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Deambulantes

Muchacha con harápos.
Deambulantes, cuento de Álex Padrón, escritor y amigo cubano, quien tuvo a bien entregarnos este cuento, perteneciente a su libro “Guadaña universal”, a dúo con la escritora Yadira Álvarez Betancourt
Por: Álex Padrón

Que este texto sea nuestra conmemoración al autor, quien además de apoyar siempre a nuestro proyecto, estuvo siempre aportando su crítica e ideas con la intención de allanarnos el camino. Estas letras son su última obra publicada, producto de un trabajo grupal a través de medios digitales al que el mismo Álex nombró como «La hoguera», el espacio de taller donde estas palabras adquirieron su forma actual antes de ver la luz. Aunque la partida de Álex Padrón deja un vacío enorme, su voz y su memoria permanecerán vivas en cada conversación y proyectos que ayudó a impulsar. Hasta siempre, hermano.


A la puta calle, dijo mi padre un mal día, hace ocho años. Esa era su promesa de destino amasada por largo tiempo, cada vez que entre el rioja y el porro echaba cuentas desde su ascendencia gitana y —usando los dedos, porque el muy hijo de perra apenas aprobó la educación elemental— de que hubiera sido mejor invertir en condones que cuidarme.

Yo, púber, como máxima aspiración esperaba que me saliesen las tetas para asegurar la permanencia en casa, tal como mis dos hermanas mayores. Para mí quedaban tareas bajas, en esencia, limpiarle el culo a la abuela ciega, matrona absoluta desde su camastro, mientras le alcanzó el combustible para cocinar su mala leche. Invidente y todo, fue la única persona a la que vi, luego de palparle la cara con mucho tiento, tomar a padre de los cabellos y darle dos sonoras hostias por haberme levantado la voz.

Si de alguien conocí el agradecimiento, fue de la yaya. Hasta dónde sé, las otras nietas le daban igual, de la misma forma que ellos pasaban cerca de su sagrado rincón en nuestro piso de tres habitaciones como si la que estuviese ahí tumbado fuese una gramola rota y no una anciana. Era como si hubiese una especie de campo de fuerza que enjaulase a un animal peligroso porque, aunque ciega, la yaya no era muda y montaba unos pollos de hostia y copón divino. Pero al menos, a mí sí me dispensaba palabras de cariño cuando la movía para aliviar sus escaras, o cuando le daba su ración de la olla familiar que mis hermanas mayores preparaban. También dejaba un tercio de su plato, alegando que no tenía hambre y me ordenaba con falsa severidad que lo limpiase.

Su aura de respeto me amparaba como una sombrilla, pero la animadversión que causaba llegaba hacia mí por ósmosis. Qué sé yo si era su olor —fuerte, rancio, característico— o que su oído estaba alerta cuando me separaba de su lado para ir al baño o al patio para lavar los trapos con que cubría su desnudez y las descargas de sus esfínteres cansados. Sospecho que la yaya debió ser una verdadera bruja en su adultez, como para imponer en su ceguera tal nivel de respeto rayano en el terror. Ella nunca lo mencionó a las claras, pero creo que igual no le hacía demasiada gracia la endogamia de mi padre, que para desfogarse cuando estaba lo suficiente borracho atrancaba a alguna de mis hermanas mayores en el cuarto de las lavadoras.

A mí, no en ese tiempo, ni la gente de casa —a los que no puedo llamar míos porque nunca lo fueron— ni los vecinos, cotillas y de mala vida, contaban con tiempo suficiente para ser malos conmigo. Así que me escudaba en la yaya y en las cajas de libros viejos, heredados de algún pariente de más seso, para suplir cariño con una y educación a través delos otros. Yo le leía en voz queda para nutrir deimágenes sus ojos ciegos. Ella salpimentaba mi perspicacia con refranes sabios, recogidos de acá y allá.

Como fuese, a las dos horas de que los camilleros de la morgue se llevaron a la abuela, allá fue también a la basura el camastro apestoso, la maleta pasada de moda con las pocas pertenencias de la vieja —los libros no, porque podían venderse ahora por unos buenos chutes— y yo junto a ellas. Más que una persona, era otro de los trapos que se desechaban para airear el piso. Así que mi desahuciopasó de ser una advertencia susurrada a una realidad de crueldad superlativa. Como amenaza, nunca valió un comino mientras la yaya estuvo en vida, pero ahora fue una certeza.

Así fue como pasé de ser Maya, la cuidadora, a ser indigente. Sin escala posible ni salvación probable, y si no fuera porque la ropa de la abuela apestaba a su peculiar olor, desnuda me hubiese echado mi padre. En un principio quedé rondando el colectivo de Carabanchel, con la esperanza de que algún vecino me necesitase para algo, honestamente, para cualquier cosa mientras tuviese un techo en la cabeza pero nada: el aura protectora de abuela era ahora como el ruido de las cadenas un fantasma. La lluvia barrió los olores, el sudor propio remplaza al ajeno y ya no hubo piedad para conmigo. De escupir con disimulo para espantar las maldiciones, la peña pasó a cosas más contundentes que la saliva. Así que no quedó otra que ir al asfalto.

No sé por qué dicen que la calle es puta. En mi bregar como deambulante aprendí que la calle puede ser muchas cosas, casi todas malas. Las putas eran, por lo general, buenas conmigo. Nunca en exceso, porque todo exceso es malo, incluso encariñarse mucho con ellas. Porque detrás iba el chulo a ver por qué huevos estabas haciéndoles perder el tiempo a sus chicas. Con suerte, te echaba a patadas; si no, se fijaba que tan malo no estaba tu trasero y, o te lo querían coger —a veces lo hicieron, tras un breve forcejeo que terminaba en una de esas hostias que te tira en el suelo y te deja zumbando la cabeza— o que algún paseante te lo cogiese al venderle tus nalgas como si fuesen nuevas, o casi.

La calle sí que era brutal, denigrante, asesina, contundente, rasposa, caliente, mojada, impersonal para unos y muy personal para todos los que la teníamos por casa. Incluso dentro de los deambulantes imperabauna vasta ventana de percepción de lo que era la calle. Primero, estaban los locos. No sé si primero o últimos, porque al fin y al cabo por ahí oscilábamos a diario… aunque ellos se quedaban allí casi todo el tiempo. La locura no hace distinciones: cualquier raza, sexo o edad le viene de perlas. Ellos corrían a veces, pero la mayor parte del tiempo iban lentos, arrastrando los pies y mirando no sé cuál credo en los carteles.

Luego, estaban los drogatas, cuerdos, con ganas de volverse locos y era mejor huir de ellos, o demostrar que no contabas con nada que pudiesen canjear por algo de chifladura. Vamos, que mejor no tropezárselos, porque igual te vendían por un gramo de hachís, ya sea como esclava, ya como nevera llena de órganos frescos. Ni siquiera cuando estaban colocados era prudente tenerles cerca: todos los drogatas tenían adosada una navaja al final de la mano, que no canjeaban ni por toda la coca del mundo. Sospecho que más que un instrumento para conseguir polvo o pastillas era algo familiar a lo que aferrarse cuando se iban de viaje. En los años que pasé en la querida y puta calle no faltó ocasión en que alguien terminó confundido con un demonio o un monstruo y acabó destripado.

Por fortuna, no fui yo la que le sirvió de ejemplo a alguien de que es cosa chunga pegarse a un viajante. Ofrecer lo que tenían, también me ofrecieron y probé. También me hice con cuchilla corta, de buena punta, recogida del cuerpo producto de alguna pelea… porque si entre burros te ves, alguna vez rebuznas.

Con los chulos, no voy a enorgullecerme de decir que nunca pasó lo que ellos querían que pasara. Tal como estuvo mi hoja de vida, no puedo enorgullecerme una mierda de nada. Si acaso, el mayor logro fue no haber muerto. Quien tiene por qué callar, no ha de hablar.

Había además una larga lista de monigotes que, como yo, estaban allí porque la vida iba con un carretón de estiércol que descargar y la mejor idea era que la mierda terminara en la avenida, para que oliese a algo. Olía mal y era sucio, aunque tratábamos por todos los medios y en todas las fuentes públicas de asearnos lo posible, siempre jugando cabezas a los municipales. Ellos gozaban, por regla y deporte con rompernos la crisma en estos casos. Claro que algunos, por huir de la lluvia y una comida caliente pero asquerosa, se arriesgaban a la más descarnada desnudez pública y a la porra. Como consuelo, la más de las veces el sistema te agarraba lástima pegándote una tirita en la cabeza rota, te daba un buen manguerazo de agua helada y una noche el motel de media estrella.

Con buena pata, eras liberado por la mañana con un desayuno de mierda, la tarjeta de algún albergue —que terminaba en la primera papelera, porque nadie como los deambulantes para saber que nunca haycupo— y la firme promesa del oficial de guardia de «que si vuelvo a ver tu culo en estacabrona demarcación, la próxima noche la vas a pasar en la prisión condal más negra que se me ocurra». Así que, a patear la calle hasta otro municipio de la jungla, porque la mitad de las veces más que una amenaza, era una advertencia de lo que te iba a caer a ti y a tus muertos.

Nadie regresaba de la cárcel condal. Los más ilusos o tontos del culo camelaban que allá se estaba bien, que te reformaban y terminabas con curro y pisito. Una mierda envuelta en el testículo de una oca. La calle nunca es tan generosa, ni te suelta a por las buenas. Si te deja ir, es siempre para abajo, hasta un círculo peor. Cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo, si lo sabré yo.

No hice caso cuando empezó a correr el rumor de la pandemia. Los que no éramos analfabetos acusamos cierta noción de ello, por los titulares de los diarios olvidados en la estación del metro. Claro, que ni las cifras ni la percepción de riesgo significaban nada para nosotros, pero los paseantes a quienes pedirle un euro, escaseaban. Los pocos que encontrabas iban enmascarados y con susto en el ojo. Así, como los neandertales en medio de la helada, andábamos cada vez más para obtener menos. Hasta los chatarreros, quizás los únicos deambulantes que sacaban algún provecho de la basura, empezaron a contar nerviosos las monedas y se mostraban mezquinos —mucho más de lo habitual, aunque de cuando en vez me regalaban un libro— al canjear latas de comida caducada por pequeños tesoros de dudosa procedencia. Hasta era imposible encontrar quien se prestara a recibir la mamada de rigor que garantizara pasar la noche con algo en la panza.

La certeza de que las cosas iban de mal a peor fue cuando una parte de la peña comenzó a boquear y escupir sangre. Vamos, que llegado el tiempo adecuado nadie se inmutó cuando tropieza con las tripas de un colega abierto a navaja por quien sabe que «quítame acá las pajas» o «eso es mío porque lo vi y lo quiero». Pero estar compartiendo una salida de calefacción y ver cómo tu recién nombrado vecino vomitaba la vida luego de reírse de algún chascarrillo era otro nivel de acojone. De ahí salías pitando con la cara cubierta por el chal de la yaya, con el cerebro frito por la duda de si a ti también te ha alcanzado el bicho y contando con los dedos los amaneceres que te quedan. Al mal tiempo buena cara, mis ovarios españoles.

Caminábamos más, comíamos menos, hasta que de pronto encontramos muchísimo más de comer. No porque los basureros de los restaurantes estuviesen de Navidad y regalasen sobras a tout et plain, sino porque cada vez éramos menos. Hasta los municipales nos dejaron en una paz relativa: estaban muy ocupados apilando cadáveres y no solo de los deambulantes. Más que nada, los sacaban de esas casas llenas de luces de colores pocos meses antes, que se enlutaban en la oscuridad con las puertas precintadas de amarillo.

Algunos de la peña se la jugaban revolviendo los pisos desocupados. Pero yo cultivé por años una extraña pero persistente costumbre, no ya de vivir, sino de resistir a morirme.

Cuando me di cuenta de que las iba a tener negras para lograrlo por mí misma, empecé a escuchar esos anuncios que eran hasta entonces ruido blanco. Corría la voz de que el gobierno —ese patriarca adinerado al que no le importábamos lo suficiente para contabilizar el aire que respirábamos— estaba creando un centro de acogida para nosotros. Quizás el bulo más absurdo del Universo, pero el ruido blanco tomó forma cuando las furgonetas de los municipales empezaron a gritar la buena noticia por los altavoces en la avenida. A estas alturas estaba curada de espanto y era lógico que con mi perra suerte solo esperara otro infierno. Pero como soy la más verraca de mi familia, allá me fui.

Igual, iba a ser eso o la caja de pino y más tarde ni eso: carne muerta directo sobre otro cadáver en camiones de volteo. Como entré a las buenas al centro de cuarentena y no clasificaba para el pabellón de los locos, el personal me trató con un destello de decencia. Las semanas que siguieron ya tuvieron la alquímica desgracia de transformar el poco oro de moro en la mierda que se esperaba. La peña que no vino a las buenas, la arrastraron a las malas y lo comprendí claro como el cristal: el gobierno no iba a salvarnos. La idea era confinarnos a un cercado lleno de guardias para que no deambuláramos por ahí, en plan heraldos de la pandemia.

