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Manzanilla para dos

Cuento Manzanilla para dos, para Alta Literatura, del escritor cubano Raúl Piad Ríos, merecedor, en dos ocasiones con Mención en el concurso de literatura de terror Berenice.
Por: Raúl Piad Ríos

Liliana vivía sola. Acostumbraba a pensar que no era una mala vida, entre una oficina y el alquiler que le devoraba el sueldo en un apartamento pequeño, poco acogedor, que era su refugio del mundo, las cosas comunes y de la gente.

Liliana temía a muchas cosas. Al ascensor, por ejemplo, o mejor dicho, a la posibilidad de quedarse encerrada entre todas esas capas de hormigón, por lo que siempre utilizaba la escalera. También a los espejos, por eso los tapaba con una toalla. Era una manía tonta, de esas que se arrastran desde la infancia, junto al miedo por los ruidos en las tuberías. Como el edificio era viejo, de noche las cañerías se quejaban como si tuvieran vida propia: golpes, gorgoteos, suspiros.

Pero lo que más le atemorizaba a Liliana era la gente. Esa masa informe que abarrotaba las calles moviéndose con una lógica que no terminaba de comprender. En el trabajo sus compañeros hablaban de series, novelas o de problemas con los hijos, ella asentía fingiendo interés, pero en realidad calculaba cuánto faltaba para las cinco y encerrarse en su piso, única defensa contra el mundo.

Quizás por eso, cuando aquella mañana tropezó con algo blando y la imagen de un gato muerto se insinuó ante sus ojos, supo que la rutina diaria se había roto. No era secreto que en los últimos meses alguien estaba empeñado en exterminar a los gatos del edificio; aparecían en el patio interior, flotando en la fosa desbordada, o en los escalones de la entrada, a manera de ofrenda. Pero aquello era demasiado pequeño para ser un gato. Suspiró, aliviada, al comprobar que era un llavero de cuerina marrón, con una plaquita metálica que tenía grabado a láser: «C/. 79, e/ 2729 y 2730, apto. 4B».

Eran las llaves del piso de al lado, donde vivía el anciano. Ella llevaba tres años en el 4A y en todo ese tiempo solo se habían cruzado una vez en las escaleras. Hasta donde le constaba, era mudo. Siempre vestido igual: camisa de mangas largas y pantalones de pinza, incluso en julio. Salía cuatro veces a la semana: lunes y miércoles a comprar comida, martes y jueves al parque donde los jubilados jugaban al dominó hasta que la luz del día lo permitiese. Liliana memorizó sus idas y venidas sin proponérselo, igual que el pregón del vendedor de tamales o la cadencia de los ladridos callejeros.

El llavero pesaba, o al menos eso le pareció. Lo apretó en la palma de la mano y terminó por guardarlo en el bolsillo. Ya lo devolvería mañana. O pasado.

El martes el cielo parecía una plancha de zinc opaca que alguien hubiese colocado sobre la ciudad. Liliana se despertó sudorosa, con la sábana entre las piernas y la sensación de que, en algún momento de la noche, alguien la había mirado. Al salir, su vista derivó hacia la puerta del 4B, que permanecía igual que siempre: cerrada, con ese aire que tienen las puertas que no se han usado en mucho tiempo.

No vio al viejo. El miércoles, tampoco. El jueves por la tarde, cuando el sol empezaba a caer, tuvo un presentimiento y se asomó a la ventana de la cocina. Era él, con su camisa beige, a pasos lentos pero firmes.

Sin poder explicarse por qué, cogió el llavero y salió al rellano. Llamó una vez a la puerta de al lado, aunque sabía que era en vano. Silencio. Llamó dos veces. Nada.Entonces lo notó. No estaba cerrada del todo. Una rendija, dejaba entrever el interior.

—¿Señor? ¡Buenos días! ¿Señor? Buenas…

Nadie respondió.

