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Los habaneros no invitamos a comer

Reseña del escritor cubano Abel Guelmes Roblejo a la novela de Emerio Medina “Los habaneros nunca invitan a comer”. 
Esta es una lectura que recomendamos desde Alta Literatura.
Por: Abel Guelmes Roblejo

Cuando leemos una obra de Emerio Medina, lo primero que nos salta a la vista es el alto contenido humano del texto. Su narrativa siempre va cargada de ese valor agregado a la historia que nos cuenta (cosa muy poco común en el jolgorio literario de nuestro tiempo, en que la palabra está más dirigida a provocar el histrionismo fácil, la comezón superficial que deriva de situaciones harto conocidas por el lector, pero repetidas por infinidad de autores de manera invariable, a modo de fórmula infalible en el juego de la comunicación textual de nuestro tiempo). En este aspecto, Los habaneros nunca invitan a comer, publicada por la Editorial Letras Cubanas en 2025, se aparta sustancialmente del corpus novelístico cubano contemporáneo y, sin prescindir de las consabidas peripecias, en todo caso originales, logra calar muy hondo en la sensibilidad del lector al punto de obligarlo a replantearse puntos de vista, pareceres y miradas establecidas como norma sobre nuestra realidad más actual.

El excelente prólogo de otro gran autor cubano, Carlos Esquivel, escrito de forma expresa para esta edición de Letras Cubanas, da cuenta de la calidad del texto al que nos vamos a enfrentar. Según palabras de Esquivel, resulta muy seductor encontrar escritores que se preocupen, en grado extremo, por el misterio de lo inasible dentro de una cultura, dentro de un comportamiento social, y ese es, a mi juicio, el caso de Emerio Medina, un autor que desdeña, con toda intención, el colorido más visible y atractivo (más superficial, a modo de postal para turistas o tarjeta de presentación) de nuestro espectro social, para dirigir la mirada hacia una zona más gris e inenarrable: la manera en que los individuos se conducen en nuestro entorno citadino, a la manera de una cámara de cine que apuesta por las emociones y deja a un lado lo oscuro o luminoso del entorno mismo. Esta novela pudiera enmarcarse dentro del siempre sugerente campo de las ficciones históricas, aunque los hechos de referencia solo funcionen como punto de partida para contarnos una historia-otra, la de un hombre extranjero que debe enfrentar sus miedos en la Isla, resolverlos, tomar decisiones y seguir adelante. Una característica notable en la narrativa de Emerio Medina es el desarrollo de la historia en varios niveles de lectura. Los niveles son cada vez más profundos y sustanciales, cada vez más alejados de lo que pudiera resultar visible en una primera ojeada a la dermis de una sociedad tropical variopinta, interesante por sus colores y por sí misma. Se trata de cortes de bisturí en profundidades diferentes, espirales realizadas por la mano diestra de un cirujano sociológico, suerte de crescendo emocional que hurga bajo las muchas capas de la piel de la sociedad y el país y obliga al lector a replantearse postulados y puntos de vista muy propios, apuntalados durante no pocos decenios de sobrevida y limitación existencial, aspectos que la condición de isla del trópico ha impuesto durante siglos a sus habitantes. Aquí se nos describen las peripecias habaneras del antropólogo madrileño José Alberto Muñiz-Toca Hernández, quien cumple una misión del extinto rey Fernando Séptimo: la continuación de un estudio antropológico de doscientos años en La Habana de nuestros días. De esta forma, el antiguo territorio español de ultramar vuelve a ser destinatario de una mirada peninsular colonizadora y excluyente, y para ello se cuenta con el concurso y los fondos (exiguos, ciertamente) del Instituto Hispano de las Costumbres y las Razas, otro elemento ficcional que se apuntala, sin embargo, en instituciones similares surgidas en los Estados Unidos y Europa en el siglo XIX.Desde muchos y muy variados puntos de vista, estamos en presencia de una novela excelente. Y aquí, me parece, la definición de novela le hace al texto una justicia merecida con creces: múltiples conflictos se exponen ante los ojos del lector, y estos conflictos, aunque difieran abiertamente entre sí mismos en cuanto a personajes, forma de exposición, circunstancias, desarrollo y soluciones se refiere, guardan una relación estrecha, una suerte de interconexión sináptica que apunta y aporta a la resolución final. Podría entenderse, y me atrevo a asegurarlo, que el estudio antropológico de los habitantes de La Habana de la primera mitad del siglo XIX, encargado por el rey español, deviene, a su vez, una mirada íntima, reveladora, a los secretos más recónditos del personaje protagónico. La prosa ágil y ponderada de Emerio Medina nos lleva por ese camino indagador a través de las tribulaciones del antropólogo Muñiz-Toca en La Habana: en muy pocas horas este madrileño solo, joven, primerizo y con muy poco dinero en el bolsillo deberá aprender a conducirse en una urbe compleja y surrealista, a la vez que se verá forzado a develar las múltiples capas de nuestra realidad más acuciante. En Los habaneros nunca invitan a comer podemos maravillarnos con la belleza de nuestras exóticas e increíbles mujeres (indicación expresa del rey Fernando al gobernador general de la Isla) y la mezcla de estilos arquitectónicos y construcciones imposibles, visos de modernidad que el tiempo se ha empeñado en oscurecer, según palabras del texto. Sin embargo, la verdadera Habana, la que logra conmocionar con mayor eficacia al enviado del rey, se muestra a través de los personajes que desfilan por estas páginas, pasarela gigante donde Cuba, paraíso de tantas cosas, se descubre como doncella coqueta y sensual, y a la vez irreverente. Yaquelín, una mulata joven de vestido rojo, cuerpo voluptuoso y sonrisa a flor de labios, adquiere ante los ojos del licenciado Muñiz-Toca toda la gran estatura de un país misterioso, a modo de conjuro ancestral, donde el visitante extranjero siempre será visto como una fuente potencial de dinero. Suárez Garmendia y Ramírez Ayala, personajes tan creíbles que resultan familiares al lector, encarnan un antagonismo de años, a primera vista singular, pero cargado de giros y situaciones que enfrentamos a cada momento en la vida diaria. En el gerente Martínez se resumen los rasgos más característicos de un empresario cubano del mundo de la cultura. Germán Goicochea, un vasco emigrado a la Isla en los meses finales del franquismo, ya es más cubano que español, y a él se suma un francés cubanizado por voluntad propia, al punto que ya no se considera francés, sino ciudadano de la isla caribeña, y como tal se comporta. Con estos dos personajes se alude a un tema muy poco frecuente en la narrativa cubana contemporánea: la emigración europea actual hacia la Isla. Otros personajes variados, autónomos, completan el mosaico social de la novela: cada quien se ocupa de los asuntos propios, cada quien añade un matiz específico al entramado sociológico que se nos presenta en estas páginas. Se describe, a través de estos personajes, nuestra forma peculiar de expresarnos, caminar, pensar, gesticular, etc. Con total nitidez, y sin asomo de burla o denigración, se expone la manera en que los cubanos manipulamos la realidad a nuestro antojo cuando nos relacionamos con visitantes extranjeros. ¿Se trata, acaso, de un tipo de picaresca tropical de nuestros días? Lo asevero así: Emerio Medina nos trae a las calles de La Habana del siglo XXI una forma de plantear las situaciones que nos remite a toda la gran literatura que dominó la narración en español durante más de un siglo.

