Hay que fumar. —Y sacó dos habanos y un puñado de cigarrillos del bolsillo interior de su casaca.

Más que disfrutar del tabaco, lo que deseaba Antonio Cisneros era llenar de humo la habitación y crear una atmosfera brumosa. Me empezó a meter presión —cigarrillo tras cigarrillo— y, en menos de un cuarto de hora, el lugar alcanzó la vaporosidad de un sauna.

Solo entonces el poeta abrió el cofre y me mostró las dos monedas que yacían en su interior. Estas eran más grandes que las monedas de uso corriente y su color era de un plateado tan pulido que, por momentos, cogía una irisación dorada. Se notaban muy antiguas y de una cultura no occidental. Una de ellas tenía en su centro una suerte de ojo con forma de sol y diversas marcas rúnicas a su alrededor. La otra poseía una escritura hierática en sus bordes y un león alado devorando a un cocodrilo en la parte inferior derecha. Cisneros me dijo que eran monedas egipcias de la época fatimí, conseguidas detrás del templo funerario de Memnonium. Las había comprado en uno de sus viajes a Egipto y sabía, por ciertas lecturas, que eran monedas que usaban los sacerdotes de Anubis para invocar a los muertos.

Sentir la exaltación pagana de Cisneros me sobresaltó y tuve miedo, especialmente cuando afirmó que no era la primera vez que invocaba el alma de algún personaje histórico para hablar con él. Hasta ese momento, yo había creído que, para traer a un muerto a la vida, había que realizar un sacrificio de sangre, y el único sacrificable en aquella encantada y maldita hora era yo. Pero Cisneros me tranquilizó al decirme que no necesitábamos de ningún sacrificio humano o animal. Entonces le pregunté con quién había logrado contactarse y me respondió que con Matsuo Bashō, Cervantes, Góngora, Rimbaud, José de San Martín, Alfonso Ugarte, Marilyn Monroe, John Ford, Cristóbal Colón, Kafka, Edgar Allan Poe y Jesús de Nazaret.

Creí que estaba rematadamente loco, pues de inmediato alzó las monedas y empezó a bendecirlas a gritos mientras esbozaba una pequeña danza en medio de la habitación llena de humo. Luego, en un arrebato obsceno, dio un giro y arrojó las monedas al suelo. Ambas terminaron con el sello arriba y Cisneros aplaudió. Me dijo en ese instante que, si las monedas caían dispares o con la cara arriba, la respuesta de los muertos era negativa. De modo que estábamos de suerte, pues las puertas de la Muerte habían aceptado nuestro llamado.

—Ahora enfócate —ordenó el poeta—. Piensa en Julio Cortázar.

—Pero esto es una locura —repuse.

—Carajo, piensa en Cortázar y no me jodas.

Cerré los ojos y pensé en el enormísimo cronopio. Traté de visualizarlo como en su última etapa: con la espesa barba, los ojos saltones, el pelo largo tirado hacia atrás y sus enormes manos llenas de pecas y uñas largas. No sé por qué lo imaginé sucio, con caspa, la ropa amarillenta y los calcetines con agujeros. Recordé que en Rayuela uno de sus personajes decía que todos eran muy sucios y hermosos en París, y así debía ser Cortázar, al menos mi Julio Cortázar: sucio, alto, con los dientes podridos y una que otra verruga genital por ahí.

—¿Te sabes el capítulo 68 de Rayuela? —preguntó Cisneros sacándome de mi propio trance.

—Sí —dije.

—Entonces recita conmigo, Maldonado.

—¿Qué?

—Que recites, chuchatumadre.

—No creo que…

—¡Fuerte, carajo! ¡Como hombre!

Le hice caso y recitamos al unísono: «Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias,en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes…». Cuando se acabó, Cisneros ordenó que lo hiciéramos de nuevo. Al tercer intento, mi borrachera se había esfumado por completo. Pero aun así logré entrever, en medio del humo, a una sombra larga y humanoide que avanzaba hacia nosotros a paso lento.

—¿Qué es eso? —pregunté lleno de terror.