Empujó la hoja de madera y esta cedió con una facilidad sospechosa; siempre había que forcejear con las puertas de los edificios antiguos o darles un golpe seco con la cadera para que el marco las soltase. El aparatamento olía a cerrado. Era idéntico al suyo: mismo pasillo estrecho que desembocaba en una salita con ventanas al patio comunal, mismas baldosas con dibujos de lunas y soles, igual cocina encajonada entre el cuarto y el baño. La única diferencia era que las paredes estaban tapizadas de fotos. Se acercó con un paso que imaginaba sigiloso, levantando mucho los pies mientras lanzaba miradas de costado, aterrorizada y excitada por igual.

No eran imágenes de poses voluntarias o desenfocadas hechas a la carrera. Eran instantáneas de la vida cotidiana, y ella aparecía en todas. En el agro, escogiendo entre los boniatos carcomidos; en los bajos del edificio, refugiándose de la lluvia; en su propia ventana, con ropa de dormir. Cada foto tenía escrita una fecha en el borde. La más antigua era de tres años atrás, el día de la mudanza. La más reciente de aquella mañana, con la toalla en la cabeza y la boca entreabierta en un bostezo incompleto.Un escalofrío que se originó en un punto indeterminado de la espalda terminó por convertirse en goterones de sudor; recordó que, a pesar de lo irreal de aquella situación, era una intrusa en casa ajena. Avanzó. En la mesita del centro, donde ella tenía un televisor pequeño y una maceta de sábila, se balanceaban en precario equilibrio un montón de libretas de tapa dura, con páginas saturadas de una letra minúscula y apretada.

Abrió la que coronaba la pila.

Lunes 17: Liliana llegó del trabajo a las cuatro y veinte. Trajo dos bolsas Una de viandas, otra con detergente y jabón. Antes de entrar, miró hacia el final del pasillo, como si alguien la estuviera llamando. No sé quién sería. No me gusta que trate con desconocidos, a saber qué podrían hacerle.

Pasó la hoja con manos temblorosas.

Martes 18: Hoy Liliana no bajó la basura. Eso es raro. Ella es un animal de costumbres, como yo. Estuvo toda la noche con la luz encendida. A las dos de la madrugada, se asomó a la ventana. No pude verle la cara, pero me pareció que lloraba. Otra hoja.

Miércoles 19: Hoy sonrió. Creo que iba distraída, con esos audífonos que parecen tapones y tropezó con el escalón de la entrada. Casi se cae, pero una mujer que pasaba por allí la sujetó del brazo. Fue entonces cuando rió. Fue un momento pequeño, insignificante, pero a mí me ayudó a seguir adelante. Trataré siempre de llevar esa sonrisa conmigo. La necesitaré para los días malos.

Cerró la libreta. Algo le apretaba el pecho haciendo que su respiración dejara de ser automática, para convertirse en un proceso lento y tortuoso. Le costaba pensar con claridad, no solo por el descubrimiento de que un desconocido la hubiese acosado durante casi tres años, sino por la forma en que registraba sus dolores, sus pequeños gestos, sus derrotas…

Los pasos en la escalera precedieron al gemido de las bisagras, aunque ella pensó que el segundo se adelantaba como un eco. Vio la mano, gastada, con manchas marrones y venas azules, que empujaba la madera centímetro a centímetro. Los dedos aferraban el llavero, el mismo que Liliana había encontrado hacía apenas dos días.

—Espero que estés bien, vecina —dijo el recién llegado, dueño de la casa.

Le pareció que el saludo oscilaba entre la afirmación y la pregunta. Hablaba bajo, tanto que pudo desglosar el sonido de su voz seca de los demás ruidos ambientales. Planeó apartarlo y salir a la carrera; no sería un problema, confiaba en sus manos y sus brazos. Las piernas, en cambio, no le respondían. El viejo la miró sin sorpresa ni hostilidad. Dejó las llaves en la mesita del recibidor, junto a un cenicero, y se encaminó hacia la cocina.

—Siéntate. Te voy a preparar un té. De manzanilla, como ese que tomas cuando no puedes dormir. Liliana permaneció clavada en el centro de la habitación; en la pared, los ojos de los retratos la juzgaban cómplices. No tenía porqué que aguantarlo, podía denunciarlo con los vecinos, la policía, con cualquiera, pero no lo hizo. El viejo regresó con dos tazas humeantes y le tendió una. Ella la aceptó sin saber qué hacer con las manos.

