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Después de pedirle al esposo que fuera a por alguna bebida, revisó su Instagram para ver qué nuevas fotos había colgado América Febles. La vio esta vez en una roca rodeada de agua en alguna playa del mediterráneo, sentada en traje de baño color ciruela. Mil doscientos likes y corazones.
Extrajo de su bolso un espejo y vio una mancha roja en su ojo, un punto distinguible en la esclerótica.
—Nunca más regreso a esta ciudad —le dijo a Martín, que estaba de vuelta con un café y una coca dietética—, no soporto el rostro de la gente. Ya sabemos que las promociones son postales diferentes a la realidad, pero esto fue más allá de mis límites.
—¡Tus límites! —exclamó Martín antes de agregarle azúcar al café.
Violeta lo miró, bien diferente a como lo hizo la tarde del brindis, dos años atrás, donde vio llegar al futuro mejor director de cine de costa a costa a lo largo del cono y más allá de la península. En un día normal, esa mirada habría creado un puente sostenible donde quebrar una de sus miles de cuerdas resultaría imposible, sin embargo la sensación de algo vivo dentro de su ojo la llevaba más ocupada que las tristes expresiones de un Martín con tres filmes desastrosos en línea.
2
La vía del tren se alargaba hasta los confines, más allá de Tres lirios, el pueblito donde nació Violeta en una casa republicana. Vivió con su madre nueve años, entre el whisky y las pastillas, viéndola llegar del bar donde trabajaba, siempre casi al amanecer, llena de olor a cigarrillos y alcohol, a veces ni siquiera llegaba al portal y Violeta debía recogerla en el jardín para ayudarla con los escalones frente a la puerta. Recostarla en el sofá, ya sin la esperanza de verla recuperar las fuerzas y prepararle de una vez la cena.
Galletas en el fondo de la vieja lata, algo de soda o simplemente agua, era lo más común para intentar engañar a su estómago: detrás de la casa estaban los girasoles que aprendió a sembrar, ante el asombro de los vecinos, que no lograban cultivar nada bajo el cielo violeta de Tres Lirios.
Timar a las tripas fue algo que aprendió temprano, no así a la maestra, quien comenzaba a advertir sobre las consecuencias de no ver a la niña en sus clases.
Una tarde, Violeta intentaba dormir y para esto luchaba contra el débil rayo de sol que le daba en el rostro, cuando escuchó los golpes en la puerta. A duras penas encontró sus pantuflas entre las latas de cerveza vacías. Era la maestra, quien, antes de preguntarle por su madre, le acarició la cabeza como si se tratara de una de las enormes sandías que llegaban a los mercados después de los experimentos del gobierno.
—Nos han cambiado el mundo, mi pequeña Violeta. ¿Está tu madre?
La nena le mostró el pasillo y un cuarto, con la puerta abierta y un hedor diferente al del pueblo. Mientras llegaban al dormitorio la mujer observó lo grande que le quedaban las pantuflas a Violeta, su pelo enmarañado, y le alcanzó a decir:
—Tienes que salir de aquí en algún momento, el pueblo es como este pasillo, angosto, asfixiante.
3
—Es un avión como otro cualquiera —le dijo Martín—, poco a poco vas a mejorar. Dicen que este es un tratamiento probado y el doctor Matres me aseguró que…
—Nadie está dentro de mí, y ahora tendré que soportar cuatro horas en este tubo angosto, asfixiante. Encima no se me quita el ardor en el ojo.
Apenas llegó a los veinte mil pies de altura las luces principales dejaron paso a las auxiliares, los pasajeros usaron el baño por unos minutos y luego, la calma. El sol ya no era visible pero había dejado un colchón de nubes rojas por debajo del avión y hasta los confines del cuadro.
Violeta observó la pantalla del teléfono y Martín, de reojo, pudo ver una vez más a la exitosa modelo de ropa interior América Febles. De alguna manera comprendía la esencia maligna en el proceso natural que experimenta una reina de belleza, cuando ve los jinetes oscuros que acompañan a su sustituta. En el cine era lo mismo, el caso Weinstein no era exclusivo del mismo Weinstein o su entorno, la belleza tiene un precio cuando se pone por delante del talento. Martín lo sabía de sobra
4
—¿Alguna vez este lugar fue bello? —le dijo Martín en cuanto dejaron el taxi que los dejó en Tres Lirios.