—Deberás cuidarte de los cubanos —le dijo el Revisor Aranda cuando le daba las instrucciones para el viaje…

Esta es una novela donde nada sobra. Cada pieza del entramado narrativo ha sido meticulosamente colocada en su lugar exacto, como un trozo de material explosivo que detonará páginas adelante. A través de la mirada del enviado español vamos develando las capas que conforman nuestra sociedad actual, desde el cubano de a pie, ese que sobrevive gracias a su ingenio, hasta las instituciones estatales, que también han debido encontrar la forma de sortear no pocos escollos. Desde la ingenuidad del extranjero nos llegan los colores de nuestra paleta social y cultural. El antropólogo español, en sus roces con gente variada y su interacción con procesos que ni siquiera logra sospechar, nos muestra la verdadera Habana.

El texto narrativo, si bien se enmarca en la Cuba del tiempo del CUC, funcionaría igual si lo situáramos en las décadas de mediados del siglo XX, o dentro de cincuenta años, pues su cuestionamiento y exposición de los hechos resultan de todo punto atemporales: lo verdaderamente definitorio y trascendente es la exploración de conflictos humanos de índole diversa, universal. Esta novela demuestra que, aunque las épocas pasen, las pasiones humanas siguen siendo las mismas, y ya no importa si un tema u otro fue abordado por autores de latitudes y circunstancias distintas.

Nosotros, humildes lectores que intentamos batallar contra el tiempo, solo necesitamos que una mano como la de este autor se ocupe de hilvanar una madeja de sucesos increíbles, maravillosos, como los que ocurren en La Habana de esta novela, ciudad detenida en el tiempo, urbe intransigente y anodina de ayer, hoy y siempre.

Como toda gran obra literaria, Los habaneros nunca invitan a comer contiene amor, sexo esbozado y contenido (sello personal, reconocible en los cuentos y novelas de este autor) intriga, acción, enojo, aventuras, suspense, silencios largos y zonas de vacío informativo (ese tipo de omisión de contenido tan difícil de lograr, y tan poco común en la narrativa cubana). El cierre abre el camino a varios giros, y el final resulta abrumador y dulce, doloroso y a la vez cargado de esperanzas: se ha logrado, a la manera muy personal que Emerio Medina ya estableció para nosotros, felices consumidores de su obra publicada, un final heredero de Poe, O´Henry, Chéjov, entre otros tantos nombres grandes de la literatura universal. Sí, es posible que los habaneros nunca invitemos a comer, pero hay otras cosas que sí hacemos. El licenciado José Alberto las conoció en unos pocos días de estancia, y ustedes, lectores, las reconocerán de inmediato.

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