—Llevo tres años escribiendo sobre ti —dijo mientras se dejaba caer en el sillón—. Al principio fue sin querer. Te vi llegar con aquellas cajas de cartón, tan sola, tan perdida, y sentí curiosidad. Después, a medida que te observaba, pensé en escribir tu propia vida, a manera de homenaje.

Liliana sintió como la rabia ascendía por todo su cuerpo.

—Usted es un degenerado. ¡Está loco!

El viejo asintió con un amago de sonrisa en la boca.

—Puede ser, pero tú también, y lo sabes. Tú también estás loca. Solo tienes que aceptarlo.

—¿Qué quiere de mí?

Su interlocutor no respondió. Se levantó y caminó hacia la pared donde colgaban las fotografías más antiguas, las que estaban en marcos de madera. Señaló una.

—Mira.

Estuvo a punto de ignorarlo, aunque igual miró. Se trataba de una muchacha con un vestido blanco, apoyada en el brazo de un hombre algo mayor. Algo terriblemente familiar asomaba en ambos…La joven tenía su misma cara. Y no es que fuese parecida, era una copia en limpio, exacta. La misma curva de la ceja, misma nariz, misma boca, el mismo hoyuelo en la barbilla.

—Se llamaba Iliana. Era mi esposa. Murió hace treinta y cinco años.

Ella retrocedió un paso. Luego otro. Por supuesto, el hombre en la foto era una versión menos antigua del que tenía delante.

—Yo no tengo nada que ver con ustedes.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué?

El viejo le habló con dulzura, casi saboreando las palabras, una por una.

—Porque cuando te vi supe que había una oportunidad de tenerla de vuelta. No a ella, por supuesto. Pero sí a alguien como ella, digna de ocupar su lugar.

—Yo no soy un reemplazo… Usted tiene que buscar ayuda. Es más, si continúa acosandome lo voy a denunciar…

—Todos somos reemplazos, Liliana. Todos ocupamos el lugar de alguien que se fue. Tú misma, ¿no sientes que hay un hueco en tu vida? ¿Algo que falta? ¿Algo que perdiste y aún no sabes qué es?

—No tengo idea de lo que me habla.

El viejo se adelantó y ella retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared.

—No tienes que saber. Solo tienes que quedarte.

—¿Quedarme?

—Sí. Aquí. Conmigo. En el lugar que te corresponde por derecho.

Buscó la puerta con la mirada. Seguía abierta. Podía correr, salir de allí y no regresar jamás. Pero no se movió. El viejo sonrió, esta vez de forma que sí trascendió los labios y llegó a los ojos, ahora más oscuros que antes. Cuando por fin ella encontró la fuerza para moverse, él no la detuvo. Casi había conseguido escapar: tenía ambos pies en el umbral y a la puerta solo le faltaba una rendija para cerrarse.

—Vuelve cuando quieras. Nunca pongo el seguro.

Salió al rellano dando un portazo. Entró en su apartamento y echó el pestillo. Se quedó apoyada en la pared mucho rato, escuchando los latidos de su propio corazón.

Esa noche no durmió.

Al día siguiente, después de llegar del trabajo, se sentó junto a la ventana de la cocina con una taza en las manos. Miró hacia el 4B. Estaba oscuro. No se veía ningún movimiento. Él estaba ahí. Los días siguientes fueron iguales. Iba al trabajo, regresaba, permanecía en la ventana. A veces, de reojo, creía ver un destello en la cortina del 4B. Nada confirmado.

Pero cada mañana, al abrir la puerta, encontraba un sobre en el suelo con su nombre escrito a lápiz. Dentro de cada sobre, una foto. Una página arrancada.

Una nota.

Hoy se quedó dormida en el sillón. Soñaba. Movía los labios. Quisiera saber qué decía.Ayer no fue a buscar alimentos. Almorzó galletas con mayonesa. Eso no está bien. Debería comer mejor.

Hoy se miró en el espejo. No lo tapó con la toalla. Se miró mucho rato. Creo que se busca. Creo que empieza a verse.

