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Parece que va a llover

Disfrutemos del Cuento de la escritora, Camila Pérez en exclusiva para Alta literatura
Disfrutemos del Cuento de la escritora, Camila Pérez en exclusiva para Alta literatura, como parte de nuestro objetivo de ser un sitio de referencia para la literatura contemporánea en español.
Por Camila Ruiz

I 

Todas las noches me sentaba de cara al cerro. Veía las casas trepar la montaña una sobre la otra, como sosteniéndose de las manos; las cortinas de ropas colgadas en sogas de nylon de extremo a extremo con colores que se transformaban con la oscuridad y me engañaban cruelmente en la mañana cuando la luz les daba de nuevo. Observaba el paisaje sin verlo. Pensaba convicciones que no eran las mías. Lo recordaba desesperadamente mientras apreciaba el contraste entre el cerro y aquel otro gigante a un costado.  Recordaba aquel odio por la clase social alta y a sus aires de burguesía.  Miraba al cerro, pero no era a quien miraba. Siempre lo veía a él. En todos lados. Incluso, a veces me encontraba contestando como él lo hubiera hecho si alguien elogiara ese monstruo plateado que me nublaba la vista al río. 

Aún sin estarlo, estaba. En el cerro, en el gigante, en el dolor físico en el pecho al que los doctores no pudieron darle un nombre. En mi intento absurdo por querer olvidarlo, me convertí en él. Era inevitable entonces no vivir mi vida sin la sensación de hacerlo atravesada por la suya. Lo sentía en el cuerpo. En mis manos, mientras escribo esto. En mis ojos que sostenían constantemente el llanto. Lo tuve en los huesos, que chocaban contra él cuando respiraba.  Comía, caminaba por los pasillos, dormía en mi cama. Yo solo lo estaba viviendo.  Para ese momento noté que le había dejado estar tan adentro que ya no estaba segura de dónde buscarlo para sacármelo. Lo vivía; pero si yo lo vivía y él se vivía simultáneamente al mismo tiempo, ¿a mí quién me estaba viviendo? 

II 

Cristian y Estela me recordaban a nosotros. Les puse esos nombres por no saber sus verdaderos. Estela llevaba un montón de estrellas por todos lados.  En la ropa, en vinchas que adornaban su cabello rubio —que en sí mismo era una estrella–, de puntas alborotadas, desafiantes. Sus brazos también tenían estrellas. Las de todos los que estábamos en ese hospital. Las mías eran más pequeñas, en la muñeca algunas y otras en el antebrazo. Como quien quiere quitarse un dolor que continúa sosteniendo. Las de Estela y el resto eran más grandes, blancas; pero un blanco que daba miedo, que miras con disimulo y discretamente giras la mirada hacia el lado contrario. Dos veces le vi los brazos a Estela, cuando la conocí y en el abrazo cuando me dieron el alta. 

Cristian y ella eran como esos amores de verano que sabes que no volverás a ver. No llegué a conocer cuáles eran sus diagnósticos, pero un día, después de que los doctores los separaran y les dijeran a sus padres que no era recomendable que dos adolescentes con sus padecimientos mantuvieran una relación amorosa, caí en cuenta de lo que era estar internado en un hospital psiquiátrico. Cristian no dejó su habitación en todo el día, no comió ni tomó su medicación y a Estela la vi en la tarde, amarrada a una silla de ruedas, dormida. Por los pasillos se escuchaban rumores de que los habían sedado. Entonces me pregunté: ¿es posible sedar al amor? Y si así fuera, ¿por qué no sedaban el mío? 

Pocas veces pude verles las caras, pero no hicieron falta dos para notar que eso que estaban viviendo era amor. Se miraban de una forma que me daba nostalgia. Era adictivo verlos escondidos solo mirándose. El amor se les resumía en ese gesto. Sin tocarse. Sin besarse. Sin emitir palabras. 

III 

A las cinco de la mañana nos tomaban los signos vitales. Adormecidos, entraba una enfermera a preguntar si habíamos dormido bien. A las seis debíamos levantarnos y estar listos para desayunar a las siete. Yo me bañaba con agua fría. Castigaba mi cuerpo friolento intentando emular la sensación de tenerlo cerca de alguna forma. Siempre maldije mi buena memoria, pero en esos momentos era cerrar los ojos y volver a estar desnudos con el agua corriéndonos. Yo, temblando, su cuerpo —siempre caliente— dejando caer el agua sobre él primero para templarla y que al llegar al mío estuviera casi tibia; para entonces, humedecer mi cuerpo convulsionante con caricias suaves, apenas palpándome. Era tanto el dolor que me encorvaba la espalda y desmembraba del mundo, que terminaba aferrada a las canciones que me heredó un día y las bailaba lento, muy lento, tan lento, que me abrazaba humillantemente, como quien sabe que ha perdido las piezas de algo y se aferra a la última que le queda. 

Antes del desayuno volvían a tomarnos las constantes y a hacernos las mismas preguntas que en la madrugada. Yo llevaba una pulsera de botones en la mano derecha, junto a la que me identificaba como paciente. Tenía un código y una barra con mis datos personales. Así supo Dominik cómo me llamaba. Fue la primera en acercarse. Yo no buscaba relacionarme con nadie. La depresión —los primeros días— me quitó el habla, pero ella rascaba las palabras de mis cuerdas vocales y conseguía respuestas monosilábicas que le eran suficientes. Me soltó al oído un soliloquio que resbaló por la membrana timpánica y se asentó en alguna parte del pecho. Eso me hizo verla como una hermana pequeña. Tenía trece años. Era la sexta vez que estaba internada. Era de ese tipo de pacientes acostumbrados a la vida dentro del hospital, a quienes el exterior se les hacía extraño, doloroso. Supuse entonces que al igual que conmigo, Dominik tuvo que ver cómo se le iban uno a uno los hermanos. 

