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Canto de gorriones

El escritor cubano Alberto Peraza Ceballos accedió a regalar, para Alta Literatura, algunos de sus poemas inéditos.
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El escritor cubano Alberto Peraza Ceballos accedió a regalar, para Alta Literatura, algunos de sus poemas inéditos.
Por: Alberto Peraza Ceballos

HUECOS

Llego a mi casa y nadie me pregunta
por qué traigo el rostro agujereado.

Voy de un lado a otro para exponerme,
dejar claro que no soy el mismo.

Todo está pasando dentro de mi mente.
Yo solo llego a casa
y nadie pregunta.

No hay otra manera de darme cuenta
que no tengo casa
ni testigos
ni una tumba.

Mi piel se hace trizas
y vienen a darse un banquete con mi carne
las auras domésticas.

MUERTOS NO ANUNCIADOS

Cuando en las noches mis muertos
se amontonan al lado de mi cama,
no puedo evitar preguntarles por qué vuelven;
si han olvidado algo
por lo que valga la pena regresar.

Pero no responden.
Nada más tiran de mis dedos
y me hacen cosquillas en las plantas de los pies.
Sin embargo, son ellos quienes ríen en mi lugar;
ríen a carcajadas todo el tiempo,
como el loco de los altos de mi casa
que ríe porque alguien dijo
que los muertos le temen a la risa.

Entonces comienzo a reírme a carcajadas,
como mis muertos y el loco de los altos.

ECO

Los muertos siguen vivos.
Desde los retratos de la pared
nos miran sin descanso.

Sus huesos sostienen la casa
o la derrumban.

Es mentira
que todo el mundo es bueno,
como dice la gente
cuando mueren.


El escritor cubano Alberto Peraza Ceballos accedió a regalar, para Alta Literatura, algunos de sus poemas inéditos.

VOCES APAGADAS

Ya nadie habla del hombre
que regresó de la guerra
y fue hecho héroe.
Nadie pregunta si tuvo que matar,
si tiene heridas en el cuerpo;
en qué lugar de su casa
guarda el tesoro de sus medallas;
si existe un libro que de fe de sus actos,
una mínima historia que salve la conciencia colectiva
o un camino al futuro que haya salido de sus manos.

¿Quién iba a decirle entonces
que pasaría sus días últimos en un manicomio,
que estaría solo, en lucha con sus fantasmas;
que altos pedestales caerían ante sus pies;
que sus armas se volverían ruinas
y las fronteras serían traspuestas
violentando paredes,
abriendo puertas que habían estado cerradas?

De él ya nadie habla;
nadie pregunta por él.
Nadie quiere recordar a un héroe transitorio.


TRATANDO DE PLANTAR UNA SEMILLA

Tú y yo éramos uno solo,
como un olor del que no podíamos alejarnos.
Estabas tan cerca como mis camisas, mis pantalones,
mis libros desordenados en los libreros.

Juntos solíamos hacer la sobremesa,
después de las comidas.

Me bastaba cerrar los ojos para verte
con la claridad de los muertos que uno quiere.
Pero estabas vivo,
caminabas por mi cuarto,
me veías tocar la música
por la que habíamos construido un cielo en el techo.

Eras parte de mí como los sábados,
a los que vuelvo todavía, con la certeza
de encontrar el finísimo olor de tu vientre,
donde no pude nunca plantar una semilla.


FELICIDAD

Me gusta la felicidad de los perros
cuando andan las calles sin importarles
quiénes pasan ni el rumbo que llevan.

Mi vecina sale temprano todos los días;
dicen que se ha habituado a vender su cuerpo a esas horas.

El señor de la esquina riega las plantas por la mañana
y saca el loro al patio.
Después llega una mujer muy joven.
Cuando se marcha, el hombre pelea con el loro;
el animal desconoce por qué se le ha negado el almuerzo
e insiste quiero pan, quiero pan.

Afuera los perros se meten uno dentro del otro;
luego se van sin mirar atrás,
seguros de que nada se deben.

Mi vecina aún no regresa.
Ella y el señor de la esquina son los dueños
de los perros, que están, otra vez, enamorándose.

Me gusta la felicidad de los perros
cuando vuelven a casa a la hora de la comida
para después enroscarse en las patas familiares
a esperar que se haga más numerosa la familia.

Definitivamente me gusta la felicidad
de los perros de mis vecinos,
aunque ellos ignoran el significado de esta palabra.


PENSANDO EN VOZ ALTA

Pongo las palabras en mi boca
como si pegara
estampillas en un sobre.

¿A dónde, me pregunto,
puede llegar un sobre
al que no se le pega una estampilla?

La sola presencia del sello
es una garantía para que el destinatario
reciba su mensaje.

Palabras que salen de mi boca
con el mismo poder del trueno
ola repentina aparición del terremoto.

Palabras, como flores o navajas
que saben ir directamente
aloídocorrecto.


El escritor cubano Alberto Peraza Ceballos accedió a regalar, para Alta Literatura, algunos de sus poemas inéditos.

CANTO DE GORRIONES

Me agrada el canto de los gorriones.
Lo escucho y me pregunto cuántos son,
mientras trato de descifrar la melodía en mis oídos:
un coro gigante de gorriones en la terraza de mi casa.

En una ocasión, cuando cesó la lluvia,
yo estaba en la sala leyendo un poema de Tagore
que hablaba de los pájaros
y sentí que alguien me llamaba desde afuera.
Salí al balcón y solo encontré gorriones;
parecían ropa mojada colgando en el tendedero.
Me vieron, batieron sus alas,
y volaron al patio de mi vecino para cantar su libertad.
Un trueno seco apagó sus gargantas
y fueron a los aleros de los portales en busca de abrigo.

Ahora ya no hay canción, ni lluvia, ni gorriones.
Estoy solo otra vez, frío y estático.
El silencio arrastrado por la ventisca
me devuelve a la realidad: para los gorriones
la felicidad fue tan cierta como sus alas mojadas
en espera de que escurrieran.

Vuelvo al calor arropador de mi sala,
a las hojas amarillas de Tagore, y escucho los gorriones.
Mis huesos todavía bailan al ritmo de su música.

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