Liliana guardaba todo en la primera gaveta de la cómoda. No sabía por qué ni qué hacer con esas cosas, pero no podía tirarlas: ahora eran suyas. Esa noche, cuando fue a tapar el espejo con la toalla, se detuvo. Permaneció inmóvil, mirando primero por el rabillo del ojo, luego de frente, como quien encara a un adversario largo tiempo evitado. Al otro lado, su reflejo también la encaró.

Al final dejó la toalla en la silla y se fue a dormir. Creyó que yacería insomne durante horas, pensando en los distintos escenarios que se desplegaban ante ella. Lo que parecía real a esa hora, ya bien entrada la noche, era el sonido del viento que se colaba por todas las rendijas. Arrullada por ese soplido, concilió el sueño, descansó profunda y largamente. No soñó. Al despertar ya el sol inundaba su habitación. Por primera vez desde su época de estudiante había dormido casi hasta las once de la mañana.

No le importó llegar tarde al trabajo, a fin de cuentas, el jefe estaba de vacaciones. Garabateó algunos papeles y justo cuando se disponía a firmar otro documento, se percató de algo. Aquella no era su letra.

La rubrica estaba ahí, sobre la línea de puntos. Era su nombre, pero los trazos parecían temblorosos, cansados. Como si otra mano hubiera guiado la suya. Sacudió la cabeza y volvió a firmar. En esta ocasión no encontró nada raro. El episodio, sin embargo, la persiguió durante los días siguientes, evitó por todos los medios volver a escribir de su puño y letra. No confiaba en sus propias manos.

Una semana después volvió a llamar a la puerta del 4B. Solo tuvo que tocar una vez y la puerta se abrió, como si el viejo la hubiese estado esperando.

—Pasa.

Hasta su nariz llegaron los mismos olores. Alcanfor. Humedad. Tiempo coagulado. Olores extraños y familiares. El viejo preparó té. Se sentaron en los sillones, el uno frente a frente a la otra. Sin saber que decir, así que dejó que su vista vagara por las paredes. Descubrió media docena de fotos nuevas, hechas durante los últimos días. Ella en la ventana, en el portal o durmiendo en el sillón, con la boca entreabierta.

—¿Cuándo tomó esas?

—Fue cuando te quedaste dormida, viendo la televisión. Tenías la luz encendida —él movió los dedos, largos y callosos, como si fuera director de orquesta—, no te preocupes. Al principio cuesta, pero luego es más fácil.

—¿Qué cosa?

—Bebe el té.

Bebió. De repente no le apetecía seguir preguntando. Después de eso, las visitas al 4B se volvieron frecuentes, tanto que el apartamento se convirtió en un segundo hogar. El viejo siempre estaba, tenía el té de manzanilla preparado y alguna historia sobre la Otra.

—Una vez se cayó en la escalera. Se torció el tobillo. Yo la oí gritar desde aquí, pero no pude hacer nada. No podía salir. Todavía…

—¿Todavía?¿Qué pasó en realidad? ¿Qué le pasó… a ella?

—No quieres saberlo. No es importante.

—No tiene derecho a negarme esa información, dígamelo. Creo que lo merezco.

—¿Nunca te has preguntado por qué la puerta estaba abierta? ¿Por qué, justo ese día, a esa hora, encontraste las llaves en el suelo?

Liliana volvió a sentirse incómoda. Era extraño experimentar algo así, después de tanto tiempo.

—Fue un accidente. Usted las perdió.

—Yo no pierdo nada, muchacha. Nunca. Las cosas se pierden cuando sus dueños quieren. De la misma forma en que las puertas se abren cuando alguien desea que se abran.

—No entiendo.

El anciano irguió la espalda y esbozó una sonrisa que podía significar inseguridad, confianza o ambas.

—Llevo muchos años esperando, Liliana. Escribiendo, mirando por la ventana, buscando a alguien que ocupara su lugar. Hasta que te encontré.

—Eso ya lo sé. Y le repito: no soy ella, no importa lo que usted crea; si decido largarme no le quedará ni el recuerdo.

—Lo importante es que puedes serlo. Puedes aprender, convertirte en ella poco a poco. Ya está empezando a pasar, ¿no te has dado cuenta?

Al mirarlo, Liliana sintió desagrado… junto a las brasas de algo parecido al afecto. Como un jirón de memoria que se negara a desaparecer.