Esa vez se sentó directamente a mi mesa completamente maquillada. Me sorprendió porque las habitaciones no tenían espejo y las ventanas eran de plástico. Nos quitaron todo con lo que pudiéramos hacernos daño.  Plumas, lápices, cargadores, teléfonos móviles, internet. Nos tenían encerrados en una burbuja de agua que nos empapaba una vez salíamos afuera. Debíamos estar con un acompañante: padres o enfermeros de compañía. Conmigo siempre estaba mamá en el día y papá en las noches. Ellos eran los responsables de acercarse a la estación de enfermería a pedir los objetos confiscados —por lo general eran los cargadores de sus celulares. Yo había llevado un ejemplar de Rayuela. Que me quitaran las plumas fue de los primeros golpes fuertes que me dio el psiquiátrico. Soy una lectora grafitera de libros y sentía que leerlo sin rayarlo, era no leerlo. El cuerpo médico se apiadó de mí y me permitió tener a tiempo completo una pluma roja. Fui leyendo entonces según el tablero de dirección, dejando pedacitos de mí en cada capítulo. 

Dominik siempre se acercaba cuando estaba leyendo. Me hacía preguntas sobre  la trama y me resultaba difícil explicarle la relación entre la Maga y Oliveira, pero  sobre todo, no sabía cómo contarle que cargaba con el peso de un amor como el de Estela y que si yo leía, él lo hacía al mismo tiempo conmigo. Entonces dejó de preguntar por la trama y se obsesionó con las líneas, círculos y anotaciones que había dejado en medio de los párrafos o entre los espacios del margen. Por primera vez, me vi obligada a decirle lo que «¿por qué me llueves en todos lados?», significaba.

IV 

—¿Conoces a Jaime Sabines? —le digo a Dominik y niega con la cabeza—. Es un escritor mexicano que estudié hace unos semestres. Dentro de su literatura, tiene un poema titulado «Espero curarme de ti»; en él menciona que el amor tiene un lenguaje «lateral y subversivo», un lenguaje que solo los amantes entienden. Una  forma de decirse cosas como te amo, sin que el resto lo note o se de cuenta.  —¿Así como cuando Cristian y Estela se miran?  

—Así.  

—¿Entonces usas la palabra «llover» para decirle te amo a alguien?  —La usaba hace un tiempo.  

—¿Y por qué ya no la usas?  

—¿Ves el cerro y al Tornillo junto al otro edificio que están construyéndole a un  lado? Ellos representan dos cosas fundamentales que a lo mejor tú por ser todavía pequeña no entiendes. Imagina que son personas, las del cerro son diferentes a las del edificio. Diferentes en economía, oportunidades, estilo de vida, en todo. Míralos fijamente, centrate en cada detalle, si puedes verlos más tarde, en la noche, miralos también. Enfócate en la forma en la que brilla, casi que por partes, el cerro y la forma en la que lo hace el edificio. Visualmente hay una diferencia que fuera de estas miradas que les estamos dedicando, significan algo más.  

—¿En qué parte entran el chico que te gusta y tú? —me interrumpe y me río.  —¿Recuerdas que te dije que imaginaras que eran personas?  

—Sí.  

—Pues yo soy el edificio y él es el cerro.  

Su carita cambió y me vio con ojos de lástima, como quien nunca ha amado pero intuye que el amor duele.

—Nos cuidábamos de ser vistos. Los primeros meses buscábamos la forma de besarnos a escondidas. Ojalá poder tener las palabras exactas para explicarte lo que fue ese primer beso, pero puedo intentar resumirlo diciéndote que es parecido a que se te explote un globo dentro del pecho por llenarlo con mucha agua. No nos importaba nada. Incluso, una vez, agarramos lo que teníamos y nos escapamos con dos maletas de mano lejos de todo aquel que nos conocía. Yo le mentí a mis padres diciéndoles que me iba con unas amigas y me fugué con él a la playa, un fin de semana completo. Fue tan intenso el viaje, que nos llevamos una máquina trucha de tatuar que le pedimos prestada a uno de sus amigos y nos tatuamos las iniciales del otro.  

Bastó una noche y una botella de vino para terminar fusionándonos, como si nos hubiésemos duplicado y metido por la piel al cuerpo del otro, quedándonos ahí, aferrados. Desde entonces, nos amamos tanto que comenzó a dolernos físicamente el pecho. Ardía. No hubo mar que nos curara. Cuando regresamos, comenzamos a decir «cuídate de la lluvia», para poder decirnos «te amo» sin que nadie lo notara.  

—¿Y después qué?  

—Que pasó el tiempo y se fue dando cuenta de que yo representaba todo lo que él  odiaba. No como persona ni como amante, sino que mientras más se acercaba a  mi mundo y yo lo hacía al suyo, más se convencía de que ni siquiera un nubarrón  sería suficiente para mantenernos juntos. Entonces me le fui saliendo. Y ahora que estamos en tiempo de lluvia, llover duele.  

—¿Crees que él lleve dentro un pedacito de tí todavía?  

—No lo sé.  

—¿Lo llevas tú a él?—miro al cerro antes de contestarle.  

—Entremos. Parece que va a llover.


Estudiante de la carrera de Licenciatura en Literatura con Mención en Edición y Creación por la Universidad de las Artes de Guayaquil, Ecuador. Ha publicado textos bajo el sello editorial Entrópica y editorial Mítico. Actualmente es editora y coordinadora editorial de la Universidad Bolivariana del Ecuador.

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