Lo que aun se mantenía en pie en los límites del pueblito eran las salamandras y algunas aves enormes y de paso, por supuesto, quedaba la yerba, alta, tan dueña del lugar que parecía relajada con la brisa del sur.
—Al sur de este pedazo de basura que ves ahí —dijo Violeta después de quitarse los espejuelos de sol—, estaba mi casa. Por esa zona la sala y más allá los dormitorios, entre ambos había un pasillo que los conectaba, justo ahí mi madre lo hizo.
5
—Recuerda lo que te he dicho —agregó la maestra—, este pueblo va a desaparecer y nosotros con él.
La madre de Violeta salió de la habitación como un demonio y le clavó un tenedor en el cuello a la maestra, mientras le gritaba que las dejara en paz. Hundió varias veces el cubierto en la zona de la aorta, hasta que se alejó a gatas de regreso al cuarto. Atrás quedó la mujer, que intentaba en vano evitar que la sangre no la dejara pero esta llevaba la misma prisa que llevó a Violeta hasta el jardín de girasoles, y allí permaneció, mucho tiempo, más del que tomaron en hallarla, enviarla con unos familiares lejanos que también tenían prisa por averiguar por qué sus manos parecían tallos secos, por qué todos en el pueblo comenzaban a parecer enredaderas, que les llevaba a los voluntarios horas separar de las columnas, los árboles, los caños y las calefacciones, las antenas y semáforos. Algunos, tan sólidos en su abrazo, que fueron incinerados ante la imposibilidad de desprenderlos, y ante el asombro de un inesperado florecer. Muertos llenos de margaritas, rosas, claveles y azaleas, pero sobre todo lirios siberianos de un negro tan fuerte como el de los hoyos que abrían no muy lejos las excavadoras, que preparaban las fosas comunes. Miles de cadáveres florecientes en Tres Lirios, bajo el cielo violeta de trescientas hectáreas donde desde hacía una década solo se vieron los girasoles de Violeta.
—Creo que no fue buena idea volver a este lugar —le dijo ella a su esposo.
—La verdad —agregó Martín—, no queda mucho por aquí. Pero es tu decisión. ¿Necesitas un rato a solas? Puedo ir al auto a beber un poco de agua y hacer unas llamadas…
Él entendió en la vista de su mujer, perdida en los escombros de la casa, un sí. Se alejó y ella bordeó el inmueble, hasta llegar a lo que antes era el jardín: ahora una breve extensión de tierra negra, sin el asomo de lo que fue el único punto donde hubo flores después de aquellos experimentos. Ahora sin flores, sin esos bellos girasoles que miraban las gentes cada vez más bestias, atontadas. Los pétalos amarillos eran un duro contraste en la naturaleza muerta de Tres Lirios.
El cielo había recuperado el color habitual, pero ella llevaría su nombre por siempre como una marca de aquella época. Podía cambiárselo, pero era el que su madre escogió según ella, en medio de una broma en el corazón de un picnic con quien resultó ser su padre. ¿Quién era ese hombre? Nunca lo vio, su presencia estaba en la sangre que la mantenía caliente, pero nunca estuvo fuera de eso, ni siquiera en una foto.
El cementerio no quedaba muy lejos, quizá diez minutos manejando entre otro cementerio de casas, la escuelita, una iglesia que conservaba la cruz ya oxidada, encima de columnas y un pasillo de polvo que antes llevaba al altar.
Ir al pastel grajeado de osamentas había sido prohibido por el gobernador. Los gases flotando alrededor de la tumbas eran nocivos.
Martín fumaba recostado al auto, cada cierto tiempo observaba su reloj. Violeta decidió echar una última mirada antes de regresar con su esposo y se dirigió a esa parte baldía donde antes hubo girasoles. Por dos, tres minutos estuvo detenida en ella misma, tiempo atrás, agazapada entre los tallos, respirando o intentando respirar los tragos de aire sin veneno que por segundos arrojaban las flores.
Comenzó de pronto a hacer más frío. Se manifestaba en breves ráfagas de viento que bajaban desde la colina. Era mejor regresar a la ciudad y olvidar de una vez Tres Lirios. Justo cuando se colocó de nuevo los espejuelos de sol para ir a donde Martín, sintió que algo le entraba a uno de los ojos, tierra, probablemente, tan molesta que llegó con prisa a su esposo y le pidió que le echara agua lo más rápido posible porque le picaba mucho, me arde, decía, me arde como si fuera un bicho abriendo un hoyo en la esclerótica.
6
Un viaje de tantas horas hace que en un punto el avión flote en silencio, si se obvia el ruido de los motores, con los pasajeros dormidos, o pensativos con la vista más allá de la ventanilla, absortos en el colchón de nubes rojas bajo la panza.
Cada diez minutos promedio alguien se dirigía al baño, en calcetines algunos, como si estuvieran en su propia casa.
Violeta intentaba dormir, pero el escozor la llevaba a pasar el dorso de la mano por el ojo, con una frecuencia cada vez mayor. Martín revisaba un guión, y estaba a punto de comentarle que iría a por un vaso de té.
—Tengo mucha picazón —dijo ella, antes de quitarse una lágrima—, me arde como si fuera ácido o algo similar.
—Hay que envejecer en calma —dijo Martín—. Necesito fumar.
—¿A qué te refieres con eso?
—Bueno, he observado que aumentas tu dependencia de todas esas cosas de frutas en la cara y hasta te vi leyendo algo sobre cirugías. También sería conveniente que dejes de ver cuanta foto suba a sus redes América Febles y demás reinas de belleza que serán sustituidas por otras reinas de belleza. Y así, y así…
Martín le hablaba sin mirarla, tenía la vista en el pasillo y de alguna manera parecía realmente preocupado por no poder fumar durante el viaje. Aún faltaban dos horas para aterrizar. Iba tan absorto que no pudo ver a Violeta con el rostro contraído, observándolo de tal manera que de haberse precipitado el avión al Atlántico ella no se habría enterado.
—Mírame bien.
Él escuchó a su esposa y sabía de sobra que era el tono de las buenas carteleras boxísticas, pero estaban en el maldito avión con gente dispuesta a tomarle un vídeo. Es posible que ella no se atreviera a una pelea, ya tenían bastante con el último estreno, el filme no soportaba la competencia en taquilla y ella misma, ella misma no hallaba contratos.
—Mírame, Martín.
Era el tono habitual del mar que se recoge, de los pájaros que levantan vuelo en la copa de los árboles. La vibración bajo el asiento del astronauta cuando está a punto de atravesar la línea, el ritmo cardíaco del buzo ante el primer cadáver que se avista en la sombra del buque, el ñu a la orilla del río, que levanta la cabeza ante los anillos en el agua, tremendamente sospechosos.
Martín Vera desplazó la mirada despacio hacia el asiento contiguo. Alcanzó a ofrecer disculpas y de algún modo explicarle que todos estamos bajo la dictadura del estrés. Al fin, cuando miró aquellos labios que aún eran hermosos, leyó en ellos el temblor que acompañaba cada intento por ser atendida, pronto, de inmediato.
—Martín, ¿qué tengo aquí?
Con ayuda del índice y el pulgar él le abrió ese ojo, ese aún hermoso ojo y vio lo más extraordinario de aquella época gris relacionada con Tres Lirios.
Vio (acercó su rostro tanto al de ella que tocaron narices).
—Creo, sin temor a equivocarme, que apenas aterrice este avión vamos a un hospital.
—Eres un paranoico de mierda, lo veré por mí misma, dónde está mi teléfono.
—Violeta, escúchame, cálmate un segundo y escúchame.
—De acuerdo, dime.
—Creo que tienes un pequeño girasol creciendo en tu ojo.







