
CONSEJOS DE PAPÁ I
Hijo mío:
cuando intentes cazar a una muchacha
consigue las herramientas del imsomnio,
a saber: un As de corazones y algún par de cervezas.
Y si quieres cazar un corazón,
no se te ocurra nunca vestirte de payaso:
te recomiendo una mujer con dulce de llovizna,
un As de copas tristes
y una espada enemiga.
Pero si un día ocurre
que precisas cazar el corazón de una muchacha,
de esas que tienen más de un corazón trigueño,
una espada enemiga y un As bajo la blusa.
Si afilaste el puñal para matarla.
Si la has soñado minuciosamente.
Si has colgado la trampa
en el lugar que habitan sus preguntas
y la has cebado con trozos de tu propio corazón.
Si lo hiciste, hijo mío,
mejor vuélvete a casa antes de que ocurra un desastre:
nadie sale a cazar leones
con un poeta bajo el brazo.
CONSEJOS DE PAPÁ II
Hijo mío:
si quieres que una mujer se te desnude
no le mires las tetas.
Siempre habrá de su cuerpo alguna historia más dulce que contar,
una pequeña cáscara de olvido,
o un duendecillo arcángel
que hace ya muchos años
tal vez le dijo adiós.
Si quieres que se desnude frente a ti,
exígele que muestre su llovizna de corazón adentro,
enamórala cruda y simplemente,
y hazle saber que una mujer se inventa
por la medida exacta que te baila en el alma.
Pero si un día se viste de novia para ti,
no mires la tetas.
Las mujeres son raras, hijo mío:
invítala allá a tu casa de miserias,
a tu cuarto de solo y espejismos
y permítele acceso a la madrugada
donde guardas ese poema en que morías por ella.
Las mujeres son un poco extrañas.
Porque si le miras las tetas
y no acaricias el botoncito de soñar
lo pierdes todo.
LOS CONSEJOS DE PAPÁ III
Hija mía:
tu corazón, tan de telita de cebolla,
se disfraza de loco.
Pero tu corazón no está loco sino desentrenado
como un suicida de amor venido a menos.
Conversa con tu propio corazón y dile
que no es malo volverse un corazón de tela de cebolla,
que te perdone
si algún día no has estado de su parte.
Acaricia tu propio corazón,
no te avergüences de llevarlo encima;
porque siempre hace falta un corazón, desnudo y disponible,
cuando no tienes nada que poner en la mesa,
cuando no tienes nadie a quien llevar a la cama,
cuando no tienes nada,
o casi nada que perder.
Pero hija mía,
si alguna vez te falta, róbalo,
pero nunca se lo mendigues a ningún fulano;
cuélgatelo en el pecho de trofeo
como un colmillo de jabalí recién cazado
y que vengan a por él si tienen pantalones…
Pero no se te olvide, niña mía,
no se te olvide nunca,
que por dentro llevas tu propio corazón telita de cebolla dispuesto para ti.
Y que el unicornio azul no se ha perdido:
sólo está esperando que lo encuentres.

CONSEJOS DE PAPÁ IV
Hijo mío:
si alguna día te marcharas del país debes llevar mis manos.
Así no tendré con qué decir adiós ni enjugar una lágrima.
Cierto es
que las manos de un padre apenas sirven cuando te marchas lejos;
por eso lleva también, si puedes,
el vasito de leche que no pude colocarte en la mesa.
Lleva también, mi niño
un pedazo de pan mal enjaulado
y dos goticas de lluvia del patio de tu casa.
Lleva también la sombra
(nunca olvides la sombra)
de dolor en los ojos de tu madre cuando te dijo adiós.
Pero mis manos, hijo,
te sostendrán al cruce del Río Bravo,
te guiarán en la selva
y por la noche
estarán a tus pies junto a la hoguera como dos perros tristes.
Si un buen un día
necesitas un poco de calor no dudes prenderles fuego.
Porque mis manos, hijo,
son ese pedacito de la patria y de ceniza
que nunca te dice adiós
LOS CONSEJOS DE PAPÁ V
Hijo mío:
si el Prójimo te cuenta que es feliz no vayas a creerle,
porque el Prójimo aúlla por las noches y devora tu casa.
El Prójimo puede ser, a las cuatro de la tarde,
un borrachito calvo y taciturno que te odia en secreto,
o un rojo, o un amanerado, o un disidente;
y también eres tú cuando el vecino se alimenta de aire.
Por eso, cuando te diga que es feliz no vayas a creerle:
dólar más, dólar menos, el Prójimo es tan pobre
y lejano de sí como tú mismo.
Por eso, cuando estés triste no vayas a decírselo,
puede que necesite la noticia
o te siegue el jardín.
Pero no sufras:
este poema es de otros que han soñado lo que vieron tus ojos;
yo lo escribí con suerte y mucho amor
para cuando estés solo,
minuciosamente solo en la ventana y pase un negro cantando.
Yo lo inventé para que reconozcas cuánto humano habrá en ellos, que olorosos de ti,
pero sin otra causa,
defendieron su espacio de vivir como el León y el Ángel.