—¡Es Julito! ¡Julito, hermano! —gritó Cisneros al verlo. La sombra estiró su mano hacia mi cara y me traspasó.

—¡Cuídate del galimatazo, hijo mío! —exclamó Cisneros y empezó a reírse al ver mi horror e incredulidad. Luego, se puso al frente de la sombra y le dijo—: ¡Que no te agarre el frumioso zamarrajo! Las horas tulecieron agiliscos girosqueando los limazones, Julito. ¡Qué grimado día!

La sombra retrocedió, se perdió en el humo y al instante volvió a aparecer, pero esta vez hablando.

—¿Te retila la murta? —dijo con la voz original de Julio Cortázar, arrastrando las «erres» como los franceses, y eso fue demasiado para mí. Cisneros me miró con una felicidad grandilocuente; tomó un trago de cerveza, que se le escapó por las comisuras, y, ebrio, expansivo, alucinante, le respondió a la sombra.

—He surgido hedoroso del gladio vorpal.

—Basta, no cuscules los porcios o me arremulgo las gladiofantas en tus plopas —dijo Cortázar.

—¡Ah, flapucio que zompila el blénico!

—Te embrolas en mis catundias y yo te arrebato el zolipán del glisopete.

—Los orfelunios no temblarán con tus filulas.

—Incopelusas para el troc de tu maznapola.

—La tuya, conchatumadre —dijo Cisneros—. A mí nadie me menta la madre.

—Arremulga el pejepeje, che.

—¡Te vas a la mierda!

Y entonces el poeta se lanzó contra la sombra del narrador. Una espiral de humo lo rodeó mientras, furioso, comenzó a dar manotazos de desesperado, insultando, escupiendo, buscando en el aire las barbas del cronopio. En un intento de patada voladora, Cisneros tropezó y se fue de espaldas contra una mesita de vidrio que explotó en mil pedazos. Pese a su edad, resistió con elegancia el impacto, lo que me sorprendió. Intenté ayudarlo, pero el poeta no se dejó. Tenía las manos llenas de sangre por los cortes, la ropa manchada y los pelos alborotados como los de un viejo perro poodle recién bañado. Hipnotizado, me quedé observando unos segundos su locura.

—¿Qué chucha me miras? —dijo de pronto— ¡Pelea! ¡Pelea con el platanazo o yo mismo te saco la eme!

—No —dije—. No, carajo. ¡Ya basta!

—¡Pelea, conchatumadre!

—¡No!

Ese desacato a su autoridad excedió a Cisneros. Olvidando al espectro de Cortázar, el poeta se lanzó contra mí y, tal como había prometido, me sacó la eme. Cuando logré soltarme de sus garras, empezó a tirar botellas de cerveza llenas y vacías en mi dirección. Esquivé las que pude y, casi llorando, salí disparado hacia la calle ante los desgarrados gritos de Cisneros y los «¡evohé!», «¡evohé!», del verdadero papá de bebé Rocamadour. Desde ese día, maldita sea, la poesía murió definitivamente para mí, y entonces comencé a escribir tristísimas, descabelladas y prosaicas historias como esta.


Sobre el autor:

J. J. Maldonado (Lima, 1989). Máster en Escritura Creativa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Magíster en Estudios Avanzados de Literatura por la Universidad Internacional de La Rioja, España. Es autor de E-mails con Roberto Bolaño (Seix Barral 2025) y de El amor es un perro que ruge desde los abismos (Seix Barral, 2026). Escribió el ensayo Narrativa mesiánica y el estudio Una galaxia pop llamada One Piece.  También ha publicado el conjunto de cuentos Quien golpea primero golpea dos veces. Trabajó como periodista en RPP Noticias, La República, Canal N y El Comercio. Ha escrito para revistas como Jot Down, Granta, Caretas y Buensalvaje. En 2015 ganó el Premio Narrador Joven del Perú. Ha sido elegido por la FIL Guadalajara en la lista 26 del 26, muestra de lo mejor de la narrativa hispanoamericana en autores menores de 40 años.

Etiquetado:

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *