
AUTORRETRATO CON INTEMPERIE INCLUIDA
Ya nada me puede proteger
del agua, del pan, de tanta noche…
ni el pobre ritual de algún reproche
ni el gesto aprendido de ceder.
Aprende a pronunciar su calambre,
se muda de sí, se queda hueco;
late sin pulso, persiste en seco:
a mi corazón lo habita el hambre.
Me doblan, me liman y me envuelven,
regresan, mas luego se disuelven:
las horas pasan sin dar oferta.
Ya nada de lo que escribo importa:
no salva ni fija, no conforta
ni sirve para abrir otra puerta.
EN LA BARRICADA DEL TIEMPO
El ruido
que mi corazón hace
desde la sombra de mi pecho
se asemeja
al que hacen las campanas
de una vencida
y olvidada catedral
a la que ya nadie asiste.
Es tan incesante
que sus latidos
se pudren en pesadilla,
como hojas
que el viento dispersa
sobre el césped
en los jardines del silencio…
Es una vivencia
que tiene un sentido amargo
dentro
de la sosegada calma del tiempo.
Por lo general
lo dejo ladrar ahí adentro,
a sus anchas.
Pero hay ocasiones
en que lo expongo.
Lo saco
bajo la luz del mundo
y desde el balcón de la desidia
le pregunto:
¿Todavía no estás cansado?
¿Quieres que te deje
de una vez
resbalar por esa pendiente?
Lamento
que permanezcas así,
tan sediento de fuego
y de impertinencia.
Lamento mucho, le digo,
a cada momento
se lo reitero:
lamento
que sea la soledad
nuestra única estación
y la más cordial compañera.
Y entonces
esa oscura piedra
que por corazón
permanece en la sombra
y que en contra de mi voluntad
se ha exiliado en mi interior
responde
lo mismo
de siempre,
una vez más
expuesto:
—Rodríguez,
recuérdaselo a Ian
y también a Pérez:
la única estación
que me da paz
y entiendo
es la del viento sin fronteras.
Y a estas alturas,
desde la barricada del tiempo,
ya veo
que no comprenderás.
Ni te interesa.

MANUAL PARA COMPRENDER A UN CORAZÓN EN RUINAS
I
Proceda a abrir el pecho
con cautela,
como quien desplaza las puertas de una catedral abandonada:
primero responderá el eco,
después el polvo,
finalmente la memoria, aún no identificada.
II
Examine el espacio central:
las costillas funcionan como arcos fracturados,
estructuras que ya no sostienen la fe,
ni la carga de las promesas,
ni la respiración sostenida de los días felices.
Registro previo:
hubo luz,
hubo cantos,
hubo una entidad mínima, tibia, humana,
aprendiendo a latir en otro cuerpo.
III
Evite el contacto con los vitrales.
Contienen escenas en bucle:
manos que se buscan,
manos que se sueltan,
manos que regresan fuera de tiempo.
La manipulación indebida
fragmentará la luz en múltiples culpas,
en múltiples nombres,
en variaciones de una misma caída.
IV
Avance hacia el altar a velocidad reducida.
No se conserva estructura funcional,
solo una grieta en expansión,
un silencio que se replica,
un eco que se desdobla,
se triplica,
hasta disolverse en una acumulación de ausencias.
V
Escuche con atención.
Cada latido opera como campana defectuosa,
cada pausa como protocolo funerario,
cada intento de recuerdo
deriva en desprendimiento:
otra piedra,
otra torre,
otra certeza
reducida a polvo.
Aun así
considérese este dato relevante:
la ruina persiste,
la ruina mantiene actividad,
la ruina, incluso,
desarrolla estabilidad
dentro de su colapso.
VI
Al concluir,
no selle las puertas.
Permita la circulación del viento,
la nominación de lo no nombrado,
la repetición sistemática,
hasta el exceso,
hasta la fatiga,
hasta la fisura del lenguaje:
que aquí hubo un corazón
que aquí hubo un corazón
que aquí hubo un corazón.
Tenga en cuenta además
la siguiente NOTA:
el vacío también se expande,
ocupa volumen
y establece dominio.