—¿Qué me está haciendo?

El viejo no paraba de hablar; exhalaba tanta pasión y necesidad que estaba segura de que terminaría por convencerla si no lo contenía.

—No te estoy haciendo nada. Solo te ayudo a ser quien deberías.

—Yo soy Liliana. Yo soy yo.

—¿Estás segura? —señaló en la pared las fotografías más recientes..

En una de ellas, Liliana estaba en su ventana con una taza de té. Pero no miraba a la calle. Miraba hacia la cámara. A la persona que tomaba más fotos. Sonreía.

—¿Ves? —dijo el viejo—. Ya empiezas a verme, sabes que estoy aquí. Pronto las piezas caerán en su lugar.

Liliana sintió un regusto áspero en el fondo de su garganta.

—Bebe el té. Todo será más fácil a partir de ahora.

Ella miró la taza. El líquido estaba frío. En el fondo, algo se agitaba. No era la manzanilla, pero igual le dio un sorbo y tragó, casi como una concesión malsana a su anterior desconfianza. Supo que no sería suficiente.

A la mañana siguiente, cuando despertó, no recordaba su nombre. Lo intentó. Rebuscó en su cabeza, pero no estaba. Había otras cosas. Recuerdos que no eran suyos. Una boda. Un vestido blanco. Un hombre joven con una sonrisa. Una vida que ahora le pertenecía. Mientras se contemplaba en el espejo sintió que llamaban a la puerta. Cuando abrió, el viejo estaba allí, con dos tazas humeantes.

—Buenos días, Iliana —sonrió.

Ella lo miró. No era un desconocido, llevaba toda una vida viviendo a su lado, literal y metafóricamente.

—Buenos días.

Su voz sonó distinta. Antigua, rasposa. Cómo si hubiesen tenido veinte años para adaptarse al mismo tono macilento. Entraron juntos al 4B. Las fotografías continuaban en las paredes, aunque todas eran antiguas. El viejo preparó más té de manzanilla. Se sentaron en los sillones.

—¿Te acuerdas?

Ella negó con la cabeza.

—No importa —y aunque esbozaba una sonrisa falsa, en su voz había amabilidad genuina—. Yo recuerdo por los dos.La mujer le correspondió. De alguna forma, las comisuras de sus labios se arquearon hasta superponerse sobre el eco de otra sonrisa. Afuera, el edificio crujía con sus ruidos de siempre. Las tuberías. Los pasos. Las voces lejanas. Pero dentro todo estaba en silencio. Una quietud desgranada en pequeños fragmentos que componían algo mayor.

Pasaron los meses. O los años. Iliana perdió la noción del tiempo. Los días se sucedían iguales: té por la mañana, fotografías en la pared, té al mediodía, las libretas releídas hasta el cansancio, té por la noche. Un atardecer, mientras miraba por la ventana, vio a una mujer en el rellano. Era joven, parecía cansada y sola, pero sobre todo familiar. Pero sobre todo le parecía familiar. Iba tan concentrada en sus asuntos que necesitó unos minutos para notar que se le había caído algo. Era un llavero. Se agachó a recogerlo y, con el mismo movimiento fluido, miró hacia la puerta del 4B.

Iliana sonrió.

—¿Algo interesante? —preguntó el viejo desde la cocina.

—No lo creo. Solo una vecina nueva.

Él se asomó a la ventana. Miró a la joven, que en ese instante pareció reparar en ellos, y les dio la espalda, cohibida.

—Se parece a ti —comentó él.

—Lo sé. Quizás algún día la invite a tomar el té. No debemos ser maleducados.

Iliana se quedó en la ventana, mirando. La vecina guardó el llavero en el bolsillo y entró en su casa. La puerta del 4A se cerró. Por alguna razón, pudo ver en su mente cada uno de los pequeños gestos que compondrían su rutina doméstica.

—La manzanilla está lista —dijo el viejo.

—Ya voy.

Se apartó de la ventana. Pero antes, echó un último vistazo a la puerta de su propia casa. Al espacio por donde, en algún momento, alguien volvería a entrar.

El seguro nunca está puesto, recordó. Y fue a tomar el té.

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