
EL CENTRO QUE BUSCA

A Mireya Machado
Se ha derrumbado mi infancia.
Se ha partido su techo como un vientre apuñaleado
para caer de un solo estrépito.
Llevaba meses advirtiéndome de su inminente demolición.
No escuché por seguir viendo mi infancia intacta,
justo como la recuerdo,
pero las infancias siempre se nos rompen,
al crecer ya no cabemos en sus mangas,
se descosen los tejados y se van cayendo
hasta que un día no hay nada más que se nos caiga.
La madera ya no pudo con el barro
y el barro ya no pudo con los años,
aunque mi abuela pudiera aún con tanta ausencia.
El tejado arremetió contra mis recuerdos,
contra las fotos que guardó mi abuela entre las sobrecamas y el jabón.
La casa entera convulsionó para sacarse sus historias.
La carcoma se llevó los títeres tras la luneta del espejo,
mis revolcones en los campos de comino
y el lirio blanco.
Mi infancia fue un lirio blanco
que miraba entusiasta la carcoma y no temía a los derrumbes
pero la traza de lo que se muere siempre marchita las flores.
Mis ojos eran los mismos ojos de mi abuela,
agrios por los campos de comino,
arenosos de tanta madera sacudiéndose su muerte.
No tuve tiempo de abrazarla,
de decirle que no importa,
que nos construiremos una infancia mejor para las dos,
donde no exista la madera para no atraer a los bichos,
donde el techo no se limpie su crueldad con los recuerdos,
donde su esposo no haya muerto
y comamos empanadas en las navidades.
Se ha derrumbado mi infancia, hoy
que ya no tengo ganas de ser adulto.

JURAR EL LUTO
El calor de la Isla no es suficiente para sus muertos
ni la canción que domestique todos los pastizales de Oriente.
Hay que darle un abrazo bien hondo,
al punto de la asfixia,
pedir perdón a sus cañaverales
y suplicar el aguacero
pues la sequía lleva nombre del que mengua
quien no entiende de daga, corcel ni amor que mata
o no le importa la coloración del cielo
y los charcos donde se frisa la noche.
Hay un calor que se guarda las verdades
y se presenta tenso, demiurgo.
Hay una verdad de sangre
entre los pastizales de Cuba,
un caballo muerto por la fusilería,
un cráneo como fuente en dos partidas:
la de a través del mar
y la de adentro.
Monta en lomo blanco la derrota,
se pertenece sabia, domadora,
pero le asusta el temporal y las cañas,
los regadíos silentes enterrados en el centro,
las minas negras donde se cuece algún temblor.
Hay que darle un abrazo fuerte
al punto de la asfixia,
a tu noche José, a tu cintura.
No existe tal canción más que la tierra,
la tumba natural,
el ¡A degüello!

ÉPICA DE LA MOLIENDA
Un hombre que muere en el último día
se detiene a la sombra de la leña,
del saco hirviente sobre el terraplén.
Un jarro de agua es su pregunta,
mientras la sombra se joroba,
descansa los brazos en Constancia.
El central que nunca vierte su molienda
es un lago con herrumbre,
estación donde los viejos se apartan la derrota.
Una línea es la pregunta,
demarcaciones y silencio,
del aguamar hacia el batey,
otra palabra de difícil sombra.
Un poblado que nace del último mes muda su carpintería,
compra un sitio en el Oriente,
en un sesgo de la luna
y Constancia dobla su bandera.
Tiene el día polvo en sus hijares,
por la torre y el saco de carbón
que se multiplican en las flexiones de lo oscuro.
Abren ojos en noviembre,
tienen algún fortín y la pregunta,
huelga, nube, ingratitud.
Como el último mes el hombre orbita,
clama por el azúcar que no vuelve,
le ha dado un nombre
a la desesperanza.

LA INSISTENCIA DEL ASFALTO
Resisten los dientes la ortodoncia,
la letra a formarse en una caja de texto,
los niños al impulso de un tobogán lleno de cortes.
Hay partículas de acero
frente a la tensión del diente,
letras encaramilladas
en la boca de un niño feliz,
parques de tiro al blanco.
Sabe el diente ser más débil que el alambre
y se empeña en no modificar su dinamismo.
Las letras exactas ensayan esconderse.
El tobogán se acostumbra
a su existencia de viñeta,
siempre en la esquina de las risas,
esperando que una tarde
le acomoden su torcida dentadura.
Los dientes, las letras y los parques
saben que la endodoncia es su destino,
han acudido a los empastes,
para protegerse de la muerte,
mas su cambio de coloración
ya los delata.
La inercia existe para regular el movimiento
para que un día ya no temamos
a la mordida limpia.