Por eso,
y porque no es culpa de ninguno,
entre la gente y tú siempre está el Prójimo.
LOS CONSEJOS DE PAPÁ VI
Hijo mío:
si algún día te estás muriendo de amor poquito a poco,
es mejor que desistas.
Porque un hombre,
(lo que se dice un verdadero hombre)
nunca muere de amor poco a poquito.
Un verdadero hombre,
debe morir de amor sin pequeñeces:
Morir con pescuezo y todo.
Brutal.
De un jaquimazo.
A un verdadero hombre le duele físicamente la esperanza,
despilfarra su corazón en serenatas,
revienta de tristeza…
pero siempre amanece
con algún nuevo aullido de repuesto.
El verdadero negocio de un hombre
es morirse de amor todos los días.
Porque sino, hijo mío,
(sino no muere de amor rápidamente)
siempre vivirá en riesgo
de terminar casándose con alguien.
LOS CONSEJOS DE PAPÁ VII
Hijo mío:
no permitas que te mire a los ojos
una muchacha parecida a la virgen.
Puedes quedarte ciego y sordo y ciego y ya no habrá salvación
si una muchacha parecida a la virgen te saluda.
Cuando la veas llegar será muy tarde;
cada día será tarde… y si te mira a los ojos,
y si le das tu sombra de beber,
y si le dices que vuelva…
Ya no habrá salvación.
Cara o cruz de la moneda negra,
serás triste y sublime como un perro de nadie,
tendrás ganas de huir junto a la paz del río
a sudar, lentamente, el maleficio.
No permitas,
no se te ocurra nunca permitir,
que esa mujer te mire, niño mío:
date por satisfecho con el hambre,
deja que vuelva al cielo y ládrale a la luna.
Cuídate mucho y bien de tu aliento a cazador, de tus espuelas,
de ese hachazo en el alma. Y sobre todo,
si una muchacha llega y se parece a la Virgen
reza mucho por ti
que estás perdido.

LOS CONSEJOS DE PAPÁ VIII
Hija mía,
no es que me vaya a morir como un vulgar poeta viejo y solo:
es que me estoy muriendo.
Los poetas viejos y solos tienen mucho apetito,
pero nunca se acaban de morir.
Éste, hija mía,
es el peor negocio de la tierra.
Por eso, escúchame bien:
no se te ocurra nunca morirte de poeta;
invierte en flores plásticas,
en tintes de rubio acero platinado
o en lucecillas rojas de burdel…
invierte en lo que quieras,
pero morir poeta es un desastre:
serás la antología municipal,
un nombre de concurso
o,
con buena suerte,
mármol hueco donde cagan los pájaros.
Hay que morir, mi niña,
de cosas importantes:
no ser viejo y poeta es un oficio de dioses,
no tener apetito es desafiar la miseria.
Y si el día que mueras
no te quedas de estorbo en el cerebro de nadie,
ganaste para siempre.
LOS CONSEJOS DE PAPÁ IX
con Carlos Galindo Lena
Hijo mío:
si tienes que ir a la guerra,
no lances nunca la primera granada
porque el enemigo está dentro.
Por eso es que los soldados tienen los ojos tristes.
(Y el aire del soldado es siempre un aire triste).
Pero hijo mio, recuerda:
antes de ser soldado tenías casa y pájaros;
tu madre te alimentó de calabazas y pedacitos de carne inofensiva.
Cada granada lleva una muerte dentro
y le estalla en la piel a otro soldado
que una madre también alimentó de calabazas.
Tu primera granada
quiere desorejar el pan de alguna mesa.
Y la victoria, si existe,
es un puente herrumbroso
por donde cruzan niños
con el vientre zurcido por la guerra.
Entonces,
no lances nunca la primera granada;
puede estallar en tus manos
y convertirte en pedacitos de carne inofensiva
para alimentar al hijo de otra madre
que alguna vez tambien irá a la guerra.
Por eso,
el día que lances la primera granada,
ya no habrá vuelta atrás.
LOS CONSEJOS DE PAPÁ X
Hijo mío:
me cuentan que ya las cosas son distintas.
Me han dicho que ahora los hombres pueden aullar dos lunas
y besarse sin miedo bajos los almendros.
Que puedes reconocerte como quieras en la piel de un antílope,
de un cuervo o de un quetzal
según te ames.
Pero también me cuentan
que los niños son libres de elegir su destino,
que el país marcha,
marcha…
hacia delante.
Que ahora los animales se protegen como tacitas de oro.
Y que el santo y buen Dios sólo era un chiste
para lavar los trapos de las religiones.
No me hagas mucho caso,
soy demasiado viejo para gozar de tanta maravilla;
un testarudo viejo que ruega al mismo Dios de siempre
por un nieto de sangre
y un perro elemental para cuidar la casa.
No me hagas mucho caso,
seguro que ya los años me oscurecen,
pero el mundo no va mejor con tanta maravilla:
los ganadores son otros,
los perdedores siempre somos los mismos.