Ya por ese entonces apareció el mote de Guadaña Universal. En la población de deambulantes hizo recogida, cosecha y vendimia, y lo peor era que correr ya no era opción. Tampoco se podían contar los afeites con los dedos ni impedir que se te friera el cerebro, porque cuando tienes toda la población de deambulantes reunida en el mismo almacén cerrado, no puedes aislarte en un rincón a esperar que el vendaval pase. El aroma ácido y rasposo de la yaya era un perfume francés en comparación con el recuerdo a cadáver vomitado que aún tengo impregnado en el recuerdo.

 En algún punto comenzaron a ofrecernos medicamentos en cualquier forma y presentación: aerosoles, gotas debajo de la lengua, inyectores, pastillas. Los drogatas saltaban alegras, pero cuando llegaban al suelo ahí se quedaban. Luego dejaron de ofrecer y empezaron a inyectar a mansalva, al sí o sí, al «te quedas quietecito o te doy con la picana eléctrica». Uno ya estaba tan débil y le daba todo un poquito igual que daba el brazo con alguna oración a una virgen, a cualquiera. Sé de muchos que solo rogaban a la Guadaña que acabase de llevárselos de una puñetera vez. Ella parecía ser la diosa más complaciente, porque la más de las veces no la contabas.

Pero va a ser que desarrollé la terca manía de vivir y por vaya usted a saber qué unos cuantos gozábamos de la misma costumbre. De a poco empezaron a sacarnos del almacén y los médicos en trajes de protección volvieron a ser amables con los pocos ocupantes de las camas. Ya repuestos, nos sacaron sangre y dejaron que muchos reporteros vestidos de astronautas nos hicieran entrevistas con miles de fotos. Tal como si les importáramos algo más que el hecho de que a la Guadaña no le diese su reverenda gana de llevarnos al otro barrio. En un final, era verdad que estábamos comiendo por la barba, así que trataron de que sirviésemos para algo.

Muchos de los colegas se han unido a lo que queda de los municipales para intentar imponer algo de orden en la jungla. Pero yo he tenido ya mi medida justa y llena de andar al descampado. Prefiero estar como estoy: muerta por dentro de tanto sufrir y es solo así que puedo hablar desde el desapego, desde lo que nunca debía pasarme pero la vida me regaló. Porque, en un final, todo es transitorio, todo pasa.

Los que sobrevivan olvidarán el pavor y el encierro que la Guadaña les impone, porque en nuestra sesera no hay cabida para los horrores permanentes. Ellos bloquearán el recuerdo del ahora, como yo he bloqueado el recuerdo de mis años —y mis daños— como deambulante. En lo personal, agradezco a la pandemia que me sacara del asfalto y lo hago cada día, por cruel que esto suene por los miles de cadáveres. Ella será por el tiempo que me dure la dicha, la virgen a la que rezo, porque fue la única que me escuchó. Me entristece ser una golfa y un ave de mal agüero, pero como yo soy yo y mis circunstancias, ojalá que dure por siempre. Mientras, me quedo en casa, a cubierto, con todos los libros que añoraba leer y la barriga feliz. Hago lo que mejor se me daba de niña: ser los ojos de mis compañeros para vigilar la ciudad y cuidar de ellos, tal como fui lazarillo de la yaya, además de guardar la entrada a nuestro refugio aislado de la Guadaña. Pero antes de bloquear por completo mi pasado y para mejor suerte, la vida me hizo un regalo de consuelo, mostrándome que en el «hoy por ti, mañana por mí», la justicia existe; también me dejó claro que soy ya mala persona hasta el tuétano.

Un buen y mal día, llegó a la puerta del complejo un medio gitano con una pierna rota, en una carretilla que arrastraban sus dos hijas. «¡Asilo!», imploró el cabrón de mi maldito padre, que si a estas alturas no estaba muerto, era que de él heredé el gen de la inmunidad. Tampoco habían muerto mis dos pérfidas hermanas, mal rayo las parta a ellas también.

De más está decir lo a gusto que me quedé cuando encendí el altavoz del refugio e indiqué a los tres, con toda la cortesía del universo, que podían irse a la puta calle. 

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